El arte en la tinta

Este es un blog donde se hacen reseñas de libros, se entrevistan autores, editores, ilustradores, y se opina sobre las novedades literarias.

jueves, 30 de julio de 2026

Cuentos góticos -reseña

 ¿De qué va el libro?

 


 Desapariciones misteriosas, fantasmas vengativos, caballeros y aristócratas con una doble vida de asesinos y bandidos, maldiciones que se vuelven contra los descendientes de quien las pronunció, encierros en castillos, persecuciones implacables y penosas huidas… Los clásicos elementos del género gótico que atrajeron a Elizabeth Gaskell, una de las mayores novelistas del realismo victoriano, podría pensarse que se impusieron, como una evasión fantástica, al carácter cotidiano y a la proyección social de sus temas habituales. Sin embargo, cabe recordar que una de las imágenes clave del género es el hallazgo de un esqueleto en el armario de un pulcro interior doméstico; los secretos que se revuelven, y que regresan con su poder atormentador, afligen a familias corrientes y especialmente a heroínas muy marcadas por su dependiente condición de mujeres.

Estos Cuentos góticos, lejos de escapar al realismo, constituyen de hecho una inteligente y a veces patética exploración del género en busca de sus fundamentos reales. A este respecto, «La bruja Lois», crónica de la célebre caza de brujas de Salem en 1692, es un ejemplo impecable. Y, por su parte, «Curioso, de ser cierto», donde un forastero perdido en un bosque asiste a una extraña reunión de personajes de cuentos de hadas, esboza con humor el futuro probable de las fantasías cuando dejan de serlo.

¿Qué me ha parecido? 

Publicado por Alba Editorial en su colección Alba Minus, Cuentos góticos reúne nueve relatos largos de Elizabeth Gaskell en una edición de 544 páginas traducida por Ángela Pérez. La propia editorial presenta el libro como una exploración inteligente del género gótico que, lejos de evadirse del realismo victoriano, busca en lo fantástico los fundamentos de una verdad social y psicológica más profunda. Esa declaración es muy acertada: en Gaskell, lo sobrenatural casi nunca funciona como puro adorno atmosférico, sino como forma narrativa para pensar la culpa, el encierro, la herencia, el secreto familiar y la situación dependiente de las mujeres en la sociedad decimonónica.

Lo primero que conviene subrayar es que este volumen desmiente una idea demasiado simplista del gótico. Si uno espera una sucesión de castillos en ruinas, espectros puramente decorativos y truculencias de catálogo, Gaskell ofrece otra cosa: una escritura que aprovecha los mecanismos del género para someterlos a examen. En el fondo, el libro no se limita a contar historias de miedo, sino que interroga por qué nos da miedo lo que nos da miedo. La casa, la familia, la herencia, el matrimonio, la reputación y la memoria aparecen como espacios de amenaza tanto o más intensos que los bosques, las criptas o los cementerios. En ese sentido, Cuentos góticos es una obra muy moderna: entiende que lo siniestro suele nacer dentro de lo doméstico, no fuera de él.

Gaskell y el género

Elizabeth Gaskell es una figura central del realismo victoriano, y precisamente por eso resulta tan interesante su aproximación al gótico. En la presentación de Alba se insiste en que sus relatos no escapan del realismo, sino que lo amplían mediante formas góticas para explorar sus «fundamentos reales». Esa formulación captura muy bien el método de la autora. Gaskell no escribe desde una imaginación gratuita, sino desde una sensibilidad moral y social atenta al sufrimiento concreto; incluso cuando introduce fantasmas, maldiciones o apariciones, lo hace para iluminar conflictos de poder muy tangibles.

Aceprensa, por su parte, observa que el libro está compuesto por nueve relatos largos, algunos casi novelas, y que pueden encuadrarse dentro de un «realismo romántico», más que en un gótico puro. La observación es útil porque ayuda a evitar una lectura de género demasiado rígida. Gaskell no busca asustar al lector con la acumulación de efectos, sino tensionar lo narrativo con una atmósfera de amenaza persistente. Eso explica que sus cuentos no funcionen tanto como máquinas de sobresalto cuanto como narraciones de presión creciente, donde lo sobrenatural queda siempre anclado en una vida social concreta, en especial la de familias corrientes y mujeres en posición vulnerable.

