El arte en la tinta

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jueves, 6 de agosto de 2026

Huellas en los fiordos (Hildur 1) -reseña

 ¿De qué va el libro?

 Veinticinco años después de la desaparición sin resolver de sus hermanas pequeñas, Rosa y Björk, Hildur sigue viviendo en Ísafjörður, una remota localidad en los fiordos occidentales de Islandia. Allí trabaja como inspectora de policía, tratando de sobrellevar el trauma de su pasado, mientras su única vía de escape es el surf en las frías aguas del Atlántico Norte.

Tras varios años en la unidad de niños desaparecidos en Reikiavik, Hildur ha regresado a la pequeña comisaría de su pueblo natal. Pronto se le une Jakob Johanson, un becario finlandés con un pasado complicado y heridas emocionales que aún no han sanado.

Cuando un hombre aparece asesinado, con la garganta cortada y enterrado bajo una avalancha que ha destruido la mayoría de las pruebas, Hildur y Jakob deberán dejar de lado sus propios fantasmas y enfrentarse a los oscuros secretos que se ocultan en la comunidad para descubrir al culpable.

Con más de un millón de libros vendidos, Hildur, de Satu Rämö, ha convertido a su autora en un fenómeno editorial en todo el mundo y ha puesto de moda el nordic blue, la versión más amable del thriller nórdico.

¿Qué me ha parecido?

 


Hay novelas negras que utilizan el paisaje como un decorado y hay otras que comprenden que un paisaje puede ser también una forma de destino. En las primeras, la nieve, el mar o la oscuridad sirven para envolver la acción y otorgarle una apariencia de misterio. En las segundas, el entorno participa de la historia: condiciona el carácter de los personajes, determina sus movimientos, modifica la percepción del tiempo y termina funcionando como una conciencia exterior. Huellas en los fiordos, primera entrega de la serie protagonizada por Hildur, pertenece a esta segunda clase.

La novela de Satu Rämö se sitúa en Ísafjörður, una localidad remota de los fiordos occidentales de Islandia. Allí, veinticinco años después de la desaparición de sus hermanas pequeñas, Rósa y Björk, Hildur Rúnarsdóttir continúa viviendo con una herida que el tiempo no ha cerrado. Inspectora de policía, antigua integrante de la unidad de menores desaparecidos en Reikiavik y mujer acostumbrada a internarse en las frías aguas del Atlántico Norte, Hildur no es exactamente alguien que haya conseguido superar su pasado. Es, más bien, alguien que ha aprendido a organizar su vida alrededor de una ausencia.

La aparición de un hombre asesinado, con la garganta cortada y enterrado bajo una avalancha, rompe el equilibrio precario de la comunidad. La nieve ha destruido buena parte de las pruebas, pero no ha borrado la violencia. Junto a Hildur aparece Jakob Johanson, un becario finlandés con sus propios problemas y una historia personal todavía sin resolver. Los dos deberán investigar el crimen mientras se enfrentan a los secretos de una sociedad pequeña, donde la intimidad de todos parece estar al alcance de todos y, al mismo tiempo, nadie conoce del todo a nadie. Ese es el punto de partida de una novela que combina la investigación criminal con el trauma, la memoria y la imposibilidad de abandonar ciertos lugares.

La editorial presenta la serie como uno de los fenómenos recientes de la ficción criminal europea y como una de las obras que han contribuido a popularizar el llamado nordic blue. Más allá de las etiquetas promocionales, lo interesante es que Rämö no construye su propuesta únicamente sobre la intriga. Su novela participa de la tradición del noir nórdico, pero no se limita a reproducir sus rasgos más reconocibles. No encontramos solo oscuridad, aislamiento, paisajes extremos y personajes dañados. Encontramos también una reflexión sobre lo que significa regresar al lugar donde se produjo una pérdida, sobre la forma en que una comunidad conserva —o deforma— sus secretos y sobre la violencia que puede ocultarse bajo las rutinas de una sociedad aparentemente tranquila.

 

Una protagonista hecha de ausencia

Hildur pertenece a una estirpe conocida de la novela negra contemporánea: la investigadora competente, independiente y emocionalmente marcada. Sin embargo, su interés no depende de la originalidad absoluta del molde, sino de la manera en que la autora lo articula con el espacio islandés y con el suceso que organiza su vida. Hildur no es únicamente una agente de policía que debe resolver un asesinato. También es una mujer que ha convivido durante un cuarto de siglo con una pregunta sin respuesta: qué ocurrió con sus hermanas.

La desaparición de Rósa y Björk no funciona como un simple antecedente biográfico añadido para proporcionar profundidad al personaje. Es el centro oculto de la novela. Todo lo que Hildur hace parece guardar relación con aquella pérdida, aunque no siempre de manera explícita. Su trabajo con casos de menores desaparecidos, su regreso a la comisaría de su pueblo natal y su necesidad de someter el cuerpo a la dureza del mar pueden leerse como distintas formas de acercarse a un pasado que, paradójicamente, también intenta evitar.

En este sentido, el surf no es una excentricidad pintoresca ni un recurso destinado a subrayar la singularidad de la protagonista. Es una prolongación física de su psicología. Hildur busca en las olas una intensidad que no le ofrece la vida cotidiana y, quizás, un territorio en el que el pensamiento se vuelva imposible. El mar exige atención absoluta: el cuerpo debe responder al frío, al movimiento y al peligro. En el agua no hay espacio para interrogarse sobre lo que no puede repararse. La acción sustituye a la memoria. El riesgo proporciona una forma provisional de silencio.

Esta relación entre cuerpo y paisaje es una de las claves de la novela. Hildur no se define solamente por lo que piensa o por lo que cuenta de sí misma, sino también por la forma en que se mueve dentro de un entorno hostil. El frío, la nieve, el viento y el océano no son elementos externos a su personalidad. De algún modo, han terminado incorporándose a ella. Hildur parece haber adoptado la dureza del paisaje como mecanismo de supervivencia: resiste, continúa, trabaja, se sumerge, pero no necesariamente vive en paz.

