miércoles, 2 de septiembre de 2026

Humillados y ofendidos -reseña

 ¿De qué va la novela?

Oscar Wilde destacaba en Humillados y ofendidos (1861), la primera novela larga de Fiódor M. Dostoeivski, «la nota de sentimiento personal, la realidad áspera de la experiencia auténtica». El narrador de la novela es, como el propio Dostoievski, un escritor cuya primera obra le ha valido reconocimiento, pero que, poco amigo de la sociedad y de la adulación, parece incapaz de proseguir su carrera. Está enfermo y ha aceptado, además, la pérdida del amor: Natasha, la joven a la que amaba, se ha fugado con Aliosha, hijo del príncipe Válkovski, contra la voluntad de los padres de ambos. El padre de Aliosha, un hombre maquiavélico y cruel, quiere casarlo con una rica heredera, y no permitirá que nadie arruine sus planes; el padre de Natasha, que, por ende, tiene un pleito con el príncipe, cree que su hija ha llevado el oprobio a su familia y la maldice. Un personaje más se une a esta galería de seres proscritos, de «almas nobles» que se alzan –en una lucha compleja y de resultado incierto– contra la humillación: una niña huérfana a quien el narrador rescata de la explotación de una alcahueta.

Nietzsche decía que Dostoievski era «el único psicólogo del que tenía que aprender algo» y en esta novela –en una nueva traducción de Fernando Otero y José Ignacio López Fernández– asistimos en verdad a un insólito y sorprendente análisis de los recovecos de la bondad y el perdón, de la soberbia y la maldad.

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I. El regreso del desterrado

Cuando en 1861 aparecieron en la revista Vremya («Tiempo»), fundada por Dostoyevski junto a su hermano Mijaíl, los primeros capítulos de Humillados y ofendidos, su autor acababa de regresar del exilio siberiano que lo mantuvo apartado de la vida literaria casi una década. Condenado a trabajos forzados por sus vínculos con el círculo revolucionario de Petrashevski, Dostoyevski había salido del penal de Omsk, cumplido servicio militar en Semipalátinsk y retomado apenas la escritura con dos obras narrativas —El sueño del tío (1859) y La aldea de Stepanchikovo (1859)— que la crítica tachó de «desfasadas». Humillados y ofendidos (en ruso Униженные и оскорблённые, Unízhenyie i oskorblyónnyie) es su primera novela larga tras aquel silencio forzoso, la primera en la que se mide de nuevo con el formato del folletín por entregas y la primera en la que el Dostoyevski que conocemos empieza, tímidamente, a asomar la cabeza.

No es una obra maestra al modo de Crimen y castigo o Los hermanos Karamázov. El propio Dostoyevski, con su candidez habitual, llegó a confesar que de todo el libro solo había unas cincuenta páginas de las que se sentía orgulloso, atribuyendo sus defectos a las prisas de la entrega mensual. Joseph Frank, su biógrafo canónico, la juzgó sin contemplaciones «la más débil de las seis grandes novelas postsiberianas» del autor. Y, sin embargo, pocos libros de su autoría resultan hoy tan conmovededores y tan reveladores de su futura evolución. Como escribió Oscar Wilde, en ella se encuentra «la nota de sentimiento personal, la realidad áspera de la experiencia auténtica», un fervor extraño y una pasión terrible que «no la ha vuelto egotista», pues vemos las cosas «desde todos los puntos de vista». La presente edición de Alba Editorial, con traducción de Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández, reintroduce en castellano una obra que merece ser leída no como un anticipo torpe de lo que vendrá, sino como un laboratorio donde el Dostoyevski maduro ensaya, por primera vez, sus obsesiones definitivas.

