¿De qué va la novela?
Grandes esperanzas (1860-61), penúltima novela de Dickens y sin duda una de sus obras maestras, no es sólo una historia de grandes sueños y dramáticas contrariedades, sino esencialmente, como dijo Chesterton, de grandes vacilaciones, las del joven héroe «entre la vida humilde, a la que debe todo, y la vida lujosa, de la que le espera algo». La vergüenza y la culpa, el amor y la vanidad, el crimen y la cárcel son los leit-motivs de la crónica de una identidad que se pierde y que se gana a través de una sorprendente peripecia que es como una anécdota del destino, irónica y grave a la vez.
¿Qué me ha parecido?
Grandes esperanzas (Great Expectations, 1860–1861) es probablemente la novela de Dickens donde el humor, la crítica social y la confesión íntima logran un equilibrio más perfecto. Es una historia de ascenso social que se convierte, sin decirlo nunca, en una historia sobre la vergüenza: sobre lo que un hombre está dispuesto a traicionar para dejar de sentirse pequeño.
El libro
Pip, un huérfano criado en los pantanos de Kent por su hermana y por Joe Gargery, el herrero bondadoso con quien tiene una relación casi filial, ayuda a un convicto fugitivo, Abel Magwitch. Años después, un benefactor anónimo le ofrece una fortuna para que se convierta en caballero. Pip supone que la mano generosa es la de la señorita Havisham, la excéntrica novia abandonada que vive entre relojes parados y un banquete podrido, y que todo ello está destinado a hacerlo digno de Estella, la joven fría de quien se enamora.
La fuerza del libro no está solo en el enigma del benefactor, resuelto con una de las grandes sacudidas de la novela victoriana, sino en cómo Dickens hace que el lector participe del autoengaño de Pip. Queremos que sea Havisham; Pip necesita que sea Havisham; y esa necesidad revela cuánto ha aprendido a despreciar su origen. La riqueza no lo corrompe de golpe: primero le enseña a mirar a Joe, a Biddy y a su antigua vida como algo que conviene dejar atrás.
Por qué sigue siendo grande
Dickens construye aquí una novela de aprendizaje, un Bildungsroman, pero le quita la ingenuidad habitual del género. Pip no crece linealmente hacia la sabiduría: cae, se vuelve snob, se endeuda, abandona a quienes lo quieren y solo entonces comprende que la «gran esperanza» que lo definió era una mentira moral.
Los personajes secundarios son extraordinarios porque nunca son meros adornos:
· Joe Gargery, el herrero, encarna una bondad sin teatralidad; su dolor ante el desdén de Pip es de lo más hondo del libro.
· Miss Havisham convierte el rencor en estética: su casa detenida en el instante de la traición es una de las imágenes más perdurables de la literatura inglesa.
· Estella es a la vez víctima e instrumento: educada para herir, no sabe amar porque se le ha enseñado que amar es debilidad.
· Magwitch transforma la figura del criminal en una pregunta incómoda: ¿quién fabrica a los culpables, el individuo o una sociedad que lo condena antes de conocerlo?
· Jaggers y Wemmick muestran dos caras del derecho victoriano: la frialdad profesional y la vida privada cuidadosamente separada del oficio.
La novela mezcla géneros con una soltura admirable: novela gótica en Satis House, novela de criminales con Magwitch y Compeyson, comedia social en Londres, melodrama en las revelaciones y, por debajo de todo, una meditación sobre la conciencia. Esa movilidad es muy dickensiana, pero aquí está más controlada que en obras anteriores.
El autor
Charles Dickens (1812–1870) conocía por dentro la humillación social que retrata. De niño trabajó en una fábrica de betún para zapatos mientras su padre estaba encarcelado por deudas; esa experiencia dejó en su obra una obsesión por la pobreza, las prisiones, el trabajo infantil, la burocracia y la fragilidad de la respetabilidad. Cuando escribió Grandes esperanzas ya era una celebridad nacional, y la novela fue su decimotercera.
Por eso Pip no es un simple joven ambicioso. Hay algo autobiográfico en su deseo de convertirse en «caballero», en su vergüenza ante el trabajo manual y en la idea de que la fortuna puede borrar el pasado. Dickens, sin embargo, no premia esa fantasía: la desmonta. Su mensaje no es que el dinero sea malo, sino que la identidad comprada a costa de la lealtad termina siendo una casa sin cimientos.