Esa mezcla de imaginería gótica y observación moral es, de hecho, la marca más duradera del libro. Gaskell toma del género sus signos más reconocibles —desapariciones, castigos, bosques, persecuciones, leyendas, maldiciones— pero los somete a una lógica menos ornamental que ética. No se trata de exhibir lo monstruoso, sino de revelar cómo lo monstruoso nace de relaciones humanas torcidas. Por eso sus relatos tienen algo de crítica moral disfrazada de leyenda, y algo de leyenda sometida a la disciplina del análisis social.

 

El libro como conjunto

Uno de los mayores méritos de Cuentos góticos es su variedad interna. El volumen no ofrece una fórmula repetida, sino una exploración bastante amplia de variantes del género: desde la crónica histórica hasta la narración de suspense, desde la fantasía con ecos de cuento popular hasta la historia de castigo y persecución. La editorial destaca en particular «La bruja Lois», centrada en la célebre caza de brujas de Salem, y «Curioso, de ser cierto», donde un forastero se enfrenta a una reunión extraña en el bosque, como ejemplos de dos modulaciones distintas del imaginario gótico: una más histórica y otra más irónica y fantástica.

Esa diversidad importa porque muestra a una autora que no se limita a aplicar una estética, sino que experimenta con ella. Gaskell sabe que el gótico puede ser relato de superstición, leyenda social, fantasía alegórica o drama moral. Y sabe también que la misma estructura de secreto y revelación puede producir efectos distintos según el tipo de narrador, el punto de vista o la época evocada. En varios relatos, la intriga no depende tanto de «qué ocurrirá» como de «qué se oculta realmente bajo lo que ya estamos viendo». Ese desplazamiento de la sorpresa hacia la interpretación le da al libro una riqueza poco común.

Desde el punto de vista de la lectura continuada, además, el volumen resulta muy coherente. No es una simple antología dispersa: hay una unidad de sensibilidad. La repetición de ciertos motivos —aislamiento, rumor, memoria, castigo, identidad escindida— hace que cada cuento parezca dialogar con los demás. Incluso cuando varían el tono y la ambientación, todos comparten una misma preocupación por la fragilidad del orden cotidiano. La casa respetable puede esconder violencia; la autoridad moral puede encubrir hipocresía; la tradición puede ser una forma de opresión; y el pasado, lejos de estar muerto, sigue actuando sobre los vivos.

 

La lectura del miedo

Uno de los aciertos del libro es que el miedo nunca es gratuito. Gaskell entiende que el terror literario se vuelve más eficaz cuando nace de algo reconocible. Por eso, aunque aparezcan fantasmas o maldiciones, la verdadera inquietud procede de la experiencia humana: el abandono, la dependencia, la culpa heredada, la injusticia y el silencio. La editorial lo expresa de forma muy clara al recordar que los relatos se centran en «secretos que se revuelven» y que atormentan a familias corrientes, en especial a heroínas marcadas por su condición dependiente. Esa frase podría servir casi como clave de lectura general del libro.

También me parece importante que Gaskell no convierta lo fantástico en pura evasión. En sus relatos, lo sobrenatural suele tener algo de síntoma. Si aparece una maldición, es porque existe una estructura de abuso o culpa que la precede; si surge una figura espectral, es porque hay una memoria histórica que no ha sido elaborada; si el relato se vuelve legendario, es porque la comunidad ha transformado el trauma en narración. Así, el gótico de Gaskell no rompe con el realismo: lo intensifica mediante una forma imaginaria que permite decir lo que el realismo puro a veces apenas puede insinuar.