 

II. De qué va la novela

Dos tramas que convergen

La novela se articula, según la estructura de cuatro partes más epílogo propia del folletín, en torno a dos núcleos narrativos que al principio parecen ajenos entre sí y que acaban confluyendo. El primero, de corte sentimental, sigue la desgracia de la familia Ijménev. Nikolái Serguéich Ijménev, un modesto propietario rural que administraba las tierras del príncipe Piotr Aleksándrovich Valkovski, es calumniado por este último, quien lo acusa falsamente de mala administración e incluso de robo para despojarlo de todo y arrastrarlo a la miseria en San Petersburgo. La querella judicial deja a los Ijménev en la pobreza, pero el golpe definitivo llega de la mano de la hija: Natasha, enamorada de Aliosha (Alekséi Petróvich, hijo del propio príncipe Valkovski), huye de la casa paterna para vivir con él contra la voluntad de ambos padres. El orgullo herido de Ijménev —que ve confirmadas las calumnias de las comadres del pueblo— lo empuja a maldecir a su hija y a jurar que jamás la perdonará.

El segundo núcleo, de aire gótico y misterioso, se inicia con una escena que abre la novela: el narrador, Iván Petróvich, llamado Vania, asiste en la calle a la muerte de un excéntrico anciano inglés, Jeremías Smith, y poco después alquila la habitación que este ocupaba. Allí conoce a Elena —Nelly—, una niña huérfana de trece años, epiléptica, a la que rescata de las garras de la proxeneta Bubnova y a la que toma bajo su protección. La historia de Nelly, que se va revelando en capas, guarda un paralelismo secreto con la de Natasha: su madre fue abandonada y despojada por Valkovski, y además rechazada por su propio padre, Jeremías Smith, que nunca llegó a perdonarla, y ambos murieron en la miseria. La niña es, como ha señalado Joseph Frank, «el punto de encuentro entre los enredos paralelos».

El triángulo y el dinero

En el centro de todo late un triángulo amoroso: Vania, escritor joven y pobre que acaba de publicar su primera novela (con un evidente parecido con Pobre gente, la ópera prima del propio Dostoyevski), ama en secreto a Natasha, a la que ha querido casi como a una hermana y con quien se había prometido en silencio. Natasha, sin embargo, se ha entregado a Aliosha, un muchacho «lechuguino inocente y veleidoso», lo bastante bueno para amar de verdad a Natasha y lo bastante débil para dejarse manipular por su padre. El príncipe Valkovski quiere casar a su hijo con Katerina (Katia), una rica heredera, y no permitirá que nadie arruine sus planes financieros.

El motor de la novela, como ha observado la crítica, es doble: el amor ciego y voluble, por un lado, y el dinero, por otro. El dinero impide el amor entre Natasha y Aliosha, corroe los valores del mundo representado y empuja a Valkovski a destruir a los Ijménev. Aliosha, demasiado superficial para sostener su pasión, termina enamorándose de Katia; Natasha, en un gesto de abnegación que el propio Dostoyevski teorizará más tarde como «sacrificio al amor como acto de amor en sí», renuncia a él para casarlo con su rival, convencida de que Katia lo hará más feliz. Para reconciliar a padre e hija, Vania persuade a los Ijménev de adoptar a Nelly, cuya historia de perdón negado ablanda el corazón de Nikolái, que retira su maldición. Pero la niña, enferma del corazón, muere poco antes de que la familia se traslade de Petersburgo, sin perdonar a su propio padre y rogándole a Vania que se case con Natasha. La novela se cierra con un tono ambiguo, entre la reconciliación y la pérdida.

 

III. Estudio de personajes

Iván Petróvich (Vania), el soñador impotente

Vania es el narrador en primera persona, escritor novel que ha cosechado un primer éxito literario, tuberculoso y empobrecido, que escribe sus memorias desde un presente en el que parece estar muriéndose. Como tantos personajes dostoyevskianos de esta época, es un mechtátel, un soñador, un hombre de bondad desinteresada que vela por Natasha, por Nelly y por los propios Ijménev sin recibir nada a cambio, y que asiste como «observador indeseado» a la catástrofe sentimental que se despliega ante él. Su autorretrato es marcadamente autobiográfico: Dostoyevski puso en él su propia condición de literato novel, desconocido y pobre, en lucha con editores y críticos.

La crítica reciente ha subrayado que Vania es, en el fondo, un tipo impotente. Como ha mostrado Jan Frederik Zeschky en su tesis doctoral, el hecho de que el príncipe Valkovski triunfe en sus maquinaciones y quede impune demuestra que el soñador es un tipo de personaje incapaz de modificar el curso del mundo: Vania solo puede testimoniar el mal, no combatirlo. Es una limitación que Dostoyevski corregirá después en personajes como Aliosha Karamázov, pero que aquí define la melancolía ética del libro.

