El arte en la tinta

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lunes, 6 de abril de 2026

Fortunata y Jacinta -reseña

 ¿De qué va el libro?

Juanito Santa Cruz, hijo único de una familia de ricos comerciantes de paños, es un joven apuesto, mimadísimo, ocioso, con más amor propio que conciencia. Acepta casarse, como ha dispuesto su madre, con su prima Jacinta, «una chica de excelentes prendas, modestita, delicada», dejando atrás –al menos de momento– «la manía de lo popular» que lo había llevado a tener una aventura con Fortunata, una muchacha fogosa pero pobre, condenada a ser «víctima del hombre». Fortunata lo dice muy claro: «Pueblo nací y pueblo soy; quiero decir, ordinariota y salvaje»; pero al mismo tiempo hay en ella un fuerte impulso de ser «honrada» y «un ángel», como Jacinta. De la antítesis –y finalmente la síntesis– entre estas dos heroínas nace una de las cumbres de la literatura española del siglo XIX, Fortunata y Jacinta (1886-1887), de Benito Pérez Galdós, que aquí presentamos en una nueva edición a cargo de Ignacio Echevarría. La gran novela de Madrid, como se la ha llamado, recorre minuciosamente sus capas sociales en una extensa y memorable galería de personajes secundarios a los que se dedica casi tanta atención como a los protagonistas. El narrador dice conocerlos personalmente a todos ellos y, con su asombroso dominio del lenguaje coloquial, trata al lector de tú a tú. Su realismo, sin embargo, va más allá de las fórmulas y da cabida a ambigüedades morales, al poder de los sueños y de lo irracional, y a misteriosas vinculaciones entre la santidad y el pecado, la razón y la sinrazón. Tal vez al final valores innegables como la virtud y la cordura sean demasiadas veces sinónimo de conveniencia social.

¿Qué me ha parecido? 

 

Fortunata y Jacinta es, sin duda, una de las cumbres de la novela española del siglo XIX y la obra que más claramente revela la aspiración de Benito Pérez Galdós a convertirse en el “Balzac español”: un escritor capaz de describir, en una sola arquitectura narrativa, una sociedad entera. Publicada en 1887 en cuatro volúmenes, la novela teje la historia de dos mujeres unidas por Juanito Santa Cruz —Fortunata, mujer del pueblo, instintiva y apasionada, y Jacinta, burguesa, delicada y estéril— hasta convertir su drama personal en un gran fresco de Madrid y de la España de la segunda mitad del siglo.

De qué va la novela

A primera vista, la trama parece un gran triángulo amoroso: Juanito, hijo de la burguesía madrileña, mantiene una relación con Fortunata, que vive en un entorno humilde y marginal, y luego se casa con Jacinta, una mujer de su misma clase, en un matrimonio concertado por interés económico y social. Sin embargo, en cuanto el lector avanza, se da cuenta de que la novela no se limita al folletín sentimental: el conflicto del amor y la mentira se entrelaza constantemente con la vida de los barrios, las clases sociales, las instituciones y la religión.

La historia avanza entre embarazos, celos, contratos matrimoniales, enfermedades, esterilidad, adulterios, rupturas y nuevos amores. Galdós muestra cómo cada decisión de Juanito reverbera no solo en Fortunata y Jacinta, sino también en familias enteras: la de los Rubín, la de los Guía, la de los Cano, la de los Palomares, etc. A medida que pasan los años, la novela se vuelve más sombría: la pasión se vuelve obsesión, el deseo se vuelve angustia, la hipocresía social se vuelve crueldad cotidiana. Al final, el lector siente que la trama no es solo “lo que le pasa a una mujer o a otra”, sino cómo una determinada sociedad rompe a sus propios miembros por dentro.

Cómo se escribió la novela

Galdós no concibió Fortunata y Jacinta como un relato de capa y espada ni como una simple novela de costumbres. Desde el inicio trabajó con una ambición novelesca casi monumental: quería construir una “novela magna” que contara la historia de una ciudad y de una época a través de un entramado de vidas cruzadas. La novela se escribe entre 1885 y 1887, tras un viaje a Portugal que le sirve de punto de inspiración y de distanciamiento respecto a Madrid, y se termina en junio de 1887, después de un trabajo febril y muy metódico.

La redacción no es lineal ni sencilla: se conservan dos versiones manuscritas, conocidas como alfa y beta, que muestran correcciones profundas, cambios de escenas, reordenaciones y hasta sustitución de personajes secundarios. Ese esfuerzo demuestra que Galdós no improvisa, sino que construye como un arquitecto: cada episodio, cada diálogo, cada descripción parece estar calculada para que el conjunto funcione como un sistema. Él mismo se refiere a la obra como “núcleo de una gran historia contemporánea”, casi como si supiera que estaba escribiendo algo que trascendería su propio tiempo.