Esto da al conjunto una cualidad muy particular: el lector no está simplemente ante historias «de miedo», sino ante relatos que producen una inquietud moral. Uno termina de leer con la sensación de que el verdadero problema no era el monstruo, sino el sistema de relaciones que lo hace posible. Esa es una de las razones por las que el libro conserva vigencia: su terror no depende de modas visuales, sino de estructuras humanas permanentes.

 

Dos relatos clave

Dentro del volumen, «La bruja Lois» destaca como una de las piezas más logradas. Alba la describe como una crónica de la caza de brujas de Salem en 1692. Eso ya dice mucho: Gaskell toma un episodio histórico de persecución colectiva y lo transforma en narración gótica, pero sin vaciarlo de su dimensión real. La figura de la bruja no aparece como simple icono macabro, sino como el punto donde se cruzan miedo social, superstición, autoridad religiosa y violencia comunitaria. El relato, por tanto, no solo inquieta: acusa. Nos recuerda que la irracionalidad colectiva también tiene una lógica, y que esa lógica suele sostener jerarquías y castigos.

«Curioso, de ser cierto», por su parte, ofrece una veta distinta: la del humor extraño y la fantasía casi metanarrativa. Alba subraya que en él un forastero perdido en un bosque asiste a una reunión insólita de personajes de cuento de hadas, y que el relato esboza con humor el porvenir probable de las fantasías cuando dejan de serlo. Aquí Gaskell muestra otra faceta de su inteligencia: sabe jugar con el material maravilloso sin solemnidad. El resultado no es una parodia, sino una reflexión muy fina sobre la supervivencia de lo fabuloso en un mundo que ya no cree del todo en él. La fantasía, en Gaskell, no desaparece; se transforma, se desactiva, se mezcla con la conciencia moderna.

Estos dos cuentos, vistos juntos, resumen bastante bien el libro: uno trabaja el gótico como memoria histórica de la violencia; el otro, como ironía sobre la persistencia de lo maravilloso. Entre ambos se extiende una amplia gama de usos posibles del género, y ese arco es una de las razones por las que la lectura resulta tan rica.

 

Valor literario

Desde un punto de vista estrictamente literario, Cuentos góticos tiene muchas virtudes. La primera es la firmeza del diseño narrativo. Gaskell sabe sostener la atención durante relatos largos, a menudo mediante la dosificación precisa de la información y el mantenimiento de una ambigüedad productiva. La segunda es la calidad de la ambientación, que nunca cae en la pura postal. Los espacios no se describen solo para impresionar, sino para condicionar la experiencia moral de los personajes. La tercera es la densidad temática: incluso cuando la trama parece moverse en coordenadas fantásticas, siempre hay detrás una reflexión sobre poder, género, clase, herencia o culpa.

También es notable la manera en que la autora maneja el tono. Gaskell puede pasar de la gravedad a la ironía, del patetismo a la observación objetiva, sin perder control del conjunto. Ese equilibrio evita que los relatos se hundan en la exageración melodramática, un riesgo muy frecuente en la literatura gótica. De hecho, uno de los rasgos más atractivos del libro es precisamente su resistencia al exceso. Hay misterio, sí, pero no confusión; hay terror, pero no histeria; hay leyenda, pero también estructura. Eso hace que el lector perciba una inteligencia compositiva muy superior a la mera eficacia narrativa.

Conviene añadir que el libro también tiene interés para lectores de novela realista y no solo para aficionados al género gótico. Quien conozca a Gaskell por sus obras más ligadas al costumbrismo o a la crítica social encontrará aquí una prolongación de sus obsesiones en un registro distinto. Lo gótico no es una fuga, sino una herramienta. Y eso convierte al volumen en una lectura especialmente sugerente para entender la amplitud de su obra.

 

La edición de Alba

La edición de Alba Editorial merece una mención específica. La colección Alba Minus suele apostar por clásicos en formatos manejables, con buena presentación y traducciones cuidadas. En este caso, el volumen viene en rústica, formato 14 x 21, con 544 páginas, traducido por Ángela Pérez. La traducción es un elemento crucial en un libro de estas características, porque el equilibrio entre registro narrativo, atmósfera y precisión léxica define en gran medida el efecto final. Sin entrar en un análisis comparativo línea por línea, la edición transmite la sensación de ser solvente y pensada para una lectura literaria sostenida.