Natasha, la pasión que se sacrifica

Natalia Nikoláievna, Natasha, es una de las grandes creaciones femeninas del primer Dostoyevski. Hija única de los Ijménev, «se enamora locamente del príncipe Alekséi y huye con él una noche», sabiendo que se arruina a sí misma y a sus padres. Sabe que Vania es el hombre que le conviene, pero se deja arrastrar por una pasión turbulenta que no puede controlar. Su rasgo más característico, y más inquietante, es su disposición al sacrificio: para hacer feliz a Aliosha, lo «arroja en brazos de Katia» convencida de que su rival lo hará más dichoso.

La crítica lusófona ha descrito este rasgo con una fórmula luminosa: el «egoísmo del que sufre», una especie de masoquismo que lleva al personaje a hurgarse la herida y lo ciega para el dolor ajeno. No es un rasgo menor: Dostoyevski está tanteando aquí el «egoísmo» que, según Joseph Frank, alcanzará más tarde «una dimensión metafísica» y se articulará con otros problemas ideológicos. Natasha es la mujer que se desvive por un hombre que no la merece y que convierte su abnegación en una forma de orgullo herido, anticipando algunas grandes figuras femeninas del Dostoyevski maduro, desde Sonia Marmeládova hasta Nastasia Filíppovna.

El príncipe Valkovski, el primer nihilista

Si Vania y Natasha encarnan el bien doliente, el príncipe Piotr Aleksándrovich Valkovski es «el monstruo del relato»: a través de su avidez sin freno «todos los demás personajes acaban en la desgracia». Nacido de una familia aristocrática arruinada, casado por dinero, trepó hasta la cumbre social mediante la duplicidad, la intriga y la calumnia. Es «egoísta, insensible y muy interesado», y «por dinero está dispuesto a cualquier cosa».

Lo más interesante de Valkovski no es su maldad, sino su lucidez. En una de las escenas cumbres del libro, confiesa a Vania su filosofía del interés con la voluptuosidad de un exhibicionista que se desnuda ante el otro para escandalizarlo; el propio Frank comparó ese placer con el de «un pervertido sexual que se exhibe en público», en referencia explícita a las Confesiones de Rousseau. La importancia del personaje trasciende la novela: «el príncipe Valkovski sienta las bases de los muchos libertinos de la obra de Dostoyevski» y es el primer eslabón de una cadena que pasa por Rogozhin, Stavroguin, Svidrigáilov y Dmitri Karamázov. Valkovski es un nihilista avant la lettre que se burla de la moral como máscara del egoísmo universal; al defender una doctrina de egoísmo absoluto frente a la abnegación filantrópica de Vania, «objetiva y justifica, como una siniestra filosofía del mal, los mismos impulsos contra los que luchan los personajes buenos».

Aliosha, el débil adorable

Frente a la frialdad calculadora de su padre, Aliosha es «un joven ingenuo pero adorable, fácilmente manipulado por su padre». Ama de verdad a Natasha, pero es demasiado superficial para sostener su amor; se enamora también de Katerina y queda permanentemente desgarrado entre ambas, «demasiado indeciso y enamorado de las dos para tomar una decisión». Es el tipo del hombre bueno pero voluble, del que el amor ciego —según el articulista de La Nueva España— es «el verdadero motor del relato». Dostoyevski lo pinta con una ternura que no oculta su debilidad: Aliosha no es malvado, pero su falta de carácter produce tanto daño como la crueldad de su padre.

Nelly (Elena), el corazón herido

Nelly es la huérfana de trece años, epiléptica, a la que Vania arranca de la proxeneta Bubnova. Su historia —la madre abandonada y despojada por Valkovski, y rechazada por su propio padre, Jeremías Smith— es un espejo invertido de la de Natasha, y su muerte final, poco después de haber conseguido la reconciliación de los Ijménev, constituye el sacrificio redentor que hace posible el perdón. Nelly, como Natasha y como su propia madre, está «contaminada por el egoísmo del que sufre»: hurga en su propia herida y se ciega para el dolor ajeno. La niña encarna el valor expiatorio del sufrimiento, uno de los temas mayores de toda la obra dostoyevskiana.