Además, la novela se sitúa con precisión histórica entre 1869 y 1876, es decir, en pleno periodo revolucionario, con el reinado de Amadeo I, la Primera República y el comienzo de la Restauración. Galdós aprovecha esos años no como simple decorado de fondo, sino como contexto que presiona a los personajes: las reformas, la agitación política y el cambio social afectan de forma indirecta a sus vidas, incluso cuando ellos solo parecen preocupados por el amor o el dinero.

Recepción en su época y hoy

La recepción de la novela fue inmediatamente importante. Ya en 1887 se percibió que se trataba de algo distinto a las novelas populares de la época: tenía una densidad social, una complejidad psicológica y una amplitud de mirada que no se veían todos los días en la literatura española. Con el tiempo, la crítica ha consolidado esa impresión: Fortunata y Jacinta se ha convertido en una de las obras más estudiadas del siglo XIX en España y en un referente obligado para entender el realismo y el naturalismo hispánicos.

Hoy día se suele citar junto a La Regenta como la gran novela española realista, y muchos ensayos la consideran la obra maestra de Galdós. Esa valoración no solo se debe a su prestigio histórico, sino a una sensación muy clara de que la novela sigue viva: sigue siendo leída, comentada, llevada al cine y al teatro, y sometida a relecturas políticas, feministas, psicológicas o urbanísticas. La novela es, en este sentido, un clásico porque no se agota en una sola lectura: primero se ve el drama humano, después se ve el entramado social, y solo después se descubre la enorme conciencia estética que lleva detrás.

Por qué es un clásico

Para que una novela sea considerada un clásico, suele bastar con que combine dos cosas: una visión profunda de la condición humana y una forma de narrar que no se desgasta con el tiempo. Fortunata y Jacinta las tiene ambas. Por un lado, sus personajes no son caricaturas ni figurines de época; por otro, su estructura no pertenece solo a un momento histórico, sino a una tradición de la novela que se extiende mucho más allá del siglo XIX.

La novela es un clásico también porque logra lo que pocas consiguen: eleva un asunto aparentemente privado —el amor, los celos, la maternidad y la mentira— hasta convertirlo en un espejo de la sociedad. Madrid no aparece aquí como un simple escenario, sino como una especie de organismo vivo, con barrios, calles, tiendas, iglesias y casas, todos poblados de gente que habla, sufre, goza y se equivoca. Galdós añade además una dimensión moral muy compleja: no se limita a condenar a unos y bendecir a otros; parece más bien observar cómo las personas se destruyen y se agravan mutuamente, a veces sin quererlo del todo.

Por último, la novela es un clásico porque ha servido de modelo para muchas generaciones posteriores. A partir de ella, la novela española tiende a ser más amplia, más urbana, más psicológica y menos esquemática. En ese sentido, Galdós abre una puerta que luego otros escritores seguirán transitando, incluso cuando no lo reconozcan explícitamente.

El estilo de la novela

El estilo de Galdós en Fortunata y Jacinta es realista, pero con matices que van más allá del simple “espejo de la realidad”. La narración es omnisciente, con un narrador que conoce los pensamientos, los deseos y las contradicciones de los personajes. Ese narrador, sin embargo, no se exhibe: se limita a señalar, a describir, a ironizar y a observar, sin intervenir demasiado para salvar a los personajes o darle un sentido moral fácil.

Uno de los grandes aciertos estilísticos de la novela es la mezcla de registros: Galdós alterna el lenguaje culto del narrador con el habla coloquial, popular e incluso vulgar de los personajes del pueblo. Fortunata, por ejemplo, habla de forma sentida, espontánea, a veces confusa; Jacinta, por el contrario, tiende a expresarse con más corrección y refinamiento. Ese contraste no solo distingue clases sociales, sino que entraña una idea muy moderna: el lenguaje es una extensión de la identidad.

El estilo también brilla en la construcción de los diálogos. Galdós hace que los personajes se delaten en cada frase: dicen más de lo que saben, se contradicen, se mienten, se corrigen, se confiesan sin darse cuenta. El humor y la ironía están presentes constantemente, pero no en forma de chistes fáciles, sino como una forma de ver la hipocresía y la vanidad. En muchos momentos, el lector se siente en presencia de un observador muy atento, que no se ríe de los personajes, sino con ellos, aunque a veces con cierta distancia crítica.

Fortunata: la pasión y la tragedia

Fortunata es, sin duda, uno de los personajes más potentes de la novela y uno de los grandes arquetipos de la narrativa española. No es una “mujer fatal” ni una “mujer caída” en sentido puramente moralista: es una mujer que vive con una intensidad que la sociedad no sabe contener. Su pasión por Juanito es total, casi instintiva, y esta pasión la convierte en víctima y, al mismo tiempo, en una fuerza que trastorna todo entorno en el que se mueve.

Desde el inicio, Fortunata se caracteriza por su energía, su deseo de vivir y su falta de formación. No ha recibido la educación de Jacinta, pero tiene una sensibilidad emocional enorme, que se manifiesta en su alegría, su celos, su desesperación y su capacidad de sufrimiento. Galdós la muestra atrapada entre dos mundos: el del pueblo, donde la desprecian o la explotan, y el de la burguesía, que la utiliza y la desprecia también. Esa ambigüedad moral y social la convierte en un personaje profundamente trágico.