Además, la propia presentación editorial orienta la lectura de forma muy provechosa. En vez de vender los relatos como simple literatura de susto, Alba insiste en su relación con el realismo y con las estructuras sociales de la época. Esa elección paratextual es valiosa, porque prepara al lector para una experiencia más compleja y evita decepciones derivadas de expectativas de género demasiado estrechas. En un libro así, la edición no es neutra: forma parte de la interpretación.

Juicio final

Cuentos góticos es un libro muy recomendable para quien quiera leer el gótico desde una perspectiva literaria, histórica y moral a la vez. No es una colección de terror convencional, sino una exploración del género desde una autora que conoce bien el peso del realismo y sabe usar lo fantástico como vía de acceso a verdades más incómodas. Su gran logro es convertir el miedo en una forma de conocimiento: conocimiento de la familia, de la sociedad, de la memoria y de la violencia oculta.

Si se lee con esa disposición, el libro ofrece mucho más que entretenimiento. Ofrece la experiencia de una literatura que conoce las sombras, pero no las trata como espectáculo; que entiende el poder de la superstición, pero también su uso político; que sabe narrar castillos, bosques y fantasmas, pero sin olvidar que el verdadero horror suele habitar en lo doméstico y lo cotidiano. En ese cruce entre imaginación y crítica, Elizabeth Gaskell encuentra una voz muy propia, y Alba Editorial le presta una edición a la altura de esa singularidad.

Con la colaboración de Alba Editorial.

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Etiquetas: Clásicos

viernes, 24 de julio de 2026

El señor de las muñecas y otros cuentos de terror -reseña

 ¿De qué va el libro?

El señor de las muñecas y otros cuentos de terror es una excepcional colección de relatos que nos atrapa desde la primera página. Historias que nos hacen vivir en medio de emociones intensas y a veces contradictorias, pero siempre con la sospecha de que lo que sucede entre los personajes, no es exactamente como lo percibimos. La intriga unas veces, y el terror otras, nos atraen sin remedio a través de la prosa limpia y ágil de la gran Joyce Carol Oates.

En «El señor de las muñecas» un joven cuenta en primera persona su afición a las muñecas desde pequeño. Según van pasando los años, colecciona muñecas que encuentra en la calle. De repente el lector empieza a sentir una extraña incomodidad. En «Soldado» el acusado de un crimen racista, al que odia todo el país, afirma que sencillamente se defendió cuando una pandilla de adolescentes intentó atracarlo. Poco a poco vamos descubriendo lo que realmente sucedió. En «Accidente por arma de fuego. Una investigación», Harma, que tiene catorce años, recibe el encargo de su profesora preferida de cuidar su casa en la zona más elegante de la ciudad mientras ella está ausente. Pronto recibirá una visita. En «Ecuatorial», un matrimonio mayor emprende un viaje científico por las islas Galápagos. Una noche Henry convencerá a Audrey de que le acompañe a una de las cubiertas del barco. En «Mamaíta», Violet no se lleva bien con su madre, y pronto entabla amistad con Rita Mae Clovis, una compañera del colegio. Un día la familia de su amiga le mostrará a Violet su gran secreto. En «Misterios S. A.», el asesino se hace pasar por un cliente interesado en ediciones raras, y nos cuenta su entrevista con Aaron Neuhaus, el dueño de la librería, al que le ofrece unos bombones en los que ha inyectado una extraña sustancia.

 

¿Qué me ha parecido?


 

El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates, es un libro que se vende como terror y, en parte, lo es; pero su verdadero centro no está en el susto ni en lo sobrenatural, sino en la incomodidad moral, la violencia íntima y la fragilidad psicológica. Alba Editorial lo presenta como una colección de relatos atravesados por la intriga y la amenaza, y eso describe bien el efecto general del volumen: más que asustar de golpe, perturba poco a poco.