Nikolái Serguéich y Ana Andréievna

Los padres de Natasha cierran la galería. Nikolái Ijménev es el «humillado» por antonomasia: un hombre honrado al que el poderoso mancilla injustamente, y cuyo orgullo herido lo lleva a maldecir a su hija. Ana Andréievna, su esposa, encarna la bondad sufridora que ruega el perdón. El arco de Ijménev, que pasa de la maldición al perdón gracias al relato de Nelly, es el corazón moral de la novela y anticipa la parábola del hijo pródigo que, según Joseph Frank, recorre en secreto toda la obra de Dostoyevski.

 

IV. Temas y técnica

Humillación, perdón y sacrificio

El título, Humillados y ofendidos, no es descriptivo, sino programático. «Cada uno de ellos, a su manera, se siente humillado u ofendido por alguna razón; tanto Vania, como Natacha, Nelly, Nikolai Sergueitch, Alioscha». La novela es, ante todo, «un catálogo de experimentos de la humillación» y un estudio de su reverso, el perdón. El subtítulo —«De las memorias de un escritor fracasado»— subraya que también el narrador es un humillado: por la pobreza, la enfermedad, el desamor y la indiferencia editorial.

Frente a la humillación, Dostoyevski opone la bondad activa y el sacrificio. Como señala la presentación de Alba Editorial, el libro ofrece «un insólito y sorprendente análisis de los recovecos de la bondad y el perdón, de la soberbia y la maldad». Pero Dostoyevski no se conforma con el melodrama edificante: denuncia también las patologías del altruismo, el «egoísmo del sufrimiento», ese masoquismo que se complace en el propio dolor y en el daño infligido a los más cercanos. Aquí, como ha mostrado un estudio desde la teoría mimética de René Girard, las dinámicas de deseo mediado de los personajes principales son manifestaciones ejemplares del deseo mimético y de su derivación masoquista.

El melodrama y el folletín

Técnicamente, la novela es un híbrido. Por un lado, medio melodrama dickensiano: huérfanas perseguidas, prostitutas con corazón de oro, villanos siniestros, herederas ricas y padres inflexibles. Por otro, algo más profundo empieza a asomar. «La novela tiende un puente entre su realismo sentimental temprano y la profundidad psicológica de sus obras maestras maduras. Contiene una trama melodramática, coincidencias excesivas y sentimentalismo victoriano que más tarde trascendería; sin embargo, dentro de estas formas convencionales, se detecta el desarrollo de la penetración psicológica, la obsesión por el sufrimiento y la humillación, la seriedad filosófica que lucha por emerger del melodrama». La influencia de Dickens, sobre todo de La tienda de antigüedades (1840-1841), con su pequeña huérfana perseguida, es explícita y reconocida por la crítica.

La psicología como novedad

Lo propiamente dostoyevskiano del libro es el desplazamiento del centro de gravedad de la acción al diálogo y al monólogo. Los personajes «conversan absolutamente todo y revelan un grado de comunicación e intimidad descrito como impresionante»; las confidencias alcanzan «el carácter del psicoanálisis». El libro es, en el fondo, «un ensayo psicológico donde el autor explora a fondo un fenómeno como el egoísmo humano», encarnado sobre todo en Valkovski. No es casual que Nietzsche, que consideraba a Dostoyevski «el único psicólogo del que tenía algo que aprender», quedara tan impresionado por esta novela.

Contexto histórico: 1861

La novela se publica en 1861, año de la emancipación de los siervos, un contexto que la crítica subraya como decisivo. Los campesinos liberados «se vieron despojados de las tierras más fértiles, tuvieron que pagar impuestos especiales al gobierno y terminaron poseyendo los peores terrenos». La denuncia de la injusticia social, ya esbozada en Pobre gente, se intensifica aquí hasta convertirse casi en denuncia abierta. El libro constituyó, según una lectura consolidada, «una reacción conservadora ante el nihilismo cínico —encarnado por el príncipe Valkovski— y del movimiento socialista de la época, y se postuló como una defensa de los valores familiares, la espiritualidad y la ortodoxia rusa».