Ahí reside una de las mejores intuiciones de Rämö. En lugar de presentar el trauma como una explicación psicológica que el lector debe memorizar, lo convierte en una presión constante sobre las acciones de la protagonista. Hildur no necesita recordar a cada momento a sus hermanas para que su desaparición esté presente. La ausencia se manifiesta en sus decisiones, en su forma de relacionarse con los demás, en la tensión que mantiene con su lugar de origen. El pasado no aparece como un capítulo cerrado que la investigación irá reabriendo poco a poco: permanece en el presente desde el principio.

También resulta significativo que Hildur no abandone Ísafjörður. Desde una perspectiva convencional, el regreso a la localidad natal podría parecer una vuelta atrás, una renuncia a la posibilidad de empezar de nuevo. Pero la protagonista no regresa porque haya encontrado la serenidad, sino porque el vínculo con ese territorio sigue siendo más fuerte que su deseo de huida. El pueblo es al mismo tiempo refugio y herida. La comunidad le resulta familiar, pero esa familiaridad no la protege: cada rostro puede contener una información desconocida, cada lugar puede activar un recuerdo, cada silencio puede ser interpretado como una forma de ocultación.

La novela entiende bien esa ambivalencia. Volver no significa recuperar el pasado. Tampoco significa reconciliarse con él. Volver puede ser, sencillamente, aceptar que hay lugares de los que uno se marcha sin haber conseguido irse por completo.

 

Ísafjörður: el paisaje como personaje

La ambientación constituye uno de los grandes atractivos de Huellas en los fiordos. Ísafjörður no aparece como una postal turística, aunque la novela no renuncia a la belleza de sus escenarios. La autora se sirve de los fiordos, de las montañas, de las avalanchas y del océano para construir una atmósfera que no es meramente visual. El paisaje posee una dimensión moral: obliga a los personajes a vivir cerca unos de otros, dificulta los desplazamientos, intensifica el aislamiento y vuelve más evidente la fragilidad humana.

En muchas novelas negras ambientadas en regiones remotas, la distancia geográfica se convierte en distancia social. El investigador llega desde fuera y se encuentra con una comunidad cerrada, acostumbrada a proteger sus códigos internos. En Huellas en los fiordos, sin embargo, Hildur no es una forastera. Su problema consiste precisamente en que pertenece al lugar. Conoce sus caminos, sus habitantes y sus costumbres, pero ese conocimiento no le garantiza el acceso a la verdad. A veces sucede lo contrario: cuanto más cerca se está de una comunidad, más difícil resulta observarla con claridad.

La novela explota con eficacia esa tensión entre familiaridad y extrañeza. En una gran ciudad, un crimen puede perderse entre miles de vidas anónimas. En un pueblo pequeño, cualquier crimen parece alterar el tejido completo de la comunidad. Todos se conocen; todos tienen una versión de los hechos; todos pueden recordar algo que no habían considerado importante. Pero esa cercanía también produce cautela. La gente sabe demasiado de los demás y teme que una palabra imprudente termine volviéndose contra ella.

La avalancha que sepulta el cuerpo resume de manera poderosa esa concepción del paisaje. La naturaleza no comete el crimen, pero interviene en la investigación. Oculta pruebas, desfigura la escena y dificulta la reconstrucción de lo ocurrido. La nieve actúa como una capa sobre la memoria: cubre, aplaza, transforma. Sin embargo, no elimina el hecho. Debajo de la superficie blanca continúa existiendo una violencia que exige ser descubierta.

El título alude a esas marcas que permanecen a pesar del clima, de la distancia y del tiempo. Las huellas pueden ser materiales —rastros en la nieve, indicios de una presencia, señales de un movimiento—, pero también psicológicas y afectivas. Hay huellas que deja un asesino, huellas que deja una víctima y huellas que deja una desaparición en quienes continúan viviendo después de ella. La novela se sostiene sobre ese juego entre lo que puede identificarse y lo que solo puede intuirse.

Rämö parece especialmente interesada en mostrar que el paisaje no es neutral. La montaña puede ser refugio y amenaza. El mar puede ofrecer libertad y exponer a la muerte. La nieve puede limpiar la superficie y, al mismo tiempo, conservar bajo ella aquello que se pretendía ocultar. La naturaleza no funciona aquí como una fuerza romántica, consoladora o sublime en sentido tradicional. Su belleza es inseparable de su indiferencia. El mundo puede ser extraordinariamente hermoso y no por ello menos cruel.

Esta mirada proporciona a la novela una textura particular. El escenario no se limita a producir atmósfera; modifica el ritmo. Hay una lentitud vinculada a las distancias, al clima y a la necesidad de esperar. Las investigaciones no avanzan con la velocidad mecánica de ciertos thrillers urbanos. Los desplazamientos importan, las condiciones meteorológicas importan, la imposibilidad de acceder inmediatamente a un lugar importa. En ese sentido, la novela pide al lector que acepte una temporalidad distinta: una temporalidad de caminos largos, silencios extensos y revelaciones que no llegan todas juntas.

Para algunos lectores, esa cadencia puede resultar pausada. La novela no busca mantener una aceleración permanente, y en ocasiones la atmósfera pesa tanto como la intriga. Pero sería injusto considerar esa lentitud un defecto por sí mismo. Forma parte del proyecto narrativo. Rämö no quiere que el lector atraviese Ísafjörður como quien recorre un tablero de pistas. Quiere que permanezca allí, que sienta el aislamiento y que comprenda que un lugar pequeño no es necesariamente un lugar sencillo.

 

El crimen y sus alrededores

El asesinato que pone en marcha la trama cumple una función doble. Por un lado, establece el misterio policial: hay que identificar al responsable, reconstruir sus movimientos y comprender las relaciones que lo unían con la comunidad. Por otro, abre una grieta en un espacio que ya estaba lleno de tensiones. El cadáver no introduce la oscuridad en Ísafjörður; revela la oscuridad que ya existía.

Esta es una de las convenciones más fértiles del género negro. El crimen individual permite examinar una sociedad entera. La pregunta «¿quién lo hizo?» se transforma poco a poco en otras preguntas: qué tipo de secretos puede guardar una comunidad, quién tiene autoridad para protegerlos, qué precio pagan quienes intentan hablar y qué ocurre cuando la verdad amenaza no solo a una persona, sino a un equilibrio colectivo.