Un terror menos obvio

Lo primero que conviene decir es que el título puede llevar a error. Quien espere un libro de monstruos, apariciones o golpes de efecto al estilo clásico del género, probablemente salga descolocado. Oates trabaja otra clase de miedo: el que nace de la obsesión, de la familia, del deseo de dominar, de la culpa y de la violencia que se esconde bajo una apariencia doméstica.

Esa elección le sienta muy bien a la autora, porque su literatura siempre ha sido más fuerte cuando observa a sus personajes desde dentro, dejando que la tensión crezca en silencio. En estos cuentos, el horror no suele irrumpir como un trueno: se infiltra, se demora, se vuelve casi cotidiano. Y precisamente por eso deja una huella más incómoda que muchos relatos de terror más espectaculares.

El tono de Oates

La gran virtud del libro está en la prosa. Oates escribe con una claridad muy controlada, ágil, seca cuando conviene, y capaz de volverse hipnótica en los pasajes donde la percepción del personaje se quiebra. No hay aquí barroquismo gratuito ni adornos que distraigan: hay precisión, tensión y una voluntad clara de llevar al lector hacia una zona moralmente inestable.

Ese estilo hace que incluso los cuentos menos redondos se lean con interés. Oates sabe sostener una atmósfera, sabe crear sospecha, sabe hacer que una escena aparentemente simple se cargue de algo raro o amenazador. En un libro así, el lenguaje no solo cuenta la historia: fabrica la inquietud.

El señor de las muñecas

El cuento que da título al volumen es probablemente el más recordado y también uno de los más eficaces. Parte de una idea sencilla pero perturbadora: la relación obsesiva de un niño, y luego joven, con las muñecas, relación marcada por una pérdida previa y por una figura casi imaginaria que actúa como guía o presencia íntima.

Lo interesante no es solo el motivo de las muñecas, sino la manera en que Oates convierte algo infantil en una puerta hacia lo siniestro. Las muñecas dejan de ser objetos inertes y pasan a sugerir una sustitución, una transferencia emocional extraña, incluso una forma de desorden del deseo. El cuento trabaja muy bien ese borde entre ternura y espanto, y consigue que el lector no sepa si está ante una fantasía de consuelo o ante una mente peligrosamente deformada.

Soldado

«Soldado» cambia el foco y se acerca más a la violencia social que al terror de atmósfera. El cuento gira en torno a un acusado de un crimen racista que afirma haber actuado en defensa propia, y Oates va desmontando poco a poco la versión que el personaje ofrece de sí mismo.

Aquí el interés está en la ambigüedad moral y en la manera en que el relato hace visible el racismo, la violencia y la autojustificación. No hay un monstruo externo: el monstruo es la ideología, el miedo y la mentira que cada uno se cuenta para sobrevivir a lo que ha hecho. Es un cuento duro, más cercano a la incomodidad ética que al terror tradicional, pero encaja muy bien en el proyecto del libro porque deja claro que lo verdaderamente siniestro puede ser profundamente humano.

Accidente por arma de fuego

«Accidente por arma de fuego. Una investigación» trabaja otra vez con una violencia muy contemporánea. La premisa parece casi doméstica: una chica de catorce años recibe el encargo de cuidar la casa de su profesora en un barrio elegante, y pronto recibe una visita. Esa simplicidad es engañosa, porque Oates convierte la situación en una escena de amenaza latente.

Este cuento funciona por acumulación de tensión. La autora aprovecha la vulnerabilidad de la protagonista, el aislamiento del espacio y la sensación de que algo está fuera de lugar para ir cerrando el cerco. Es de esos relatos en los que cada detalle parece inocente hasta que, al volver atrás mentalmente, uno entiende que todo estaba cargado desde el principio.

Ecuatorial

«Ecuatorial» es uno de los relatos más logrados del conjunto por su manejo de la ambigüedad. Un matrimonio viaja por las islas Galápagos, y lo que podría ser una pieza de viaje se transforma en una historia de sospecha, desconfianza y posible crimen. Lo brillante aquí es que Oates no resuelve del todo la incertidumbre, y eso hace que el cuento siga trabajando en la cabeza del lector después de terminado.