 

V. Recepción crítica

En su tiempo: un éxito popular, un fracaso crítico

La novela «se encontró con una recepción crítica mixta, pero fue leída con atención avidez y logró su propósito de hacer impacientes a los lectores por el siguiente número». El público devoraba los capítulos mensuales; la crítica, en cambio, fue tibia. Nikolái Dobroliúbov, el crítico radical más influyente del momento, le dedicó un célebre artículo, La gente golpeada (1861), en el que, pese a valorar la compasión social del autor, juzgó la novela «artísticamente por debajo de la crítica». El propio Dostoyevski admitió que había sido un fracaso, achacándolo a las prisas de los plazos de entrega.

Los grandes críticos: Frank, Bunin, Nabokov

La valoración negativa ha pesado durante más de un siglo. Joseph Frank la considera «con mucho la más débil de las seis grandes novelas postsiberianas» y señala que el propio Dostoyevski «no se hacía ilusiones sobre la calidad de su propia creación». En una línea similar, críticos posteriores como Iván Bunin y Vladímir Nabókov, que en general veían la escritura de Dostoyevski como «excesivamente psicológica y filosófica más que artística», consideraron el libro inferior; Nabókov llegó a tachar el conjunto del autor de «psicopatológico». El New York Times, en 1916, ya la encuadraba entre «las novelas menores» de Dostoyevski, si bien le reconocía «introspección autobiográfica y destellos de un espíritu resiliente».

La reivindicación contemporánea

La crítica más reciente ha revisado ese veredicto. Voz da Literatura, glosando a Frank, subraya que la obra «ya anuncia elementos de su prosa de madurez» y muestra «el camino hacia la madurez literaria de Dostoyevski. Los lectores contemporáneos la defienden con pasión: «si estas acusaciones se dicen de una obra que alcanza este grado de calidad y perfección, ¿qué obra en la tierra no merecería estos reproches?». Para muchos lectores actuales es una de sus favoritas, y no pocos la sitúan entre sus tres novelas preferidas del autor, junto a Los demonios y El idiota. Se le reconoce una «alta legibilidad, atractiva y accesibilidad», y se la recomienda como vía de entrada al autor para quienes llegan desde Dickens.

Nietzsche y Wilde

Dos lecturas de excepción avalan la potencia del libro. Nietzsche, que consideraba a Dostoyevski «el único psicólogo del que tenía algo que aprender», quedó profundamente impresionado por esta novela, a la que calificó como una obra «profunda» y «humilde», «casi insoportable para los hombres orgullosos por sus héroes perseguidos y golpeados». Oscar Wilde, por su parte, destacó «la nota de sentimiento personal, la realidad áspera de la experiencia auténtica» que da a la novela «algo de su extraño fervor y pasión terrible», y elogió que el autor consiguiera ver «las cosas desde todos los puntos de vista».

 

VI. Puesto en la literatura de Dostoyevski

Una obra de transición

Humillados y ofendidos ocupa un lugar preciso y singular dentro del corpus dostoyevskiano: es una obra de transición, escrita entre el primer Dostoyevski sentimental y el Dostoyevski maduro de los grandes romances ideológicos. Fue «la primera experiencia de Dostoyevski en el terreno del folletín» y «marca el regreso del escritor a la escena literaria de Petersburgo, tras el periodo en que fue condenado a trabajos forzados en Siberia». En palabras de Joseph Frank, la novela permite «sorprender al autor en un estadio de transición, probando por primera vez el dominio de la técnica del roman-feuilleton y dando también expresión inicial, incipiente, a nuevos tipos de personajes, temas y motivos». En ese sentido, el libro es un laboratorio: «se pueden encontrar en él versiones embrionarias de personajes y situaciones posteriores, así como maduración de los anteriores».