La figura de Fortunata permite a Galdós analizar cómo la sociedad castiga a las mujeres que desbordan los límites permitidos del pudor y la sumisión. A ella se le reprocha todo lo que se le permite a Juanito: el deseo, la pasión, la búsqueda de amor y de reconocimiento. Sin embargo, la novela no la convierte en heroína romántica: se la muestra inconsistente, impulsiva, a veces cruel con los demás, a veces conmovedora. En definitiva, muy humana.

Jacinta: la burguesía sensible

Jacinta, en contraste, encarna la sensibilidad, la educación y la conciencia moral de la burguesía ilustrada. No es una mujer fría ni calculadora, sino una persona noble, capaz de ternura y de sacrificio, aunque marcada por la esterilidad física y, en cierto modo, por la esterilidad emocional que le impone su matrimonio con Juanito. Su perfil psicológico es muy distinto al de Fortunata: no es instintiva, sino reflexiva; no es impulsiva, sino contenida.

Jacinta sufre, pero sufrimiento no se expresa con escenas violentas, sino con una tensión interior que se concreta en crisis nerviosas, delirios, crisis de fe y largas conversaciones con Guillermina, la mujer de Feijoo, que intenta orientarla espiritualmente. A través de ella, Galdós examina cómo la moral religiosa y la presión social pueden convertirse en una forma de opresión: la exigencia de ser “buena”, de ser “paciente”, de soportar las infidelidades del marido sin queja, pesa como una losa sobre su vida.

Al mismo tiempo, Jacinta no es una víctima pasiva. Tiene momentos de lucidez, de orgullo y hasta de rebeldía, aunque estas reacciones suelen quedar contenidas o sofocadas. Esa contradicción —deseo de libertad versus deber de sumisión— es uno de los núcleos de la psicología femenina que Galdós explora en la novela.

Juanito: el burgués frívolo

Juanito Santa Cruz, el protagonista masculino, es el eje de todo el conflicto. No es un villano grandilocuente, sino un hombre blando, egoísta y sobre todo frívolo, que se deja llevar por sus deseos sin reflexionar verdaderamente sobre las consecuencias. Su apodo de “Delfín” no es casual: sugiere una figura privilegiada, acostumbrada a recibir sin dar, a ser mimada y protegida por el entorno burgués.

Juanito representa el lado más cómodo y superficial de la clase a la que pertenece. No carece por completo de sentimientos: puede ser afectuoso, tierno, incluso arrepentido en algunos momentos, pero ese arrepentimiento no se traduce en cambios profundos. Su inconsistencia moral y su falta de fortaleza caracterizan una parte importante de la crítica social de la novela: Galdós muestra cómo la burguesía española de la época tiende a la blandenguería, a la evasión y a la falta de responsabilidad.

Paradójicamente, son las mujeres, Fortunata y Jacinta, las que cargan con parte importante del peso emocional y moral de las decisiones de Juanito. Él se mueve entre ellas, las usa, las abandona, se vuelve, regresa, miente, se justifica y sigue viviendo. Esa dinámica refuerza la idea de que la estructura social castiga más duramente a las mujeres que a los hombres, incluso cuando se supone que la moral religiosa y social se basa en la igualdad de las almas.

Maximiliano Rubín: el idealista enfermo

Maximiliano Rubín es uno de los grandes personajes galdosianos y uno de los más trágicos. Es frágil, enfermizo, soñador, enamoradizo y con una sensibilidad casi enfermiza. Desde el inicio, su cuerpo débil parece anticipar su destino emocional: es un hombre incapaz de soportar la realidad tal cual es, y busca en el amor y en la redención una salida que nunca llega.

Maximiliano se enamora de Fortunata, pero no de forma carnal ni utilitaria, sino como si ella fuese una suerte de ideal de pureza y de salvación. Su amor es casi místico, y por eso se vuelve inestable: cuando se topa con la realidad de la mujer, con sus contradicciones y sus pasiones, se descompone. La figura de Maximiliano permite a Galdós mostrar cómo la idealización puede ser tan destructiva como la explotación: ambos extremos, el del amor absoluto y el del deseo egoísta, terminan dañando a los personajes.

La evolución de Maximiliano es uno de los grandes momentos de la novela: su paso de la ternura a la obsesión, de la ternura a la locura, muestra cómo una moral cristiana y romántica, si se combina con una debilidad personal, puede convertirse en un infierno. Galdós no se limita a decir que Maximiliano está “enfermo”; lo muestra como producto de una educación sentimental equivocada, de una religiosidad sentimentalista y de una sociedad que no sabe ayudar a los frágiles.

La galería de personajes secundarios

Uno de los grandes placeres de Fortunata y Jacinta es su enorme galería de personajes secundarios, que no son meros rellenos, sino que amplían el universo narrativo y moral de la novela. Figuras como Evaristo Feijoo, Mauricia la Dura, Doña Lupe, Guillermina, Ballestero, la señora Guerra o el padre Pintado aportan perspectivas distintas sobre la ciudad, la religión, la educación y la vida cotidiana.