La garganta cortada añade al asesinato una dimensión de brutalidad, pero la novela parece más interesada en sus consecuencias que en la espectacularidad del acto. La violencia no se utiliza exclusivamente para provocar al lector. Tiene una función de ruptura: obliga a mirar de otra manera a aquellos personajes que antes podían parecer secundarios, respetables o previsibles. En una investigación, cada individuo adquiere un margen de sospecha, y ese margen modifica las relaciones entre ellos.

El hecho de que la avalancha haya destruido gran parte de las pruebas resulta también significativo desde el punto de vista narrativo. La investigación no puede apoyarse únicamente en la evidencia física. Hildur debe prestar atención a los comportamientos, a las contradicciones, a los silencios y a las historias que se cuentan unos a otros. La novela recupera así una dimensión clásica del policial: la pesquisa como lectura. Investigar consiste en interpretar signos, pero también en decidir cuáles de ellos son verdaderamente relevantes.

La nieve complica la labor detectivesca porque convierte la escena del crimen en un lugar incompleto. No hay una totalidad visible que pueda reconstruirse de forma inmediata. Hay fragmentos. Esta condición fragmentaria afecta igualmente a la verdad sobre las hermanas de Hildur. La protagonista vive rodeada de un pasado del que solo posee piezas dispersas. El asesinato contemporáneo y la desaparición antigua terminan reflejándose: ambos exigen comprender cómo una vida puede borrarse sin desaparecer por completo.

La estructura de la novela se beneficia de esa relación entre los dos misterios. El caso del hombre asesinado pertenece al presente de la narración, mientras que la desaparición de Rósa y Björk pertenece a un pasado que todavía ejerce presión. El riesgo de este tipo de construcción consiste en que una de las tramas termine pareciendo un simple pretexto para la otra. En Huellas en los fiordos, al menos en su planteamiento, ambas líneas se necesitan. El crimen permite observar a Hildur en acción; la desaparición permite comprender qué significa para ella investigar.

No se trata, por tanto, de dos enigmas independientes. La investigación policial es también una forma de interrogar la memoria. Hildur busca al culpable de un asesinato, pero no puede evitar que cada indicio dialogue con la pregunta que la ha acompañado durante años. El trabajo profesional y la herida personal se interfieren constantemente. Esa interferencia es lo que dota a la historia de densidad emocional.

 

Hildur y Jakob

La llegada de Jakob Johanson introduce una segunda perspectiva y evita que la novela quede encerrada por completo en la conciencia de Hildur. Becario finlandés y personaje marcado por un pasado complicado, Jakob no aparece como un simple ayudante destinado a seguir las instrucciones de la inspectora. Su presencia permite establecer una relación de contraste, pero también una posible forma de reconocimiento.

Hildur pertenece a Ísafjörður y carga con la memoria del lugar. Jakob llega desde fuera y debe aprender a orientarse en un espacio que no conoce. Ella posee la intuición de quien ha vivido entre esas montañas; él aporta la distancia de quien observa lo que los habitantes consideran normal. Ella sabe que las comunidades pequeñas no entregan fácilmente sus secretos; él puede formular preguntas que los demás han dejado de hacerse. La pareja reproduce, en el plano de los personajes, la tensión entre pertenencia y extrañeza que atraviesa toda la novela.

La relación entre ambos funciona mejor cuando evita la comodidad. No son dos piezas perfectamente complementarias, ni dos profesionales que resuelven el caso mediante una sucesión ordenada de intuiciones. Cada uno tiene sus zonas opacas. Jakob no llega limpio de pasado, y Hildur tampoco. La investigación los obliga a colaborar antes de que exista entre ellos una confianza plena. Ese proceso permite que la relación se desarrolle de manera gradual, sin recurrir necesariamente a una intimidad instantánea.

La pareja de investigadores es una de las estructuras más habituales del género, pero su eficacia depende de la calidad de las diferencias. En este caso, el contraste no se limita al origen nacional. También atañe a la manera de comprender el dolor. Hildur se ha arraigado en la herida; Jakob parece representar una experiencia distinta de la desorientación. Ambos, sin embargo, comparten algo esencial: son personajes que han aprendido a funcionar sin haber resuelto aquello que los quebró.

El interés de Jakob reside precisamente en que no neutraliza el sufrimiento de Hildur. No llega para salvarla, para explicarla ni para ofrecerle una redención sentimental. Su presencia puede acompañar, incomodar y poner en cuestión algunas certezas, pero no elimina el centro trágico de la protagonista. La novela negra contemporánea ha aprendido a desconfiar de las soluciones afectivas demasiado fáciles. Un pasado doloroso no desaparece porque aparezca una persona adecuada. Como mucho, puede comenzar a ser mirado desde otro ángulo.

En este punto, Huellas en los fiordos parece aspirar a algo más interesante que la simple formación de un dúo investigador. Hildur y Jakob comparten una condición de desplazados, aunque de maneras distintas. Ella está fuera de su propia vida incluso cuando permanece en su pueblo; él está fuera del territorio desde el momento en que llega. La colaboración entre ambos surge de esa doble incomodidad. No trabajan juntos porque estén completos, sino porque cada uno reconoce en el otro una forma de fractura.

 

La herencia del noir nórdico

La novela de Rämö se inscribe con claridad en la tradición escandinava del thriller policial. La herencia está en la atmósfera, en los escenarios extremos, en la sobriedad de la prosa, en la importancia concedida a la investigación y en la idea de que el crimen puede revelar fallas profundas en el tejido social. Pero la autora introduce una sensibilidad propia al colocar en el centro una protagonista islandesa y una geografía que no siempre ha ocupado el mismo lugar en el imaginario internacional que Suecia, Noruega o Dinamarca.

El término nordic noir se ha convertido en una etiqueta amplia, a veces tan difundida que corre el riesgo de perder precisión. El nordic blue asociado a la serie de Hildur parece apuntar a una variante más atmosférica y emocional del género, marcada por el océano, el aislamiento y una melancolía que no depende únicamente de la psicología de los personajes. La novela no es negra solo porque investigue un asesinato. Lo es porque contempla la realidad desde la sospecha de que debajo de las apariencias siempre existe una zona de daño.

