¿De qué va el libro?
Un viejo marinero con la cicatriz de un sablazo en la cara se instala en una posada en la costa inglesa, no muy lejos de Bristol. Lleva un cofre que no abre nunca, se emborracha con ron y aterroriza a la clientela con sus historias y canciones. Además, le paga a Jim, el hijo de los posaderos, para que esté ojo avizor y le avise si se presenta «un marinero con una sola pierna». Lo cierto es que en el cofre secreto se esconde el mapa de una isla con un magnífico tesoro enterrado por un antiguo pirata, y Jim se encuentra, de la noche a la mañana, enrolado como grumete en una expedición (dirigida por un rico terrateniente) para ir a buscarlo. A partir de ese momento, tiene que adquirir «la costumbre de vivir aventuras trágicas» y familiarizarse con más cicatrices y mutilaciones, la muerte, la codicia y la traición. Pero todo tiene su doble cara: el miedo superado por la curiosidad puede dar pie a actos de coraje gratuitos, el aplomo puede convertirse en frialdad, la temeridad puede conducir a la jactancia. Jim, solo un muchacho, salva constantemente la vida a los adultos, pero no siempre alcanza a distinguir la diferencia entre ser valiente y estar envalentonado, entre la ensoñación y la pesadilla. La isla del tesoro (1883) es una de las novelas más conocidas –prácticamente inmortales– de Robert Louis Stevenson, y en ella despliega toda su maestría narrativa para contar una peripecia extraordinaria, plagada de violencia y peligro, y llena de personajes ambivalentes, como el célebre pirata John Silver el Largo, amable y ruin, elocuente y astuto, uno de los grandes manipuladores de la historia de la literatura.
¿Qué me ha parecido?
La isla del tesoro es, en apariencia, una simple novela de piratas para jóvenes; leída con calma, es un artefacto narrativo extremadamente consciente de sí mismo, construido por un escritor que sabía muy bien lo que hacía con el mito de la aventura, con la codicia y con la figura del héroe adolescente. No se entiende el magnetismo del libro sin mirar primero al autor, después a la arquitectura de la obra, y por último a la sombra larguísima que su galería de piratas proyecta sobre toda la literatura popular posterior.
El autor: un escocés enfermizo que soñaba con mares lejanos
Robert Louis Stevenson nace en Edimburgo en 1850, en el seno de una familia acomodada de ingenieros de faros, y pasa buena parte de su vida enfermo, entre viajes, sanatorios improvisados y climas que le permitan seguir respirando. Es un escritor físicamente frágil, pero imaginativamente feroz: de su mano salen algunos de los grandes mitos modernos, desde La isla del tesoro hasta El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, pasando por novelas históricas como Secuestrado o El señor de Ballantrae.
Su educación es sólida, de clase media alta victoriana, pero elige deliberadamente un camino literario híbrido: mezcla la tradición escocesa de novela histórica (Walter Scott) con el folletín de aventuras y con una sutileza psicológica que lo aparta de la simple literatura “para niños”. La isla del tesoro se publica primero por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882, bajo el título The Sea Cook, or Treasure Island, y solo después aparece en libro en 1883, ya como la obra que todos conocemos. Esa doble condición —nacida en una revista juvenil, pero con una ambición literaria adulta— explica buena parte de su tono: Stevenson escribe para fascinar al chaval que hay en el lector, pero sin dejar de hablarle al adulto que ese lector va a ser.
La obra: estructura, temas y tono
Argumentalmente, la novela es casi un molde perfecto de relato de aventuras: Jim Hawkins, un chico que ayuda en la posada Admiral Benbow, encuentra entre los papeles de un viejo bucanero un mapa del tesoro del legendario capitán Flint. Ese hallazgo desencadena la expedición organizada por el doctor Livesey y el caballero Trelawney a bordo de la Hispaniola, rumbo a una isla remota donde supuestamente se esconden los lingotes de oro. El viaje, el motín, la lucha por el control del barco y luego de la propia isla articulan una progresión muy calculada: del mundo conocido (la posada en la costa inglesa) al espacio liminar del mar, y de ahí al territorio feroz de la isla, donde se suspenden las reglas civilizadas.
