El arte en la tinta

Este es un blog donde se hacen reseñas de libros, se entrevistan autores, editores, ilustradores, y se opina sobre las novedades literarias.

viernes, 20 de febrero de 2026

En busca del tiempo perdido. Tomos I y II: Por donde vive Swann y A la sombra de las muchachas en flor -reseña

¿De qué va el libro?

 «¡Y cómo jode este hombre con la magdalena esa!», decía la tía del protagonista de La consagración de la primavera de Alejo Carpentier… y lo cierto es que, desde la publicación de su primer tomo en 1913, En busca del tiempo perdido no ha dejado de ser una de las novelas más glosadas, influyentes y seductoras del siglo XX. «Catedral del tiempo», como la llamó el crítico Jean-Yves Tadié, combina a lo largo de sus siete tomos la larga tradición del pensamiento y de la literatura francesa –de Montaigne y la señora de Sévigné a La comedia humana, de la Encyclopédie al positivismo, de Stendhal a la poética simbolista– y crea a partir de ella una auténtica conmoción. Su narrador, insomne y enfermizo como «una princesa de tragedia», cuenta cómo se forma y se decide una vocación de escritor cuando el poder de la impresión sensorial es tan grande que debe salvar una ardua distancia para convertirse en lenguaje. Pero la novela no es solo un magnífico estudio de psicología de la percepción, sino también una crónica tan fidedigna como mordaz de la Belle Époque, a menudo cómica en su exacta descripción de las delicadezas, astucias y mezquindades de la vida social. Ofrecemos aquí, en una nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, el primer volumen con las dos primeras partes de esta obra magna, Por donde vive Swann (1913) y A la sombra de las muchachas en flor (1917), centradas en la infancia y adolescencia del narrador, en sus primeros amores –contrastados con los vaivenes de la pasión de un adulto, el célebre Swann– y todas sus ansiedades, placeres y decepciones.

¿Qué me ha parecido?


 

Hay libros que uno siente que le cambian el modo de leer, de mirar, incluso de pensar el tiempo; el primer volumen de la edición de Alba de En busca del tiempo perdido es uno de esos artefactos raros que llegan a la mesa con el aura doble de la obra maestra y del objeto cuidado. Reúne en casi mil páginas Por donde vive Swann y A la sombra de las muchachas en flor, en una nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, encuadernado en tapa dura con sobrecubierta, como si la editorial quisiera recordarnos que estamos ante una “catedral del tiempo”, en la fórmula feliz de Jean‑Yves Tadié.

 

El libro: entrar en la catedral

Este primer tomo de Alba condensa el arranque entero del ciclo proustiano: la infancia y primera juventud del narrador, la pasión tortuosa de Swann, el descubrimiento del deseo, de la vida social, del arte y de la memoria involuntaria. No es un libro «de trama» en el sentido clásico, sino un fluir de conciencia que se detiene minuciosamente en impresiones, gestos, matices de la luz o del tono de voz, hasta convertir cada escena en una especie de cámara lenta emocional.

La famosa escena de la magdalena –tan famosa que Alejo Carpentier se permite burlarse de ella en La consagración de la primavera– es casi un emblema de lo que va a hacer Proust con las siguientes miles de páginas: partir de un detalle sensorial nimio para desplegar una experiencia vital entera. La magdalena mojada en té no es solo un recuerdo de infancia; es la demostración en acto de que el pasado perdido sigue agazapado en las cosas más triviales, a la espera de un sabor, un olor, una textura que encienda el mecanismo de la memoria.

En Por donde vive Swann, esa vocación de «análisis total» se concentra tanto en la voz del narrador niño como en el drama amoroso de Swann y Odette, que funciona casi como novela autónoma incrustada. En A la sombra de las muchachas en flor, Proust desplaza el foco a la adolescencia, a los primeros amores del narrador, a ese territorio ambiguo donde el deseo, la timidez, la fascinación por los cuerpos y por la sociedad se mezclan y desbordan cualquier moraleja.

La lectura, sí, puede hacerse «soporífera», como confiesa uno de los lectores que comenta esta edición: la densidad de la prosa y la lentitud con que avanzan los episodios exigen una entrega que no es compatible con la prisa contemporánea. Pero justamente ahí radica parte de su poder: obliga a leer de otra manera, a aceptar que la novela puede detenerse veinte páginas en un saludo, en un paseo, en un matiz de celos, y que de esa insistencia sale una experiencia estética extrañamente adictiva.