Evaristo Feijoo, por ejemplo, es el intelectual que intenta racionalizar la realidad, pero que se topa con el peso de las emociones y de la fe. Mauricia la Dura encarna la experiencia del pueblo, el saber práctico, la rudeza y la sabiduría popular. Doña Lupe, la madre de la propia Guillermina, es una figura de egoísmo y manipulación afectiva, que muestra cómo la familia puede convertirse en una trampa.

Galdós, en definitiva, construye una “comedia humana” madrileña: cada personaje añade un tono distinto, una forma de hablar, una manera de ver el amor, el dinero, la religión o la política. Esa coralidad hace que la novela no parezca un cuento cerrado, sino un mundo abierto que se extiende más allá de las páginas.

Lectura actual y vigencia

Leída hoy, Fortunata y Jacinta resulta aún más fascinante que como mero relato de “costumbres” del siglo XIX. La novela anticipa muchas de las preocupaciones de la literatura moderna: la libertad femenina, la crítica de la moral convencional, la influencia de la ciudad en la subjetividad, la contradicción entre deseo y deber, la fragilidad de la Lectura actual y vigencia

Leída hoy, Fortunata y Jacinta resulta aún más fascinante que como mero relato de “costumbres” del siglo XIX. La novela anticipa muchas de las preocupaciones de la literatura moderna: la libertad femenina, la crítica de la moral convencional, la influencia de la ciudad en la subjetividad, la contradicción entre deseo y deber, la fragilidad de la intimidad y el peso de la sociedad en las decisiones personales. El lector contemporáneo no se siente ante un documento arqueológico, sino frente a una historia cuyos conflictos siguen teniendo eco en el presente.

La figura de Fortunata, por ejemplo, puede leerse hoy como un arquetipo de la mujer que vive sus deseos con plenitud, lo que la convierte tanto en admirada como en perseguida por la moral dominante. Su cuerpo, su maternidad, su sexualidad y su capacidad de sufrir son vistos a través de una mirada que hoy resulta claramente crítica: la sociedad no la castiga tanto por “pecar” como por no encajar en el modelo de mujer sumisa, discreta y domesticada. Galdós, sin pretender desarrollar una teoría feminista, muestra con claridad cómo la opresión se ejerce a través de la mirada social, del chisme y de la religión.

Jacinta, por su parte, aparece como la mujer “bien educada” que intenta comportarse según las normas, pero termina rota por la obligación de callar, soportar y renunciar. Su esterilidad física se convierte en símbolo de una esterilidad afectiva y espiritual: la incapacidad de ser madre se transforma en incapacidad de sentirse deseada, valorada y comprendida. En una lectura actual, su trayectoria puede leerse como una crítica muy poderosa al modelo de mujer burguesa que se veía obligada a sustituir el amor real por la apariencia de la virtud.

Juanito, a su vez, se convierte en un antihéroe moderno: no es un malo grandilocuente, sino un hombre blando, indeciso y egoísta, que permite que su vida y la de los demás se destruyan por inercia. En la actualidad, su figura puede asociarse fácilmente a cierto tipo de masculinidad superficial, que se mueve entre el deseo y la evasión, incapaz de comprometerse de verdad ni con otro ni consigo mismo. Galdós, en este sentido, dibuja uno de los primeros perfiles de un tipo de hombre “ordinario” que hoy se reconoce en muchas narrativas contemporáneas.

La ciudad como personaje

Uno de los rasgos que más destacan en la novela es la presencia de Madrid como un personaje casi autónomo. La ciudad no aparece solo como telón de fondo, sino como espacio que configura psicologías, deseos y relaciones. Galdós describe barrios, calles, tiendas, iglesias, plazas y casas con una precisión casi cartográfica. El lector siente que camina por las inmediaciones de la calle de la Paloma, por la calle de la Cerrajería, por el barrio de Maravillas o por las proximidades de la calle del Príncipe, y que cada uno de esos lugares tiene un aire distinto, un ritmo propio.

La ciudad funciona como un sistema de presiones: la aristocracia vive en un Madrid distinto al de la pequeña burguesía y al de la plebe, pero todos los niveles se mezclan, se miran, se juzgan y se desean. La proximidad física y la distancia social crean tensión constante: Fortunata vive en un entorno sucio, ruidoso, caótico, mientras que Jacinta se mueve en un mundo más ordenado, higiénico y silencioso. Sin embargo, los límites entre esos mundos no son tan estancos como parecen: la burguesía se interesa por el pueblo, el pueblo se ve juzgado por la burguesía, y la religión y la caridad aparecen como puentes ambiguos entre ambos mundos.

Madrid, en este sentido, se convierte en un laboratorio social: Galdós muestra cómo se construyen jerarquías, cómo se forman prejuicios, cómo se difunden los rumores y cómo se ejerce el poder simbólico. La ciudad no es solo el escenario, sino la materia misma de la novela.