No obstante, Rämö no parece interesada en exhibir la oscuridad como una marca de prestigio. La oscuridad de Huellas en los fiordos no procede de un exceso de crueldad ni de una sucesión de escenas macabras. Procede de la persistencia. Hay algo oscuro en que una desaparición pueda quedar sin respuesta durante décadas. Hay algo oscuro en que una comunidad siga adelante mientras algunas familias continúan viviendo en la espera. Hay algo oscuro en la incapacidad de distinguir entre la protección y el encubrimiento.

La novela utiliza los códigos del género sin dejar que la trama criminal devore por completo la experiencia humana. El asesinato es importante, pero no agota el significado del libro. La pregunta por la identidad del culpable convive con preguntas menos cómodas: qué hacemos con los muertos cuando no podemos devolverles la justicia, cómo se mantiene una familia después de una pérdida inexplicable, qué ocurre con quienes han crecido en torno a un vacío y cómo influye la comunidad en la forma de recordar.

En este sentido, el libro puede atraer tanto a los lectores de novela negra como a quienes buscan una narrativa de atmósfera. Su interés no se reduce al mecanismo del suspense. Hay lectores que necesitarán una resolución muy precisa, un ritmo más rápido y una investigación más centrada en la lógica del procedimiento policial. Otros encontrarán en las pausas, en la descripción del entorno y en la evolución de Hildur el verdadero motivo para continuar leyendo. La novela parece diseñada para mantener un equilibrio entre ambas expectativas, aunque ese equilibrio no siempre resulte perfecto.

Su principal virtud consiste en no separar artificialmente trama y ambiente. El paisaje no aparece en los momentos de descanso mientras la investigación ocupa los momentos verdaderamente narrativos. Las dos dimensiones avanzan juntas. La nieve afecta a la pesquisa; el aislamiento determina la circulación de la información; la historia personal de Hildur condiciona su forma de interpretar los hechos. Cuando la ambientación y el misterio se necesitan mutuamente, el resultado posee una fuerza que no tendría ninguno de los dos elementos por separado.

 

Una escritura de superficies frías

El estilo de Satu Rämö se apoya en una prosa fluida, clara y visual. La novela busca que el lector avance con facilidad, pero no por ello renuncia al peso de las imágenes. El frío, la oscuridad, el viento y el agua construyen una red sensorial que termina envolviendo la narración. En algunos pasajes, la belleza del paisaje parece detener la acción; en otros, esa misma belleza se vuelve inquietante, como si el mundo natural estuviera observando sin intervenir.

La escritura trabaja con una paradoja: cuanto más despejado parece el paisaje, más difícil resulta ver lo que sucede en él. Las montañas se recortan con nitidez, el mar se extiende ante los ojos, la nieve cubre grandes superficies; sin embargo, la verdad permanece fragmentada. La claridad visual no produce claridad moral. Esta discordancia recorre la novela y contribuye a su tono.

También es relevante la relación entre lo externo y lo interno. Rämö no necesita convertir cada estado emocional en una explicación psicológica. Puede sugerirlo mediante un desplazamiento, una inmersión en el agua, una reacción física o una forma de contemplar el paisaje. La novela confía en que el lector entienda que el cuerpo de Hildur está diciendo cosas que ella quizá no puede formular.

La prosa, además, parece evitar el sentimentalismo excesivo. La desaparición de las hermanas podría haber dado lugar a una narración cargada de lamentos y confesiones. En cambio, el dolor de Hildur se expresa de una forma más contenida. Esa contención no reduce la intensidad; la desplaza. El lector no recibe una emoción ya interpretada, sino una serie de gestos y silencios que debe relacionar.

El riesgo de esta clase de escritura es la reiteración. Cuando una novela insiste en un paisaje dominado por el frío, la soledad y la amenaza, puede producir una sensación de uniformidad. La atmósfera, si no cambia de registro, corre el peligro de convertirse en una superficie demasiado homogénea. Huellas en los fiordos encuentra sus mejores momentos cuando el paisaje deja de ser simplemente hermoso o inhóspito y adquiere un significado distinto según el personaje que lo contempla.

No es lo mismo el mar para Hildur que para alguien recién llegado a Islandia. No significa lo mismo una montaña para quien la conoce desde la infancia que para quien debe aprender a desplazarse entre ella. La potencia de la ambientación depende de esas diferencias de percepción. El escenario no vale únicamente por su rareza geográfica; vale porque los personajes lo han convertido en una parte de su experiencia.

 

La comunidad como espacio de sospecha

Una de las características más interesantes de la novela es su tratamiento de la comunidad. En la ficción criminal, los pueblos pequeños suelen aparecer como lugares donde todos saben algo y nadie dice nada. Es un modelo reconocible, pero Rämö lo utiliza para plantear una cuestión más compleja: la cercanía entre los habitantes no produce necesariamente solidaridad. Puede producir vigilancia, dependencia y miedo.

En un lugar donde las vidas se cruzan constantemente, la intimidad se vuelve frágil. Las familias conocen las reputaciones de sus vecinos; las relaciones personales se prolongan durante años; los conflictos no se extinguen porque las personas no pueden desaparecer unas de otras. La comunidad conserva la memoria, pero no siempre la conserva de forma justa. Puede recordar a unos y olvidar a otros. Puede proteger a quien ocupa una posición respetable y sospechar de quien carece de poder.

Hildur conoce esa dinámica porque forma parte de ella. Su labor policial no se desarrolla en un vacío institucional, sino dentro de una red de relaciones. Cada entrevista tiene una historia previa; cada sospechoso es también un vecino, un conocido o alguien relacionado con su propia familia. La investigación no puede reducirse a recopilar pruebas: implica atravesar lealtades, silencios y versiones heredadas.