 

Proust: el autor detrás del mito

Marcel Proust llegó a En busca del tiempo perdido después de artículos, relatos y textos menores que no hacían sospechar el tamaño del edificio que estaba a punto de levantar. No era, en el momento de la publicación del primer tomo en 1913, un autor central del canon francés, sino más bien una figura discutida, incluso caricaturizada en ciertos círculos, lo que hace más llamativo el rechazo inicial de la novela por parte de algunos comités de lectura de la época.​

Su proyecto, sin embargo, era radical: transformar la vida entera –la propia y la de una clase social, la de una época– en material de una exploración minuciosa de la conciencia. En lugar de escribir una crónica nostálgica del pasado, Proust concibe el tiempo de una manera sorprendentemente moderna, en sintonía con las dudas sobre la linealidad temporal que recorre el pensamiento de comienzos del siglo XX, incluso con la relatividad de Einstein. El tiempo perdido no es simplemente el tiempo pasado, sino el tiempo no vivido, el tiempo que dejamos escapar sin comprenderlo.

Proust no es solo el autor de una historia, sino el «testigo» de un mundo que se deshace: la Belle Époque con sus salones, sus códigos, sus hipocresías, sus refinamientos y sus mezquindades. A través de su narrador, observa la realidad con una precisión microscópica: descompone un gesto, una sonrisa, una frase cortés, hasta revelar las pasiones, resentimientos y ambiciones que laten debajo. Ese cruce entre el detalle microscópico y la visión panorámica es lo que hace de Proust un escritor de una lucidez casi incómoda.

 

Reconocimiento y recepción: de rechazo a clásico ineludible

La historia de la recepción de En busca del tiempo perdido es la de tantos clásicos que empiezan mal y acaban imponiéndose con una fuerza lenta pero imparable. El primer tomo de la obra fue rechazado en su momento por un comité de lectura –con nombres hoy ilustres– que encontró el texto pretencioso, esnob, excesivo; el tipo de libro que desafía lo que el mercado editorial de entonces entendía por «novela.​»

Sin embargo, muy pronto, algunos críticos y escritores perciben que ahí hay algo que no se parece a nada: Jean‑Yves Tadié habla de «catedral del tiempo», y hay quien recibe la obra como algo «inesperado», con un acento tan singular que parece abrir una vía nueva para la narrativa. A lo largo del siglo XX, el ciclo proustiano se convierte en una referencia ineludible: objeto de estudios, de devociones, de rechazos viscerales, pero nunca indiferente.

El reconocimiento no es solo académico: para muchos lectores, la obra se convierte en una iniciación, en esa lectura que se afronta como una especie de desafío y que deja la sensación de haber atravesado algo así como una educación sentimental y estética. En los años ochenta y noventa, por ejemplo, toda una generación de jóvenes lectores descubrió a Proust como una revelación, no como una reliquia, lo que explica su permanencia en catálogos, clubes de lectura, reediciones constantes.

Hoy, a comienzos del siglo XXI, En busca del tiempo perdido funciona casi como un rito: hay quien se propone leerlo entero a lo largo de un año, quien lo abandona y vuelve, quien lo acompaña con ediciones anotadas o con el texto francés en paralelo. Esa mezcla de reverencia y de uso cotidiano, de libro de culto y libro de mesilla de noche, forma parte de su singular posición en el imaginario lector.

 

La edición de Alba: objeto y traducción

La apuesta de Alba Editorial con este primer volumen es clara: ofrecer una edición a la altura del aura que rodea a Proust, pero pensada para el lector contemporáneo que quiere una versión fiable, bella y utilizable. Estamos ante un volumen de 16x22 cm, tapa dura (cartoné) con sobrecubierta, casi mil páginas bien encuadernadas, perteneciente a la colección «Alba Clásica Maior.»