Moralidad y ambigüedad

Otra de las razones por las que la novela sigue siendo tan relevante es su concepción muy moderna de la moralidad. Galdós no se limita a etiquetar a los personajes como “buenos” o “malos”: Fortunata, por ejemplo, es pasional, impulsiva, a veces cruel; Jacinta puede ser ciega y orgullosa; Juanito no es solo un libertino, sino también un hombre débil; Maximiliano, por su parte, es muy humano, pero también extremadamente problemático.

En lugar de ofrecer un sistema de sanciones claras, la novela muestra cómo las personas se corrompen y se destruyen a sí mismas, a menudo con buena intención. La ironía de Galdós reside en que nadie se salva completamente, pero nadie tampoco merece un castigo absoluto. La moral que se desprende no es dogmática, sino empírica: se construye a partir de la observación de los hechos, de los errores, de los sufrimientos y de las renuncias.

Esa ambigüedad es uno de los signos de un clásico moderno: la obra no se agota en una moraleja fácil, sino que invita al lector a reflexionar por sí mismo. No se trata de decir “Fortunata es mala y Jacinta es buena”, sino de preguntarse por qué cada una actúa como actúa, bajo qué presiones, con qué carencias y con qué anhelos.

Realismo, psicología y tiempo narrativo

La novela se inscribe en la tradición realista, pero con un uso muy avanzado del tiempo narrativo. Galdós no se limita a contar lo que hace cada personaje de forma lineal; juega con la simultaneidad, con el contraste entre escenas, con el contrapunto entre el interior de los personajes y el exterior de la vida social. Una escena de alcoba, por ejemplo, puede contrastar con otra de tertulia burguesa, o con una visita al confesor, o con una pelea de barrio.

Ese juego de tiempos y espacios permite que la psicología se muestre como un proceso en construcción. Fortunata no cambia de la noche a la mañana, sino que se va transformando lentamente, bajo la presión de la enfermedad, de la maternidad, de la separación, de la nuevas experiencias. Lo mismo ocurre con Jacinta, con Maximiliano y con Juanito. La novela, por tanto, no narra solo “lo que pasa”, sino “cómo se va deformando la subjetividad” de los personajes.

Es precisamente en este nivel donde la obra se acerca más a la sensibilidad moderna: se parece a una novela de análisis psicológico del siglo XX, aunque esté escrita en el XIX. Galdós combina la descripción externa con el comentario interno, el diálogo con la introspección, la acción con el pensamiento, hasta conseguir una profundidad psicológica que ya anticipa a autores como Proust, Woolf o Faulkner en ciertos aspectos.

Estilo: ironía, diálogo y lenguaje

Ya se ha dicho que el estilo de Galdós es realista, pero no esquemático. Su gran virtud reside en una mezcla muy equilibrada de ironía, humor, descripción precisa y diálogo vivo. El narrador no se detiene a juzgar, sino a señalar, a apuntar detalles, a subrayar contradicciones. Su ironía no es cruel, sino crítica, y a veces incluso entrañable: se burla de las pequeñas vanidades, de las pretensiones, de las hipocresías, pero sin renunciar a la compasión.

Los diálogos son uno de los grandes aciertos de la obra. Galdós capta el habla popular de forma muy creíble, sin caer en el exotismo ni en el folclorismo. La forma de hablar de Fortunata, de Mauricia, de Doña Guerra, de Ballester o de la calle de la Paloma refleja una realidad lingüística muy concreta, pero también una realidad social y emocional. El lenguaje no es solo un medio de información, sino un material de caracterización.

En este sentido, la novela es también un gran estudio de la heterogeneidad lingüística de la ciudad. Galdós alterna registros cultos, coloquiales, vulgares, religiosos y técnicos, y esa mezcla contribuye a crear una sensación de realidad muy densa. No se trata de un “mismo” idioma, sino de muchos idiomas que coexisten en el mismo espacio, y el lector percibe que cada personaje habla desde un lugar distinto de la sociedad.

Por qué es un clásico inagotable

En resumen, Fortunata y Jacinta es un clásico no solo porque haya sido importante en su época, sino porque ofrece una experiencia de lectura capaz de renovarse en cada generación. La novela puede leerse como:

  • Una novela de amor y celos, muy intensa a nivel sentimental.
  • Una novela social, que desentraña la estructura de clases, la hipocresía burguesa y el papel de la mujer en la sociedad del siglo XIX.
  • Una novela psicológica, que analiza la fragilidad, la obsesión, la culpa y la locura.
  • Una novela urbana, que construye una imagen de Madrid increíblemente vívida.
  • Una novela moral, que cuestiona la idea de la condena y la absolución sin ofrecer respuestas fáciles.

Esa plasticidad es la marca de un clásico: la obra no se define por una sola lectura, sino por la posibilidad constante de nuevas lecturas. Cada relectura puede subrayar otro aspecto —el feminismo latente, la crítica social, la exploración psicológica, la descripción de la ciudad, el humor, la ironía— y, aun así, la novela sigue funcionando como un todo coherente.