La novela plantea así una tensión entre la verdad legal y la verdad comunitaria. La primera necesita evidencias; la segunda se construye mediante rumores, recuerdos y juicios colectivos. Ambas pueden coincidir, pero también pueden entrar en conflicto. Una comunidad puede estar convencida de algo y equivocarse. O puede conocer la verdad y preferir no nombrarla.

El asesinato devuelve al presente una serie de asuntos que quizá habían permanecido enterrados. El crimen no inventa las rivalidades, las expone. En ese sentido, el lugar funciona como un archivo. Cada personaje ha dejado una huella en él, y cada huella puede ser leída de distintas maneras. La investigación consiste también en decidir quién tiene derecho a contar la historia del pueblo.

Esa dimensión social impide que Huellas en los fiordos sea solo una novela sobre una investigadora atormentada. Hildur no se enfrenta únicamente a sus propios fantasmas. Se enfrenta a una comunidad que ha aprendido a convivir con sus silencios. Resolver el caso significa alterar ese equilibrio, y cualquier alteración tiene consecuencias.

 

La memoria y la imposibilidad del cierre

La desaparición de Rósa y Björk introduce en la novela una concepción de la memoria distinta de la que suele acompañar a los casos policiales resueltos. Cuando existe un cadáver, por terrible que sea, existe también una forma de certeza. La muerte permite iniciar un duelo, reconocer un final, ordenar una historia. La desaparición mantiene abierta la posibilidad y, con ella, el sufrimiento.

Hildur ha vivido veinticinco años en esa zona incierta. Sus hermanas no están presentes, pero tampoco han podido ser definitivamente colocadas en el pasado. La protagonista no dispone de una verdad que le permita cerrar la herida. Su vida se organiza alrededor de una espera que quizá ya no sea racional, pero que continúa siendo emocionalmente inevitable.

La novela comprende que una desaparición no afecta únicamente al momento en que ocurre. Se prolonga en el tiempo y modifica las vidas de quienes quedan. Las personas crecen, forman relaciones, trabajan, envejecen; sin embargo, la ausencia conserva una especie de presente propio. El calendario avanza, pero no consigue transformar completamente lo sucedido.

Este es uno de los aspectos más literarios del libro. El misterio no se limita a descubrir qué ocurrió, sino que examina qué hace una persona con aquello que no puede saber. La vida de Hildur no es la de alguien que espera una respuesta porque confía en que toda historia debe tenerla. Es la de alguien que ha aprendido que la falta de respuesta también puede convertirse en una identidad.

De ahí que la investigación del asesinato posea una carga que va más allá del caso concreto. Hildur no puede permitirse contemplar la violencia como un episodio ajeno. Cada crimen le recuerda que el mundo puede arrebatar a una persona y dejar a los demás con la tarea imposible de reconstruirla. Su oficio le exige buscar, pero su biografía le ha enseñado que buscar no garantiza encontrar.

La novela evita, al menos en su planteamiento, una idea demasiado tranquilizadora de la justicia. Encontrar al culpable no devuelve a la víctima. Conocer la verdad no repara automáticamente a una familia. Resolver un misterio puede ser necesario, pero no siempre es suficiente. Esta distancia entre verdad y reparación añade una capa de gravedad a la trama.

El ritmo: paciencia y suspense

Huellas en los fiordos no parece construida para el lector que exige una sucesión constante de giros. Su suspense depende menos de la velocidad que de la acumulación. Cada conversación, cada desplazamiento y cada detalle del entorno contribuyen a formar una imagen incompleta. El interés surge de la necesidad de saber cómo encajarán esas piezas.

En una novela de estas características, el ritmo no se mide solo por el número de acontecimientos. También se mide por la presión que ejerce lo que todavía no se ha dicho. Rämö trabaja con esa presión. La investigación avanza, pero la información llega de manera dosificada. Lo que importa no es únicamente conocer un dato, sino comprender por qué aparece en ese momento y qué modifica en la lectura de los personajes.

El procedimiento puede resultar eficaz precisamente porque se ajusta al espacio. En Ísafjörður no todo puede ocurrir deprisa. Las condiciones físicas imponen pausas, y las relaciones sociales hacen que cada paso tenga un coste. La novela incorpora esas limitaciones en lugar de ignorarlas. El suspense no nace de la omnipotencia del investigador, sino de la dificultad real de acceder a la verdad.

Aun así, el ritmo atmosférico puede tener un precio. En determinados tramos, la sensación de avance puede ser menor de la esperada. El lector que busque una trama policial muy compacta quizá perciba que algunas escenas se prolongan más por su valor ambiental que por su aportación directa al misterio. Es una objeción legítima, aunque también revela una elección estética: la autora prefiere construir un mundo reconocible antes que precipitarse hacia la resolución.

La lentitud, cuando está bien administrada, permite que el crimen se filtre en la vida cotidiana. No aparece como un espectáculo aislado, sino como una perturbación que modifica los hábitos. La gente continúa trabajando, comprando, desplazándose, conversando; pero todo queda bajo una luz distinta. El pueblo sigue siendo el mismo y, al mismo tiempo, ya no puede serlo.

Ese es el tipo de suspense que propone Rämö: no tanto el de la persecución como el de la sospecha. No sabemos qué personaje está ocultando algo, pero tampoco sabemos qué importancia tiene aquello que oculta. La novela invita a desconfiar de las apariencias sin convertir a todos los habitantes en caricaturas de culpabilidad.

 

Lo que la novela aporta

El valor de Huellas en los fiordos no depende de que revolucione la novela negra. Su aportación es más precisa y, por eso mismo, más interesante. La autora combina una estructura policial reconocible con una ambientación muy marcada y una protagonista cuya herida personal no funciona como simple adorno dramático. La novela encuentra su identidad en la confluencia de esos tres elementos.

También aporta una mirada distinta sobre Islandia. El país que aparece en sus páginas no es únicamente el territorio remoto que fascina al viajero. Es un espacio habitado, con rutinas, jerarquías, conflictos y relaciones prolongadas. La belleza de los fiordos no borra la vida concreta de quienes viven allí. Al contrario: la vuelve más visible en su aislamiento.