No es un detalle menor el comentario de un lector que subraya justamente la calidad física del libro: la tapa dura y la encuadernación sólida permiten dejar el volumen abierto sobre la mesa mientras se consulta el texto original en francés o se contrasta con otros estudios. Para un libro que no se lee de un tirón, que invita a la relectura, al subrayado, a ir y venir entre capítulos, esa resistencia material importa: En busca del tiempo perdido no es un título de bolsillo para devorar en el metro, sino un proyecto de larga duración, y la edición se adapta a esa vocación.

Más decisiva aún es la nueva traducción firmada por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. No estamos ante una revisión ligera, sino ante un esfuerzo por devolver a Proust en un castellano que haga justicia a su fraseo largo, sinuoso, pero también a sus matices irónicos, a su precisión léxica. Algún lector la califica sin ambages como «la mejor traducción de las que conozco», precisamente porque equilibra fidelidad y legibilidad sin aplastar la voz original.

Que este primer tomo reúna las dos primeras partes del ciclo –Por donde vive Swann (1913) y A la sombra de las muchachas en flor (1917)– tiene además una ventaja narrativa: el lector puede seguir sin interrupciones el arco que va de la infancia al despertar amoroso y social del narrador, en paralelo al drama adulto de Swann. La estructura en un solo volumen voluminoso refuerza esa sensación de estar entrando en un mundo con continuidad propia, más que en una simple serie de novelas yuxtapuestas.

 

La respuesta del público: entre el respeto y la fascinación

No es una novela que busque la unanimidad: En busca del tiempo perdido despierta entusiasmos apasionados y cansancios igual de sinceros. Entre los lectores de esta edición de Alba, se repite una mezcla de admiración por la riqueza descriptiva y la densidad, combinada con la confesión de que en ciertos tramos la lectura se hace pesada, casi hipnótica. «Monumental, insaciablemente densa y fantásticamente descriptiva», resume uno de ellos, antes de admitir que hay pasajes «soporíferos» que, aun así, no impiden disfrutar del retrato de la pubertad y la juventud del joven Proust ficcionalizado.

Esa ambivalencia es reveladora: estamos ante un libro que no se limita a entretener, sino que exige una forma de atención poco habitual, y recompensa esa paciencia con una intensidad que muchos lectores describen como irrepetible. De ahí la fidelidad casi devocional de quienes recomiendan esta edición como puerta de entrada o como nueva lectura después de otras traducciones, valorando tanto el cuidado editorial como el esfuerzo por mantener el tono proustiano.

En librerías y espacios especializados, este volumen se presenta como una apuesta de fondo: no es un título de temporada, sino parte del catálogo «serio» de narrativa de ficción, reeditado, reseñado, recomendado periódicamente. Lo compran lectores que ya han oído hablar de Proust toda la vida y sienten que ha llegado «su momento», estudiantes de literatura, curiosos que quieren confrontarse con un clásico exigente; y la existencia de reseñas, vídeos y blogs dedicados específicamente a analizar la primera parte del ciclo demuestra que sigue generando conversación viva, no solo reverencias distantes.​

 

Por qué es un clásico imprescindible

La palabra «clásico» se usa con ligereza, pero en el caso de En busca del tiempo perdido tiene un peso particular: se trata de una obra que ha modificado la manera de entender lo que puede ser una novela y que sigue dialogando con lectores y escritores de hoy. En primer lugar, por su concepción del tiempo: Proust no reconstruye el pasado como un álbum de recuerdos bonitos, sino que lo entiende como una materia viva, compleja, que solo se hace accesible a través de destellos, de impresiones sensoriales que actúan como disparadores.

Ese tratamiento del tiempo se enlaza con una exploración psicológica de una profundidad que todavía sorprende: no estamos ante una simple «novela psicológica», sino ante una inmersión en la conciencia, en las pasiones, en los vicios y virtudes de los personajes, siempre en relación con la duración, con la forma en que el tiempo erosiona, deforma o ilumina los sentimientos. Proust consigue que el lector reconozca en esas escenas aparentemente muy francesas, muy situadas en la Belle Époque, algo íntimamente propio, porque lo que se analiza no es tanto una sociedad concreta como ciertos mecanismos universales del deseo, de los celos, de la vanidad, de la culpa.