Por eso, hoy, más de un siglo después de su publicación, Fortunata y Jacinta sigue siendo un libro vivo, riguroso y profundamente moderno. No es solo la “gran novela” de Galdós, sino una de las grandes novelas de la literatura española, capaz de hablarle a cada lector con una voz distinta, según el momento de la vida en que se le encuentre.

 

 Con la colaboración de Alba Editorial. 

 

 
 

en abril 06, 2026 No hay comentarios:
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Etiquetas: Clásicos

viernes, 20 de febrero de 2026

En busca del tiempo perdido. Tomos I y II: Por donde vive Swann y A la sombra de las muchachas en flor -reseña

¿De qué va el libro?

 «¡Y cómo jode este hombre con la magdalena esa!», decía la tía del protagonista de La consagración de la primavera de Alejo Carpentier… y lo cierto es que, desde la publicación de su primer tomo en 1913, En busca del tiempo perdido no ha dejado de ser una de las novelas más glosadas, influyentes y seductoras del siglo XX. «Catedral del tiempo», como la llamó el crítico Jean-Yves Tadié, combina a lo largo de sus siete tomos la larga tradición del pensamiento y de la literatura francesa –de Montaigne y la señora de Sévigné a La comedia humana, de la Encyclopédie al positivismo, de Stendhal a la poética simbolista– y crea a partir de ella una auténtica conmoción. Su narrador, insomne y enfermizo como «una princesa de tragedia», cuenta cómo se forma y se decide una vocación de escritor cuando el poder de la impresión sensorial es tan grande que debe salvar una ardua distancia para convertirse en lenguaje. Pero la novela no es solo un magnífico estudio de psicología de la percepción, sino también una crónica tan fidedigna como mordaz de la Belle Époque, a menudo cómica en su exacta descripción de las delicadezas, astucias y mezquindades de la vida social. Ofrecemos aquí, en una nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, el primer volumen con las dos primeras partes de esta obra magna, Por donde vive Swann (1913) y A la sombra de las muchachas en flor (1917), centradas en la infancia y adolescencia del narrador, en sus primeros amores –contrastados con los vaivenes de la pasión de un adulto, el célebre Swann– y todas sus ansiedades, placeres y decepciones.

¿Qué me ha parecido?


 

Hay libros que uno siente que le cambian el modo de leer, de mirar, incluso de pensar el tiempo; el primer volumen de la edición de Alba de En busca del tiempo perdido es uno de esos artefactos raros que llegan a la mesa con el aura doble de la obra maestra y del objeto cuidado. Reúne en casi mil páginas Por donde vive Swann y A la sombra de las muchachas en flor, en una nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, encuadernado en tapa dura con sobrecubierta, como si la editorial quisiera recordarnos que estamos ante una “catedral del tiempo”, en la fórmula feliz de Jean‑Yves Tadié.

 

El libro: entrar en la catedral

Este primer tomo de Alba condensa el arranque entero del ciclo proustiano: la infancia y primera juventud del narrador, la pasión tortuosa de Swann, el descubrimiento del deseo, de la vida social, del arte y de la memoria involuntaria. No es un libro «de trama» en el sentido clásico, sino un fluir de conciencia que se detiene minuciosamente en impresiones, gestos, matices de la luz o del tono de voz, hasta convertir cada escena en una especie de cámara lenta emocional.

La famosa escena de la magdalena –tan famosa que Alejo Carpentier se permite burlarse de ella en La consagración de la primavera– es casi un emblema de lo que va a hacer Proust con las siguientes miles de páginas: partir de un detalle sensorial nimio para desplegar una experiencia vital entera. La magdalena mojada en té no es solo un recuerdo de infancia; es la demostración en acto de que el pasado perdido sigue agazapado en las cosas más triviales, a la espera de un sabor, un olor, una textura que encienda el mecanismo de la memoria.

En Por donde vive Swann, esa vocación de «análisis total» se concentra tanto en la voz del narrador niño como en el drama amoroso de Swann y Odette, que funciona casi como novela autónoma incrustada. En A la sombra de las muchachas en flor, Proust desplaza el foco a la adolescencia, a los primeros amores del narrador, a ese territorio ambiguo donde el deseo, la timidez, la fascinación por los cuerpos y por la sociedad se mezclan y desbordan cualquier moraleja.

La lectura, sí, puede hacerse «soporífera», como confiesa uno de los lectores que comenta esta edición: la densidad de la prosa y la lentitud con que avanzan los episodios exigen una entrega que no es compatible con la prisa contemporánea. Pero justamente ahí radica parte de su poder: obliga a leer de otra manera, a aceptar que la novela puede detenerse veinte páginas en un saludo, en un paseo, en un matiz de celos, y que de esa insistencia sale una experiencia estética extrañamente adictiva.