Publicación y forma
La novela se publicó por entregas semanales en All the Year Round, la revista fundada por el propio Dickens, entre el 1 de diciembre de 1860 y el 3 de agosto de 1861; luego apareció en volumen en 1861.
Ese origen serial explica parte de su virtud: cada entrega necesita tensión, giro, personaje nuevo o revelación. Pero Grandes esperanzas no se siente hinchada. Al contrario, es una de las novelas más compactas y mejor construidas de Dickens, quizá porque tuvo que ajustarla a las exigencias de la publicación periódica.
La narración en primera persona es decisiva. Después de David Copperfield, Dickens vuelve a dejar que un personaje cuente su propia vida, pero aquí la voz es menos cálida y más inquietante: el Pip adulto narra con lucidez lo que el Pip joven hizo mal. Hay distancia entre quien vivió y quien recuerda, y esa distancia produce ironía, culpa y ternura.
Lugar en la obra de Dickens
Dentro de la bibliografía dickensiana, Grandes esperanzas pertenece a la etapa madura y más sombría, junto a Casa desolada, La pequeña Dorrit y Historia de dos ciudades. No tiene la expansión caótica de Pickwick ni la épica social de Casa desolada; es más estrecha, más psicológica y cruel en su diagnóstico.
Grandes esperanzas ocupa un lugar singular: es la novela donde Dickens lleva la crítica de clase al terreno íntimo. No denuncia una institución concreta, como el Chancery de Casa desolada o la Cárcel de Deudores de La pequeña Dorrit; denuncia una aspiración interior, la creencia de que valer más significa parecer pertenecer a otra clase.
Recepción
La acogida inicial fue mayoritariamente entusiasta. Algunos críticos la leyeron como un regreso del «viejo Dickens»: más humor, más fantasía y más calor narrativo después de novelas percibidas como más oscuras. E. S. Dallas, en The Times, la consideró una de sus obras más felices, aunque no necesariamente la mejor; H. F. Chorley, en The Athenaeum, llegó a llamarla «el libro imaginativo del año» y a hablar de un gran artista en plenitud.
No faltaron reservas. Hubo quien encontró la trama excesivamente novelesca, los incidentes casi imposibles y el conjunto, en algunos tramos, fatigado. Margaret Oliphant fue especialmente dura en Blackwood’s Magazine en 1862. Pero la novela fue un éxito comercial evidente: la edición en volumen de julio de 1861 alcanzó cinco impresiones antes de terminar el año.
El punto más discutido fue, y sigue siendo, el final. Dickens había previsto un desenlace más austero, con Pip y Estella separados definitivamente; por consejo de Edward Bulwer-Lytton, según la versión más extendida, lo sustituyó por el final revisado, en el que ambos se reencuentran en los jardines de Satis House y se insinúa una posible unión.
Ese cambio ha dividido a los lectores desde entonces. El final publicado ofrece esperanza, pero también puede parecer una concesión al gusto victoriano por la reconciliación; el final original es más coherente con la melancolía del libro, aunque menos redentor. La ambigüedad del texto final —«no vi sombra de otra separación»— permite ambas lecturas, y quizá esa indecisión sea precisamente su acierto.
Valor actual
Grandes esperanzas sigue siendo actual porque habla de algo que no ha desaparecido: la tentación de medir el propio valor por el dinero, el estatus, el reconocimiento o el amor de quien nos desprecia. Pip quiere ser amado por Estella, pero antes necesita creer que merece serlo; esa confusión entre amor y aprobación social es devastadoramente reconocible.
También es una novela sobre la deuda, en todos los sentidos. Pip contrae deudas económicas en Londres, pero la deuda moral con Joe y Magwitch pesa mucho más. Cuando al final regresa a la fragua, no vuelve a una infancia idealizada: vuelve a reconocer que la bondad no era pobreza, sino una forma de grandeza que él no supo ver.
Si tuviera que definirla en una frase: Grandes esperanzas es la historia de un hombre que recibe todo lo que creía desear y descubre que, sin lealtad, sin humildad y sin capacidad de amar, esa fortuna no lo salva de sí mismo. Por eso, más de siglo y medio después, sigue siendo una de las novelas victorianas más vivas: no porque explique el siglo XIX, sino porque describe con precisión una herida que seguimos llevando encima.
Con la colaboración de Alba Editorial.