Otro rasgo decisivo es la invención de una voz narrativa que cuenta a la vez la historia de una época y la formación de una vocación de escritor. En busca del tiempo perdido es, en ese sentido, una novela de aprendizaje sui generis: el narrador nos muestra cómo el poder de la impresión sensorial es tan grande que debe salvar una ardua distancia para convertirse en lenguaje. El libro es el relato de esa distancia y de ese puente; leerlo es asistir al momento en que la vida deja de ser solo vida para convertirse también en material de escritura.

Desde el punto de vista estilístico, el riesgo que asume Proust al construir frases extensas, llenas de incisos, que giran sobre un mismo objeto, no ha perdido vigencia. Esa manera de escribir, que tantos imitadores y parodias ha generado, no es un mero capricho formal: responde a la necesidad de registrar matices que un estilo más seco no alcanzaría a captar. El resultado es una prosa que puede intimidar al principio, pero que, cuando se acepta su ritmo, produce un efecto de inmersión raro: el lector vive dentro de la frase, respira con ella.

Por último, En busca del tiempo perdido es un clásico porque no se agota: vuelve distinto en cada relectura, a medida que el propio lector cambia y acumula su propio «tiempo perdido.» Lo que una vez se lee como crónica de una clase social puede aparecer después como una meditación sobre la enfermedad, el duelo, la memoria o el arte; lo que antes parecía un interminable salón aristocrático se revela como laboratorio de emociones, de máscaras y de verdades incómodas.

La edición de Alba recoge todo eso y lo ofrece en un formato que invita a tomarse en serio la experiencia: un volumen sólido, bien traducido, pensado para acompañar meses o años de lectura. No intenta domesticar a Proust ni convertirlo en lectura «rápida», sino darle el marco adecuado para que su complejidad, su ironía y su potencia sigan operando hoy, libro a libro, lector a lector. Si hay una definición posible de clásico, quizá sea esa: un texto que, más de un siglo después, sigue pidiendo tiempo y, a cambio, nos enseña a mirar de otra manera el nuestro.

 Con la colaboración de Alba Editorial.

 
 
 

 

 



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lunes, 26 de enero de 2026

La isla del tesoro -reseña

 ¿De qué va el libro?

Un viejo marinero con la cicatriz de un sablazo en la cara se instala en una posada en la costa inglesa, no muy lejos de Bristol. Lleva un cofre que no abre nunca, se emborracha con ron y aterroriza a la clientela con sus historias y canciones. Además, le paga a Jim, el hijo de los posaderos, para que esté ojo avizor y le avise si se presenta «un marinero con una sola pierna». Lo cierto es que en el cofre secreto se esconde el mapa de una isla con un magnífico tesoro enterrado por un antiguo pirata, y Jim se encuentra, de la noche a la mañana, enrolado como grumete en una expedición (dirigida por un rico terrateniente) para ir a buscarlo. A partir de ese momento, tiene que adquirir «la costumbre de vivir aventuras trágicas» y familiarizarse con más cicatrices y mutilaciones, la muerte, la codicia y la traición. Pero todo tiene su doble cara: el miedo superado por la curiosidad puede dar pie a actos de coraje gratuitos, el aplomo puede convertirse en frialdad, la temeridad puede conducir a la jactancia. Jim, solo un muchacho, salva constantemente la vida a los adultos, pero no siempre alcanza a distinguir la diferencia entre ser valiente y estar envalentonado, entre la ensoñación y la pesadilla. La isla del tesoro (1883) es una de las novelas más conocidas –prácticamente inmortales– de Robert Louis Stevenson, y en ella despliega toda su maestría narrativa para contar una peripecia extraordinaria, plagada de violencia y peligro, y llena de personajes ambivalentes, como el célebre pirata John Silver el Largo, amable y ruin, elocuente y astuto, uno de los grandes manipuladores de la historia de la literatura.

 ¿Qué me ha parecido?

 

La isla del tesoro es, en apariencia, una simple novela de piratas para jóvenes; leída con calma, es un artefacto narrativo extremadamente consciente de sí mismo, construido por un escritor que sabía muy bien lo que hacía con el mito de la aventura, con la codicia y con la figura del héroe adolescente. No se entiende el magnetismo del libro sin mirar primero al autor, después a la arquitectura de la obra, y por último a la sombra larguísima que su galería de piratas proyecta sobre toda la literatura popular posterior.