 

Proust: el autor detrás del mito

Marcel Proust llegó a En busca del tiempo perdido después de artículos, relatos y textos menores que no hacían sospechar el tamaño del edificio que estaba a punto de levantar. No era, en el momento de la publicación del primer tomo en 1913, un autor central del canon francés, sino más bien una figura discutida, incluso caricaturizada en ciertos círculos, lo que hace más llamativo el rechazo inicial de la novela por parte de algunos comités de lectura de la época.​

Su proyecto, sin embargo, era radical: transformar la vida entera –la propia y la de una clase social, la de una época– en material de una exploración minuciosa de la conciencia. En lugar de escribir una crónica nostálgica del pasado, Proust concibe el tiempo de una manera sorprendentemente moderna, en sintonía con las dudas sobre la linealidad temporal que recorre el pensamiento de comienzos del siglo XX, incluso con la relatividad de Einstein. El tiempo perdido no es simplemente el tiempo pasado, sino el tiempo no vivido, el tiempo que dejamos escapar sin comprenderlo.

Proust no es solo el autor de una historia, sino el «testigo» de un mundo que se deshace: la Belle Époque con sus salones, sus códigos, sus hipocresías, sus refinamientos y sus mezquindades. A través de su narrador, observa la realidad con una precisión microscópica: descompone un gesto, una sonrisa, una frase cortés, hasta revelar las pasiones, resentimientos y ambiciones que laten debajo. Ese cruce entre el detalle microscópico y la visión panorámica es lo que hace de Proust un escritor de una lucidez casi incómoda.

 

Reconocimiento y recepción: de rechazo a clásico ineludible

La historia de la recepción de En busca del tiempo perdido es la de tantos clásicos que empiezan mal y acaban imponiéndose con una fuerza lenta pero imparable. El primer tomo de la obra fue rechazado en su momento por un comité de lectura –con nombres hoy ilustres– que encontró el texto pretencioso, esnob, excesivo; el tipo de libro que desafía lo que el mercado editorial de entonces entendía por «novela.​»

Sin embargo, muy pronto, algunos críticos y escritores perciben que ahí hay algo que no se parece a nada: Jean‑Yves Tadié habla de «catedral del tiempo», y hay quien recibe la obra como algo «inesperado», con un acento tan singular que parece abrir una vía nueva para la narrativa. A lo largo del siglo XX, el ciclo proustiano se convierte en una referencia ineludible: objeto de estudios, de devociones, de rechazos viscerales, pero nunca indiferente.

El reconocimiento no es solo académico: para muchos lectores, la obra se convierte en una iniciación, en esa lectura que se afronta como una especie de desafío y que deja la sensación de haber atravesado algo así como una educación sentimental y estética. En los años ochenta y noventa, por ejemplo, toda una generación de jóvenes lectores descubrió a Proust como una revelación, no como una reliquia, lo que explica su permanencia en catálogos, clubes de lectura, reediciones constantes.

Hoy, a comienzos del siglo XXI, En busca del tiempo perdido funciona casi como un rito: hay quien se propone leerlo entero a lo largo de un año, quien lo abandona y vuelve, quien lo acompaña con ediciones anotadas o con el texto francés en paralelo. Esa mezcla de reverencia y de uso cotidiano, de libro de culto y libro de mesilla de noche, forma parte de su singular posición en el imaginario lector.

 

La edición de Alba: objeto y traducción

La apuesta de Alba Editorial con este primer volumen es clara: ofrecer una edición a la altura del aura que rodea a Proust, pero pensada para el lector contemporáneo que quiere una versión fiable, bella y utilizable. Estamos ante un volumen de 16x22 cm, tapa dura (cartoné) con sobrecubierta, casi mil páginas bien encuadernadas, perteneciente a la colección «Alba Clásica Maior.»

No es un detalle menor el comentario de un lector que subraya justamente la calidad física del libro: la tapa dura y la encuadernación sólida permiten dejar el volumen abierto sobre la mesa mientras se consulta el texto original en francés o se contrasta con otros estudios. Para un libro que no se lee de un tirón, que invita a la relectura, al subrayado, a ir y venir entre capítulos, esa resistencia material importa: En busca del tiempo perdido no es un título de bolsillo para devorar en el metro, sino un proyecto de larga duración, y la edición se adapta a esa vocación.

Más decisiva aún es la nueva traducción firmada por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. No estamos ante una revisión ligera, sino ante un esfuerzo por devolver a Proust en un castellano que haga justicia a su fraseo largo, sinuoso, pero también a sus matices irónicos, a su precisión léxica. Algún lector la califica sin ambages como «la mejor traducción de las que conozco», precisamente porque equilibra fidelidad y legibilidad sin aplastar la voz original.

Que este primer tomo reúna las dos primeras partes del ciclo –Por donde vive Swann (1913) y A la sombra de las muchachas en flor (1917)– tiene además una ventaja narrativa: el lector puede seguir sin interrupciones el arco que va de la infancia al despertar amoroso y social del narrador, en paralelo al drama adulto de Swann. La estructura en un solo volumen voluminoso refuerza esa sensación de estar entrando en un mundo con continuidad propia, más que en una simple serie de novelas yuxtapuestas.