La novela sabe que el exotismo puede ser una trampa. Un escenario poco conocido corre el riesgo de convertirse en una colección de imágenes para consumo del lector extranjero. Rämö sortea ese peligro cuando integra el paisaje en la experiencia de los personajes. Ísafjörður no importa porque sea diferente a los lugares que conocemos, sino porque determina la forma en que sus habitantes se relacionan con el tiempo, con el peligro y con los demás.

Hildur, por su parte, tiene la suficiente fuerza para sostener una serie. No es una protagonista acabada ni completamente descifrable. Sus decisiones dejan zonas de incomodidad, y su manera de enfrentarse al dolor no siempre resulta ejemplar. Precisamente por eso puede interesar. La novela no la presenta como una heroína invulnerable, sino como una mujer que sigue funcionando a pesar de que una parte de su vida permanece detenida.

Jakob contribuye a ampliar el horizonte de la historia y permite que la serie no dependa de una sola mirada. Su presencia abre posibilidades narrativas para futuras entregas, pero en esta primera novela cumple además una función estructural: introduce distancia, contraste y una forma distinta de vulnerabilidad.

El resultado es una obra que no busca impresionar mediante la violencia, sino envolver mediante la atmósfera y la tensión psicológica. Puede que algunos lectores deseen una investigación más vertiginosa o una resolución más contundente. Otros agradecerán justamente que el libro se detenga en aquello que el thriller suele dejar en segundo plano: el clima emocional de un lugar, la persistencia de la memoria y la dificultad de vivir junto a lo que no se comprende.

 

Una primera entrega con promesa

Como comienzo de serie, Huellas en los fiordos cumple una tarea esencial: presentar un universo reconocible sin agotarlo. La novela introduce a Hildur, a Jakob y a una comunidad que parece guardar más historias de las que está dispuesta a contar. El caso central tiene su propia fuerza, pero también sirve para establecer preguntas que pueden prolongarse en los siguientes libros.

El riesgo de toda primera entrega consiste en sobrecargar el presente con demasiadas explicaciones. Hay que contar el caso, presentar a los personajes, situar el territorio y sembrar conflictos futuros. Rämö parece resolver esa exigencia apoyándose en la atmósfera y en la personalidad de Hildur. El mundo de la serie no se explica como un expediente: se revela a través de la conducta de la protagonista y de su relación con Ísafjörður.

La desaparición de sus hermanas proporciona a la serie un eje emocional de largo recorrido. Pero la autora debe manejarlo con cuidado. Si el enigma se convierte en una repetición constante de la misma herida, puede reducir la complejidad de Hildur. La protagonista es más que aquello que le sucedió; su interés dependerá de que las próximas novelas permitan que su carácter se despliegue también en otras direcciones.

Por ahora, el punto de partida resulta sólido. Hildur posee una identidad diferenciada, el escenario tiene una presencia poderosa y la relación con Jakob abre un campo de tensiones que no necesita resolverse de inmediato. La serie puede crecer a partir de sus misterios, pero también a partir de las contradicciones de sus personajes.

 

Veredicto

Huellas en los fiordos es una novela negra atmosférica, contenida y de respiración lenta, construida alrededor de una protagonista que ha hecho de la resistencia una forma de vida. Su fuerza se encuentra menos en el impacto de los giros que en la manera en que enlaza el crimen con la memoria, el paisaje con el carácter y la investigación con una herida familiar que no ha dejado de sangrar bajo la superficie.

Satu Rämö comprende que un fiordo no es solo un paisaje hermoso y que un pueblo pequeño no es necesariamente un lugar seguro. En ambos puede haber silencio, refugio y amenaza. La nieve cubre las huellas, pero también las conserva; el mar ofrece una salida, pero puede convertirse en una frontera; el pasado parece lejano, pero continúa modificando el presente.

La novela no presenta a Hildur como una mujer que haya conseguido vencer a sus fantasmas. Su mérito consiste en algo más modesto y humano: ha aprendido a caminar con ellos. Esa elección evita la redención fácil y concede a la protagonista una densidad que puede sostener el futuro de la serie.

Para quienes disfrutan del thriller nórdico, de las investigaciones en comunidades aisladas y de las historias donde la atmósfera posee tanto peso como la intriga, Huellas en los fiordos ofrece una lectura absorbente. Para quienes esperen una novela policial vertiginosa, llena de persecuciones y revelaciones constantes, su cadencia puede exigir paciencia. Pero esa paciencia tiene recompensa: poco a poco, el libro demuestra que el verdadero misterio no está únicamente en descubrir quién mató a un hombre, sino en comprender qué hace una comunidad con aquello que preferiría no recordar.

El fiordo conserva sus secretos porque el frío los mantiene intactos. Hildur, en cambio, vive condenada a buscarlos. En esa diferencia —entre lo que el paisaje oculta y lo que la protagonista se niega a dejar enterrado— se encuentra el corazón de la novela.

 Con la colaboración de Salamandra Editorial. 

en agosto 06, 2026 No hay comentarios:
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Etiquetas: Novela negra

jueves, 30 de julio de 2026

Cuentos góticos -reseña

 ¿De qué va el libro?

 


 Desapariciones misteriosas, fantasmas vengativos, caballeros y aristócratas con una doble vida de asesinos y bandidos, maldiciones que se vuelven contra los descendientes de quien las pronunció, encierros en castillos, persecuciones implacables y penosas huidas… Los clásicos elementos del género gótico que atrajeron a Elizabeth Gaskell, una de las mayores novelistas del realismo victoriano, podría pensarse que se impusieron, como una evasión fantástica, al carácter cotidiano y a la proyección social de sus temas habituales. Sin embargo, cabe recordar que una de las imágenes clave del género es el hallazgo de un esqueleto en el armario de un pulcro interior doméstico; los secretos que se revuelven, y que regresan con su poder atormentador, afligen a familias corrientes y especialmente a heroínas muy marcadas por su dependiente condición de mujeres.

Estos Cuentos góticos, lejos de escapar al realismo, constituyen de hecho una inteligente y a veces patética exploración del género en busca de sus fundamentos reales. A este respecto, «La bruja Lois», crónica de la célebre caza de brujas de Salem en 1692, es un ejemplo impecable. Y, por su parte, «Curioso, de ser cierto», donde un forastero perdido en un bosque asiste a una extraña reunión de personajes de cuentos de hadas, esboza con humor el futuro probable de las fantasías cuando dejan de serlo.