El autor: un escocés enfermizo que soñaba con mares lejanos

Robert Louis Stevenson nace en Edimburgo en 1850, en el seno de una familia acomodada de ingenieros de faros, y pasa buena parte de su vida enfermo, entre viajes, sanatorios improvisados y climas que le permitan seguir respirando. Es un escritor físicamente frágil, pero imaginativamente feroz: de su mano salen algunos de los grandes mitos modernos, desde La isla del tesoro hasta El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, pasando por novelas históricas como Secuestrado o El señor de Ballantrae.​

Su educación es sólida, de clase media alta victoriana, pero elige deliberadamente un camino literario híbrido: mezcla la tradición escocesa de novela histórica (Walter Scott) con el folletín de aventuras y con una sutileza psicológica que lo aparta de la simple literatura “para niños”. La isla del tesoro se publica primero por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882, bajo el título The Sea Cook, or Treasure Island, y solo después aparece en libro en 1883, ya como la obra que todos conocemos. Esa doble condición —nacida en una revista juvenil, pero con una ambición literaria adulta— explica buena parte de su tono: Stevenson escribe para fascinar al chaval que hay en el lector, pero sin dejar de hablarle al adulto que ese lector va a ser.

La obra: estructura, temas y tono

Argumentalmente, la novela es casi un molde perfecto de relato de aventuras: Jim Hawkins, un chico que ayuda en la posada Admiral Benbow, encuentra entre los papeles de un viejo bucanero un mapa del tesoro del legendario capitán Flint. Ese hallazgo desencadena la expedición organizada por el doctor Livesey y el caballero Trelawney a bordo de la Hispaniola, rumbo a una isla remota donde supuestamente se esconden los lingotes de oro. El viaje, el motín, la lucha por el control del barco y luego de la propia isla articulan una progresión muy calculada: del mundo conocido (la posada en la costa inglesa) al espacio liminar del mar, y de ahí al territorio feroz de la isla, donde se suspenden las reglas civilizadas.

La historia está narrada en primera persona por Jim, lo que le da a todo un tono de memoria adulta sobre una aventura adolescente; no es un diario ingenuo, sino un recuerdo que ya ha procesado moralmente lo que ocurrió. Esto permite que la novela sea simultáneamente trepidante y reflexiva: se describen emboscadas, tiroteos, asaltos a la empalizada, pero la voz de Jim introduce, casi sin insistir, una mirada crítica sobre la codicia, la violencia y el precio psicológico de la aventura. El tema central no es solo “el tesoro”, sino la futilidad del deseo: todos los personajes se mueven empujados por la codicia, por la promesa del oro, y Stevenson sugiere que incluso cuando se consigue el botín la satisfacción es parcial, inestable, nunca definitiva.

En términos de atmósfera, la novela condensa unas pocas imágenes que se han vuelto icónicas: la posada azotada por el viento, el marinero misterioso con una canción de ron en la boca, la silueta de la isla en el horizonte, el loro gritando “¡Piezas de a ocho!” en el hombro de un pirata de pata de palo. Son motivos sencillos, casi esquemáticos, pero organizados con tanta precisión que se transforman en arquetipos de la literatura de aventuras, repetidos hasta el hartazgo en cine, cómic y videojuegos posteriores.

Personajes: máscaras, ambigüedades y crecimiento

Si la trama es un mecanismo narrativo preciso, los personajes son el combustible moral que lo hace explotar.​

Jim Hawkins: el aprendiz de héroe

Jim Hawkins es, al comienzo, un chico normal, algo tímido, hijo de los dueños de una posada en la costa inglesa, aparentemente destinado a una vida modesta y sin grandes sobresaltos. La aparición del viejo bucanero en la posada —Billy Bones— y el mapa que deja tras su muerte actúan como detonante externo, pero también como llamada interna: ese “espíritu aventurero” que Stevenson atribuye a Jim conecta con algo que el lector reconoce como propio, sobre todo si se lee joven.

Lo interesante es cómo Stevenson articula su evolución: Jim no se limita a “vivir” la aventura; toma decisiones que cambian el rumbo de los acontecimientos, se escabulle, escucha conversaciones secretas, abandona el barco, se enfrenta a piratas y arriesga la vida. El personaje crece en paralelo a la intensidad del relato, como han señalado reseñas modernas: sus instintos se agudizan, su capacidad de decisión madura, y al final de la novela ya no tenemos al chico de la posada, sino a alguien marcado para siempre por la experiencia. No hay, sin embargo, una glorificación ingenua del heroísmo: la propia voz adulta de Jim deja ver que hay cicatrices, miedos y un cierto desencanto en la forma en que recuerda el tesoro y lo que implicó perseguirlo.