 

La respuesta del público: entre el respeto y la fascinación

No es una novela que busque la unanimidad: En busca del tiempo perdido despierta entusiasmos apasionados y cansancios igual de sinceros. Entre los lectores de esta edición de Alba, se repite una mezcla de admiración por la riqueza descriptiva y la densidad, combinada con la confesión de que en ciertos tramos la lectura se hace pesada, casi hipnótica. «Monumental, insaciablemente densa y fantásticamente descriptiva», resume uno de ellos, antes de admitir que hay pasajes «soporíferos» que, aun así, no impiden disfrutar del retrato de la pubertad y la juventud del joven Proust ficcionalizado.

Esa ambivalencia es reveladora: estamos ante un libro que no se limita a entretener, sino que exige una forma de atención poco habitual, y recompensa esa paciencia con una intensidad que muchos lectores describen como irrepetible. De ahí la fidelidad casi devocional de quienes recomiendan esta edición como puerta de entrada o como nueva lectura después de otras traducciones, valorando tanto el cuidado editorial como el esfuerzo por mantener el tono proustiano.

En librerías y espacios especializados, este volumen se presenta como una apuesta de fondo: no es un título de temporada, sino parte del catálogo «serio» de narrativa de ficción, reeditado, reseñado, recomendado periódicamente. Lo compran lectores que ya han oído hablar de Proust toda la vida y sienten que ha llegado «su momento», estudiantes de literatura, curiosos que quieren confrontarse con un clásico exigente; y la existencia de reseñas, vídeos y blogs dedicados específicamente a analizar la primera parte del ciclo demuestra que sigue generando conversación viva, no solo reverencias distantes.​

 

Por qué es un clásico imprescindible

La palabra «clásico» se usa con ligereza, pero en el caso de En busca del tiempo perdido tiene un peso particular: se trata de una obra que ha modificado la manera de entender lo que puede ser una novela y que sigue dialogando con lectores y escritores de hoy. En primer lugar, por su concepción del tiempo: Proust no reconstruye el pasado como un álbum de recuerdos bonitos, sino que lo entiende como una materia viva, compleja, que solo se hace accesible a través de destellos, de impresiones sensoriales que actúan como disparadores.

Ese tratamiento del tiempo se enlaza con una exploración psicológica de una profundidad que todavía sorprende: no estamos ante una simple «novela psicológica», sino ante una inmersión en la conciencia, en las pasiones, en los vicios y virtudes de los personajes, siempre en relación con la duración, con la forma en que el tiempo erosiona, deforma o ilumina los sentimientos. Proust consigue que el lector reconozca en esas escenas aparentemente muy francesas, muy situadas en la Belle Époque, algo íntimamente propio, porque lo que se analiza no es tanto una sociedad concreta como ciertos mecanismos universales del deseo, de los celos, de la vanidad, de la culpa.

Otro rasgo decisivo es la invención de una voz narrativa que cuenta a la vez la historia de una época y la formación de una vocación de escritor. En busca del tiempo perdido es, en ese sentido, una novela de aprendizaje sui generis: el narrador nos muestra cómo el poder de la impresión sensorial es tan grande que debe salvar una ardua distancia para convertirse en lenguaje. El libro es el relato de esa distancia y de ese puente; leerlo es asistir al momento en que la vida deja de ser solo vida para convertirse también en material de escritura.

Desde el punto de vista estilístico, el riesgo que asume Proust al construir frases extensas, llenas de incisos, que giran sobre un mismo objeto, no ha perdido vigencia. Esa manera de escribir, que tantos imitadores y parodias ha generado, no es un mero capricho formal: responde a la necesidad de registrar matices que un estilo más seco no alcanzaría a captar. El resultado es una prosa que puede intimidar al principio, pero que, cuando se acepta su ritmo, produce un efecto de inmersión raro: el lector vive dentro de la frase, respira con ella.

Por último, En busca del tiempo perdido es un clásico porque no se agota: vuelve distinto en cada relectura, a medida que el propio lector cambia y acumula su propio «tiempo perdido.» Lo que una vez se lee como crónica de una clase social puede aparecer después como una meditación sobre la enfermedad, el duelo, la memoria o el arte; lo que antes parecía un interminable salón aristocrático se revela como laboratorio de emociones, de máscaras y de verdades incómodas.

La edición de Alba recoge todo eso y lo ofrece en un formato que invita a tomarse en serio la experiencia: un volumen sólido, bien traducido, pensado para acompañar meses o años de lectura. No intenta domesticar a Proust ni convertirlo en lectura «rápida», sino darle el marco adecuado para que su complejidad, su ironía y su potencia sigan operando hoy, libro a libro, lector a lector. Si hay una definición posible de clásico, quizá sea esa: un texto que, más de un siglo después, sigue pidiendo tiempo y, a cambio, nos enseña a mirar de otra manera el nuestro.

 Con la colaboración de Alba Editorial.

 
 
 

 

 



en febrero 20, 2026 No hay comentarios:
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