¿Qué me ha parecido? 

Publicado por Alba Editorial en su colección Alba Minus, Cuentos góticos reúne nueve relatos largos de Elizabeth Gaskell en una edición de 544 páginas traducida por Ángela Pérez. La propia editorial presenta el libro como una exploración inteligente del género gótico que, lejos de evadirse del realismo victoriano, busca en lo fantástico los fundamentos de una verdad social y psicológica más profunda. Esa declaración es muy acertada: en Gaskell, lo sobrenatural casi nunca funciona como puro adorno atmosférico, sino como forma narrativa para pensar la culpa, el encierro, la herencia, el secreto familiar y la situación dependiente de las mujeres en la sociedad decimonónica.

Lo primero que conviene subrayar es que este volumen desmiente una idea demasiado simplista del gótico. Si uno espera una sucesión de castillos en ruinas, espectros puramente decorativos y truculencias de catálogo, Gaskell ofrece otra cosa: una escritura que aprovecha los mecanismos del género para someterlos a examen. En el fondo, el libro no se limita a contar historias de miedo, sino que interroga por qué nos da miedo lo que nos da miedo. La casa, la familia, la herencia, el matrimonio, la reputación y la memoria aparecen como espacios de amenaza tanto o más intensos que los bosques, las criptas o los cementerios. En ese sentido, Cuentos góticos es una obra muy moderna: entiende que lo siniestro suele nacer dentro de lo doméstico, no fuera de él.

Gaskell y el género

Elizabeth Gaskell es una figura central del realismo victoriano, y precisamente por eso resulta tan interesante su aproximación al gótico. En la presentación de Alba se insiste en que sus relatos no escapan del realismo, sino que lo amplían mediante formas góticas para explorar sus «fundamentos reales». Esa formulación captura muy bien el método de la autora. Gaskell no escribe desde una imaginación gratuita, sino desde una sensibilidad moral y social atenta al sufrimiento concreto; incluso cuando introduce fantasmas, maldiciones o apariciones, lo hace para iluminar conflictos de poder muy tangibles.

Aceprensa, por su parte, observa que el libro está compuesto por nueve relatos largos, algunos casi novelas, y que pueden encuadrarse dentro de un «realismo romántico», más que en un gótico puro. La observación es útil porque ayuda a evitar una lectura de género demasiado rígida. Gaskell no busca asustar al lector con la acumulación de efectos, sino tensionar lo narrativo con una atmósfera de amenaza persistente. Eso explica que sus cuentos no funcionen tanto como máquinas de sobresalto cuanto como narraciones de presión creciente, donde lo sobrenatural queda siempre anclado en una vida social concreta, en especial la de familias corrientes y mujeres en posición vulnerable.

Esa mezcla de imaginería gótica y observación moral es, de hecho, la marca más duradera del libro. Gaskell toma del género sus signos más reconocibles —desapariciones, castigos, bosques, persecuciones, leyendas, maldiciones— pero los somete a una lógica menos ornamental que ética. No se trata de exhibir lo monstruoso, sino de revelar cómo lo monstruoso nace de relaciones humanas torcidas. Por eso sus relatos tienen algo de crítica moral disfrazada de leyenda, y algo de leyenda sometida a la disciplina del análisis social.

 

El libro como conjunto

Uno de los mayores méritos de Cuentos góticos es su variedad interna. El volumen no ofrece una fórmula repetida, sino una exploración bastante amplia de variantes del género: desde la crónica histórica hasta la narración de suspense, desde la fantasía con ecos de cuento popular hasta la historia de castigo y persecución. La editorial destaca en particular «La bruja Lois», centrada en la célebre caza de brujas de Salem, y «Curioso, de ser cierto», donde un forastero se enfrenta a una reunión extraña en el bosque, como ejemplos de dos modulaciones distintas del imaginario gótico: una más histórica y otra más irónica y fantástica.

Esa diversidad importa porque muestra a una autora que no se limita a aplicar una estética, sino que experimenta con ella. Gaskell sabe que el gótico puede ser relato de superstición, leyenda social, fantasía alegórica o drama moral. Y sabe también que la misma estructura de secreto y revelación puede producir efectos distintos según el tipo de narrador, el punto de vista o la época evocada. En varios relatos, la intriga no depende tanto de «qué ocurrirá» como de «qué se oculta realmente bajo lo que ya estamos viendo». Ese desplazamiento de la sorpresa hacia la interpretación le da al libro una riqueza poco común.

Desde el punto de vista de la lectura continuada, además, el volumen resulta muy coherente. No es una simple antología dispersa: hay una unidad de sensibilidad. La repetición de ciertos motivos —aislamiento, rumor, memoria, castigo, identidad escindida— hace que cada cuento parezca dialogar con los demás. Incluso cuando varían el tono y la ambientación, todos comparten una misma preocupación por la fragilidad del orden cotidiano. La casa respetable puede esconder violencia; la autoridad moral puede encubrir hipocresía; la tradición puede ser una forma de opresión; y el pasado, lejos de estar muerto, sigue actuando sobre los vivos.

 

La lectura del miedo

Uno de los aciertos del libro es que el miedo nunca es gratuito. Gaskell entiende que el terror literario se vuelve más eficaz cuando nace de algo reconocible. Por eso, aunque aparezcan fantasmas o maldiciones, la verdadera inquietud procede de la experiencia humana: el abandono, la dependencia, la culpa heredada, la injusticia y el silencio. La editorial lo expresa de forma muy clara al recordar que los relatos se centran en «secretos que se revuelven» y que atormentan a familias corrientes, en especial a heroínas marcadas por su condición dependiente. Esa frase podría servir casi como clave de lectura general del libro.