Long John Silver: el villano carismático

Long John Silver es, quizá, la creación más memorable de Stevenson y una de las figuras fundamentales en la genealogía del pirata literario. Es un cocinero de mar con pata de palo y un loro en el hombro, pero por debajo del cliché físico late un personaje de una sutileza enorme: encantador, educado, aparentemente leal, capaz de seducir a Jim y de ganarse la confianza de los “respetables” mientras trama un motín.

Su fuerza está en la ambivalencia: Silver es traidor, sí, pero también extraordinariamente inteligente, pragmático, con un código de lealtades que no es exactamente “honorable”, pero tampoco puramente maligno. Hay momentos en que el lector se sorprende de sí mismo simpatizando con él, admirando su astucia o incluso agradeciendo su protección hacia Jim, aunque sepamos que lo haría traicionar a cualquiera si eso le asegura sobrevivir. Algunas lecturas subrayan, además, el curioso espejo entre Jim y Silver: el propio Silver llega a decir que Hawkins es una versión joven de él, como si el mismo material —valor, inteligencia, iniciativa— pudiera cuajar en héroe o en canalla según las decisiones y las circunstancias. Esa tensión entre las dos posibles trayectorias vitales que encarnan Jim y Silver es uno de los nervios secretos de la novela.

El “bando respetable”: Livesey, Trelawney, Smollett

En el lado aparentemente luminoso del tablero están el doctor Livesey, el caballero Trelawney y el capitán Smollett. Son figuras de la Inglaterra establecida: salud (el médico), propiedad (el caballero) y disciplina (el capitán), y juntos encarnan la idea de orden civilizado que se enfrenta al caos pirata. Sin embargo, Stevenson no los deja libres de crítica: Trelawney, por ejemplo, es un ingenuo que, en su entusiasmo, habla demasiado y contrata sin querer a los antiguos hombres de Flint, poniendo en peligro a todos; su “decencia” aristocrática no lo protege de la estupidez.

Smollett, por su parte, representa la profesionalidad dura, gris, casi antipática: tiene razón en casi todo, sospecha del plan desde el principio, pero su rigidez lo vuelve poco simpático tanto para la tripulación como para el lector. Livesey es quizá el más equilibrado —racional, valiente, con un sentido del deber bastante claro—, pero todos ellos, frente a Silver, parecen menos vivos, menos eléctricos; Stevenson intuye que el mal carismático es narrativamente más potente que el bien correcto.

Los piratas y Ben Gunn: coro y contra-coro

El resto de la tripulación de piratas funciona como un coro de codicia, violencia y miedo: hombres brutalizados por su propio deseo de oro, capaces de seguir a Silver mientras reparte promesas, pero también de volverse contra él en cuanto huelen debilidad. La novela retrata muy bien esa masa inestable, siempre al borde del motín dentro del motín, donde las alianzas duran lo que tarda en aparecer una mejor oferta o un barril de ron. Frente a ellos, Ben Gunn —el náufrago medio enloquecido que lleva años en la isla— introduce un matiz diferente: es la figura del que ya ha tenido su dosis de aventura y ha quedado marcado por ella, entre la superstición, la culpa y cierto humor involuntario.

Temas de fondo: codicia, moral y mito de la aventura

Más allá del puro placer del relato, La isla del tesoro dialoga con varios temas de fondo que explican su permanencia.

1.              La codicia como motor y veneno. Todos quieren el tesoro: piratas, caballeros, muchachos, náufragos. El oro es lo que organiza los bandos, desencadena la violencia y justifica la traición; pero, una vez conseguido, no produce una felicidad plena, sino una mezcla de alivio, cansancio y cierta sensación de vacío. Esa “futilidad del deseo” es central: Stevenson parece decir que la aventura puede ser gloriosa en el recuerdo, pero tiene un coste, y el tesoro nunca está a la altura de las fantasías que ha alimentado.