El germen de los grandes personajes

Desde el punto de vista de la invención de personajes, la novela es fundamental. Valkovski, como se ha señalado, es el primer libertino dostoyevskiano, el prototipo del seductor nihilista que reaparecerá en Svidrigáilov (Crimen y castigo), Stavroguin (Los demonios) y, en cierta medida, Dmitri Karamázov. La imaginería de la araña que teje su tela, atribuida a Valkovski, reaparecerá en Rogozhin y en otros . Natasha anticipa a las grandes heroínas abnegadas del autor. Nelly, la niña epiléptica, prefigura tanto el sufrimiento redentor como el tratamiento de la enfermedad y la inocencia perseguida que veremos en El idiota. Incluso el narrador-escritor, el Vania que escribe desde la enfermedad y el fracaso, contiene el germen del hombre del subsuelo que estallará en Memorias del subsuelo (1864), escrita apenas tres años. Frank ha mostrado que estos «libros de transición» condujeron a Dostoyevski «al umbral de sus grandes novelas: Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, Los hermanos Karamázov».

Del melodrama a la metafísica

Lo que en Humillados y ofendidos era «la impotencia del bien —en clave de melodrama—» se convertirá, pocos años después, «en el Subsuelo en una aberración monstruosa, la destrucción de todo lo positivamente humano». Es decir, el libro muestra todavía el mal y la humillación en clave sentimental y social; el Dostoyevski maduro los elevará a categoría metafísica y existencial. Esa es la frontera exacta que la novela ocupa: el último gran melodrama del autor y el primer atisbo de su pensamiento filosófico.

Una posición menor, pero indispensable

En síntesis, Humillados y ofendidos ocupa un puesto menor dentro de la jerarquía canónica de las novelas de Dostoyevski, pero indispensable para entender su evolución. No alcanza la hondura filosófica, la complejidad estructural ni la potencia simbólica de las cinco grandes novelas que la siguen, y así lo reconocen tanto la crítica académica (Frank) como los lectores más exigentes. Pero contiene, en estado embrionario, casi todos los temas, personajes y conflictos que harán de Dostoyevski una de las cumbres de la literatura mundial: el sufrimiento como vía de redención, la psicología del humillado, el nihilismo del seductor, el deseo mimético y masoquista, el conflicto entre fe y razón, el dinero como corrosivo de los vínculos humanos. Como ha escrito un crítico, «se ha dicho que todas las novelas de Dostoyevski podrían llamarse Crimen y castigo, y podemos añadir que podrían llamarse también Humillados y ofendidos». Pocas frases definen mejor el puesto de esta novela: no es la cima, pero da nombre a toda la cordillera.

 

VII. La edición de Alba Editorial

La presente edición de Alba Editorial merece un elogio final. Publicada en la colección Alba Minus (n.º 85), con 496 páginas y ISBN 978-84-9065-812-3, ofrece una nueva traducción de Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández que renueva la presencia castellana de una obra a menudo reeditada en versiones decimonónicas o de origen anglosajón. La traducción, fluida y precisa, responde a la viveza dialogada del original, ese torbellino de voces que es lo más moderno de la novela. La introducción de los propios traductores sitúa con rigor la obra en su contexto biográfico e histórico. En una época en que las grandes novelas rusas del XIX corren el riesgo de quedar sepultadas bajo traducciones rancias o ediciones descuidadas, el cuidado de Alba devuelve a Humillados y ofendidos la dignidad que le corresponde: la de una novela menor del mayor novelista ruso, pero que en sus mejores momentos —la confesión de Valkovski, la muerte de Nelly, la reconciliación de los Ijménev— late con el mismo pulso que sus obras maestras.

 

VIII. Conclusión

Leer Humillados y ofendidos hoy es asistir al parto de un genio. Es descubrir, detrás del folletín sentimental y de las intrigas de herencia, el nacimiento de una manera nueva de entender la novela: como exploración de los abismos de la conciencia, como escenario donde el mal y el bien no se reparten entre personajes, sino que habitan el interior de cada uno. No es, ni de lejos, la mejor novela de Dostoyevski; el propio autor lo admitió. Pero es la primera en la que el Dostoyevski que cambiaría la historia de la literatura se reconoce a sí mismo. Para el lector que se acerque a ella sin la exigencia de encontrar Crimen y castigo, sino con la curiosidad del que contempla los borradores de un cuadro maestro, sus páginas ofrecen emociones genuinas, personajes inolvidables y el estremecimiento de estar viendo nacer, capítulo a capítulo, una de las voces más poderosas que ha dado la literatura.

 Con la colaboración de Alba Editorial.


Humillados y ofendidos -reseña

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