Hay una tensión muy fina entre lo psicológico y lo real. ¿Uno de los cónyuges está imaginando una amenaza? ¿O la amenaza existe de verdad? El relato sostiene ambas posibilidades sin inclinarse con facilidad por ninguna. Esa negativa a cerrar el sentido es una de las mayores virtudes de Oates como cuentista: prefiere una herida abierta a una explicación cómoda.

Mamaíta

«Mamaíta» introduce un clima más abiertamente inquietante en el terreno de la familia y la infancia. La protagonista, Violet, entra en contacto con una familia que aparentemente es acogedora, pero que guarda un secreto muy oscuro. La fuerza del cuento está en cómo Oates utiliza el contraste entre calor doméstico y amenaza oculta para construir una sensación de desasosiego muy eficaz.

Es, además, uno de los relatos donde mejor se ve que la autora no necesita recurrir al sobresalto fácil. El miedo nace de lo que se intuye, no de lo que se muestra. El lector percibe que algo no encaja en esa casa, en esa amabilidad, en esa normalidad demasiado ensayada. Y cuando la verdad asoma, lo hace de una forma que confirma la intuición previa más que sorprenderla.

Misterios S.A.

El cierre, «Misterios S.A.», cambia de registro y juega con una ironía negra muy disfrutable. Aquí aparece un librero especializado en novela policiaca, y la trama se organiza alrededor de un plan siniestro que se va revelando con calma. El cuento tiene algo de sátira sobre el mundo del libro y algo de relato criminal en sentido estricto.

No es el cuento más perturbador del volumen, pero sí uno de los más amenos. Oates maneja bien el punto de vista y la lógica del engaño, y el resultado tiene una ligereza aparente que oculta bastante mala leche. Funciona como cierre porque deja una impresión de astucia y desconfianza: nadie es del todo quien parece ser, y la cultura misma no inmuniza contra la crueldad.

El conjunto del libro

Leído como conjunto, el libro es más interesante por su unidad temática que por la variedad de sus registros. Todos los cuentos exploran, de una u otra manera, la violencia como algo cercano: una pulsión familiar, social, sexual o psicológica. En ese sentido, el subtítulo «cuentos de terror» es exacto solo si se entiende el terror como una forma de mirar lo humano cuando se descompone.

La colección también demuestra que Oates es muy hábil para cambiar de escenario sin perder identidad. Puede moverse del ambiente doméstico al crimen racial, del viaje exótico a la librería especializada, y en todos los casos mantiene esa sensación de amenaza latente que da cohesión al volumen. No todos los relatos pesan igual, pero incluso los menos intensos conservan una inteligencia narrativa notable.

Valoración literaria

Como libro de cuentos, El señor de las muñecas y otros cuentos de terror me parece muy sólido. No es una colección pensada para agradar a todo el mundo, porque exige aceptar que el terror puede ser más psicológico que espectral, más moral que fantástico. Pero precisamente ahí está su interés: en lugar de repetir fórmulas, Oates busca incomodar desde dentro.

Si uno entra en su juego, encuentra una autora muy segura de sus recursos, capaz de construir relatos breves con una tensión sostenida y una mirada severa sobre el daño humano. El libro no siempre busca la emoción más intensa, pero sí deja una sensación persistente de inquietud. Y eso, en un volumen de relatos, es una victoria importante.

Cierre

En definitiva, el libro de Alba Editorial vale la pena por la calidad de sus cuentos y por la manera en que desplaza el terror desde lo sobrenatural hacia lo cotidiano. Oates no escribe para tranquilizar, sino para hacer visible la zona oscura que late bajo la normalidad.

Si tuviera que resumirlo en una frase, diría que es un libro donde el verdadero horror no está en las muñecas, ni en el arma, ni en la casa extraña, sino en la facilidad con que una persona puede justificar su propia violencia. Esa es la clase de terror que no se olvida con facilidad.

Con la colaboración de Alba Editorial.

 

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