2.              La ambigüedad moral. Salvo quizá Livesey, nadie es del todo “bueno” o “malo”. Los “respetables” se embarcan en una empresa movida por el mismo apetito de riqueza que los piratas, y el propio Jim comete imprudencias peligrosas empujado por la curiosidad y el deseo de actuar. Silver es el ejemplo más extremo de esa ambivalencia, pero no el único: el libro está lleno de pequeñas decisiones en las que los personajes oscilan entre el interés personal, la lealtad y la supervivencia.

3.              El rito de paso. Leída desde la psicología del personaje, la novela es un rito de iniciación: un adolescente sale de casa, cruza el umbral del mundo “salvaje” y vuelve transformado, con un conocimiento nuevo sobre sí mismo y sobre los adultos. Jim descubre que los héroes tienen pies de barro, que los villanos pueden ser protectores, que la autoridad se equivoca y que el coraje no es ausencia de miedo, sino capacidad de actuar con él encima. En ese sentido, La isla del tesoro es una novela de aprendizaje disfrazada de relato de piratas.

4.              La construcción del mito pirata. Muchos de los elementos que hoy asociamos automáticamente a la figura del pirata —la pata de palo, el loro parlanchín, el mapa con una X, el cofre enterrado, la canción del ron— se fijan como iconos precisamente aquí, o se popularizan de manera definitiva gracias al libro. A partir de Stevenson, el pirata deja de ser solo un criminal marítimo de los archivos históricos y se convierte en una figura de la imaginación colectiva, mezcla de amenaza y fascinación, que el cine, la televisión y el cómic explotarán sin descanso.

Recepción, influencias y vigencia

Desde su publicación en 1883, La isla del tesoro se considera un éxito inmediato y, con el tiempo, una piedra angular de la literatura de aventuras. El hecho de que naciera en una revista juvenil no impidió que la crítica la reconociera pronto como algo más que simple entretenimiento; se la valora por la solidez de su construcción, la fuerza de sus personajes y su capacidad para captar el espíritu aventurero sin caer en el moralismo fácil.

En el siglo XX y XXI, la novela se ha mantenido constantemente viva gracias a adaptaciones cinematográficas, series, cómics, ediciones ilustradas y relecturas críticas. Muchos reseñistas contemporáneos subrayan la vigencia del libro precisamente por su ritmo —rápido, claro— y por su mezcla de aventura trepidante con personajes que no son simples marionetas; destacan, sobre todo, la delineación “inconmensurable” de figuras como Jim y Silver, y la capacidad de Stevenson para hacer que la isla, el barco y la posada parezcan lugares reales, casi tangibles.

Es significativo que críticos y lectores actuales sigan sintetizando la novela en una serie de palabras que no han envejecido: aventura, nobleza, valor, traición, piratas, piezas de a ocho. Ese núcleo temático, tan directo, permite que cada generación la lea a su manera: como un simple relato de peripecias, como un texto de formación adolescente, como una reflexión sobre la codicia o incluso como una fábula sobre el colonialismo y la explotación, si uno quiere afinar la mirada.

Su influencia se percibe en narraciones posteriores que mezclan protagonista joven, viaje iniciático y territorio hostil: desde cierta literatura juvenil de aventuras hasta ficciones audiovisuales que, aun cambiando de época o de género, repiten el esquema del “chico normal arrastrado a una empresa peligrosa que lo obliga a madurar”. La figura de Silver, por su parte, deja huella en toda una estirpe de villanos carismáticos, ambiguos, que seducen al protagonista y al lector con el mismo encanto y la misma amenaza.

Leída hoy, La isla del tesoro sigue funcionando porque combina dos cosas difíciles de hacer a la vez: velocidad narrativa y densidad simbólica. Se puede pasar por ella a toda prisa, disfrutando de los cañonazos, los amotinamientos y las carreras por la selva, o detenerse en las zonas grises, en la manera en que Jim mira a Silver, en cómo el oro se vuelve casi un personaje más, pesado y silencioso, que deforma el comportamiento de todos. Tal vez esa sea su auténtica “magia”: debajo de un mapa con una X roja hay un mapa más complejo, moral y psicológico, que un lector atento puede seguir trazando mucho después de cerrar el libro.

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Con la colaboración de Alba Editorial. 


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