También me parece importante que Gaskell no convierta lo fantástico en pura evasión. En sus relatos, lo sobrenatural suele tener algo de síntoma. Si aparece una maldición, es porque existe una estructura de abuso o culpa que la precede; si surge una figura espectral, es porque hay una memoria histórica que no ha sido elaborada; si el relato se vuelve legendario, es porque la comunidad ha transformado el trauma en narración. Así, el gótico de Gaskell no rompe con el realismo: lo intensifica mediante una forma imaginaria que permite decir lo que el realismo puro a veces apenas puede insinuar.

Esto da al conjunto una cualidad muy particular: el lector no está simplemente ante historias «de miedo», sino ante relatos que producen una inquietud moral. Uno termina de leer con la sensación de que el verdadero problema no era el monstruo, sino el sistema de relaciones que lo hace posible. Esa es una de las razones por las que el libro conserva vigencia: su terror no depende de modas visuales, sino de estructuras humanas permanentes.

 

Dos relatos clave

Dentro del volumen, «La bruja Lois» destaca como una de las piezas más logradas. Alba la describe como una crónica de la caza de brujas de Salem en 1692. Eso ya dice mucho: Gaskell toma un episodio histórico de persecución colectiva y lo transforma en narración gótica, pero sin vaciarlo de su dimensión real. La figura de la bruja no aparece como simple icono macabro, sino como el punto donde se cruzan miedo social, superstición, autoridad religiosa y violencia comunitaria. El relato, por tanto, no solo inquieta: acusa. Nos recuerda que la irracionalidad colectiva también tiene una lógica, y que esa lógica suele sostener jerarquías y castigos.

«Curioso, de ser cierto», por su parte, ofrece una veta distinta: la del humor extraño y la fantasía casi metanarrativa. Alba subraya que en él un forastero perdido en un bosque asiste a una reunión insólita de personajes de cuento de hadas, y que el relato esboza con humor el porvenir probable de las fantasías cuando dejan de serlo. Aquí Gaskell muestra otra faceta de su inteligencia: sabe jugar con el material maravilloso sin solemnidad. El resultado no es una parodia, sino una reflexión muy fina sobre la supervivencia de lo fabuloso en un mundo que ya no cree del todo en él. La fantasía, en Gaskell, no desaparece; se transforma, se desactiva, se mezcla con la conciencia moderna.

Estos dos cuentos, vistos juntos, resumen bastante bien el libro: uno trabaja el gótico como memoria histórica de la violencia; el otro, como ironía sobre la persistencia de lo maravilloso. Entre ambos se extiende una amplia gama de usos posibles del género, y ese arco es una de las razones por las que la lectura resulta tan rica.

 

Valor literario

Desde un punto de vista estrictamente literario, Cuentos góticos tiene muchas virtudes. La primera es la firmeza del diseño narrativo. Gaskell sabe sostener la atención durante relatos largos, a menudo mediante la dosificación precisa de la información y el mantenimiento de una ambigüedad productiva. La segunda es la calidad de la ambientación, que nunca cae en la pura postal. Los espacios no se describen solo para impresionar, sino para condicionar la experiencia moral de los personajes. La tercera es la densidad temática: incluso cuando la trama parece moverse en coordenadas fantásticas, siempre hay detrás una reflexión sobre poder, género, clase, herencia o culpa.

También es notable la manera en que la autora maneja el tono. Gaskell puede pasar de la gravedad a la ironía, del patetismo a la observación objetiva, sin perder control del conjunto. Ese equilibrio evita que los relatos se hundan en la exageración melodramática, un riesgo muy frecuente en la literatura gótica. De hecho, uno de los rasgos más atractivos del libro es precisamente su resistencia al exceso. Hay misterio, sí, pero no confusión; hay terror, pero no histeria; hay leyenda, pero también estructura. Eso hace que el lector perciba una inteligencia compositiva muy superior a la mera eficacia narrativa.

Conviene añadir que el libro también tiene interés para lectores de novela realista y no solo para aficionados al género gótico. Quien conozca a Gaskell por sus obras más ligadas al costumbrismo o a la crítica social encontrará aquí una prolongación de sus obsesiones en un registro distinto. Lo gótico no es una fuga, sino una herramienta. Y eso convierte al volumen en una lectura especialmente sugerente para entender la amplitud de su obra.

 

La edición de Alba

La edición de Alba Editorial merece una mención específica. La colección Alba Minus suele apostar por clásicos en formatos manejables, con buena presentación y traducciones cuidadas. En este caso, el volumen viene en rústica, formato 14 x 21, con 544 páginas, traducido por Ángela Pérez. La traducción es un elemento crucial en un libro de estas características, porque el equilibrio entre registro narrativo, atmósfera y precisión léxica define en gran medida el efecto final. Sin entrar en un análisis comparativo línea por línea, la edición transmite la sensación de ser solvente y pensada para una lectura literaria sostenida.

Además, la propia presentación editorial orienta la lectura de forma muy provechosa. En vez de vender los relatos como simple literatura de susto, Alba insiste en su relación con el realismo y con las estructuras sociales de la época. Esa elección paratextual es valiosa, porque prepara al lector para una experiencia más compleja y evita decepciones derivadas de expectativas de género demasiado estrechas. En un libro así, la edición no es neutra: forma parte de la interpretación.

Juicio final

Cuentos góticos es un libro muy recomendable para quien quiera leer el gótico desde una perspectiva literaria, histórica y moral a la vez. No es una colección de terror convencional, sino una exploración del género desde una autora que conoce bien el peso del realismo y sabe usar lo fantástico como vía de acceso a verdades más incómodas. Su gran logro es convertir el miedo en una forma de conocimiento: conocimiento de la familia, de la sociedad, de la memoria y de la violencia oculta.

Si se lee con esa disposición, el libro ofrece mucho más que entretenimiento. Ofrece la experiencia de una literatura que conoce las sombras, pero no las trata como espectáculo; que entiende el poder de la superstición, pero también su uso político; que sabe narrar castillos, bosques y fantasmas, pero sin olvidar que el verdadero horror suele habitar en lo doméstico y lo cotidiano. En ese cruce entre imaginación y crítica, Elizabeth Gaskell encuentra una voz muy propia, y Alba Editorial le presta una edición a la altura de esa singularidad.

Con la colaboración de Alba Editorial.

en julio 30, 2026 No hay comentarios:
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