La historia está narrada en primera persona por Jim, lo que le da a todo un tono de memoria adulta sobre una aventura adolescente; no es un diario ingenuo, sino un recuerdo que ya ha procesado moralmente lo que ocurrió. Esto permite que la novela sea simultáneamente trepidante y reflexiva: se describen emboscadas, tiroteos, asaltos a la empalizada, pero la voz de Jim introduce, casi sin insistir, una mirada crítica sobre la codicia, la violencia y el precio psicológico de la aventura. El tema central no es solo “el tesoro”, sino la futilidad del deseo: todos los personajes se mueven empujados por la codicia, por la promesa del oro, y Stevenson sugiere que incluso cuando se consigue el botín la satisfacción es parcial, inestable, nunca definitiva.
En términos de atmósfera, la novela condensa unas pocas imágenes que se han vuelto icónicas: la posada azotada por el viento, el marinero misterioso con una canción de ron en la boca, la silueta de la isla en el horizonte, el loro gritando “¡Piezas de a ocho!” en el hombro de un pirata de pata de palo. Son motivos sencillos, casi esquemáticos, pero organizados con tanta precisión que se transforman en arquetipos de la literatura de aventuras, repetidos hasta el hartazgo en cine, cómic y videojuegos posteriores.
Personajes: máscaras, ambigüedades y crecimiento
Si la trama es un mecanismo narrativo preciso, los personajes son el combustible moral que lo hace explotar.
Jim Hawkins: el aprendiz de héroe
Jim Hawkins es, al comienzo, un chico normal, algo tímido, hijo de los dueños de una posada en la costa inglesa, aparentemente destinado a una vida modesta y sin grandes sobresaltos. La aparición del viejo bucanero en la posada —Billy Bones— y el mapa que deja tras su muerte actúan como detonante externo, pero también como llamada interna: ese “espíritu aventurero” que Stevenson atribuye a Jim conecta con algo que el lector reconoce como propio, sobre todo si se lee joven.
Lo interesante es cómo Stevenson articula su evolución: Jim no se limita a “vivir” la aventura; toma decisiones que cambian el rumbo de los acontecimientos, se escabulle, escucha conversaciones secretas, abandona el barco, se enfrenta a piratas y arriesga la vida. El personaje crece en paralelo a la intensidad del relato, como han señalado reseñas modernas: sus instintos se agudizan, su capacidad de decisión madura, y al final de la novela ya no tenemos al chico de la posada, sino a alguien marcado para siempre por la experiencia. No hay, sin embargo, una glorificación ingenua del heroísmo: la propia voz adulta de Jim deja ver que hay cicatrices, miedos y un cierto desencanto en la forma en que recuerda el tesoro y lo que implicó perseguirlo.
Long John Silver: el villano carismático
Long John Silver es, quizá, la creación más memorable de Stevenson y una de las figuras fundamentales en la genealogía del pirata literario. Es un cocinero de mar con pata de palo y un loro en el hombro, pero por debajo del cliché físico late un personaje de una sutileza enorme: encantador, educado, aparentemente leal, capaz de seducir a Jim y de ganarse la confianza de los “respetables” mientras trama un motín.
Su fuerza está en la ambivalencia: Silver es traidor, sí, pero también extraordinariamente inteligente, pragmático, con un código de lealtades que no es exactamente “honorable”, pero tampoco puramente maligno. Hay momentos en que el lector se sorprende de sí mismo simpatizando con él, admirando su astucia o incluso agradeciendo su protección hacia Jim, aunque sepamos que lo haría traicionar a cualquiera si eso le asegura sobrevivir. Algunas lecturas subrayan, además, el curioso espejo entre Jim y Silver: el propio Silver llega a decir que Hawkins es una versión joven de él, como si el mismo material —valor, inteligencia, iniciativa— pudiera cuajar en héroe o en canalla según las decisiones y las circunstancias. Esa tensión entre las dos posibles trayectorias vitales que encarnan Jim y Silver es uno de los nervios secretos de la novela.
El “bando respetable”: Livesey, Trelawney, Smollett
En el lado aparentemente luminoso del tablero están el doctor Livesey, el caballero Trelawney y el capitán Smollett. Son figuras de la Inglaterra establecida: salud (el médico), propiedad (el caballero) y disciplina (el capitán), y juntos encarnan la idea de orden civilizado que se enfrenta al caos pirata. Sin embargo, Stevenson no los deja libres de crítica: Trelawney, por ejemplo, es un ingenuo que, en su entusiasmo, habla demasiado y contrata sin querer a los antiguos hombres de Flint, poniendo en peligro a todos; su “decencia” aristocrática no lo protege de la estupidez.
Smollett, por su parte, representa la profesionalidad dura, gris, casi antipática: tiene razón en casi todo, sospecha del plan desde el principio, pero su rigidez lo vuelve poco simpático tanto para la tripulación como para el lector. Livesey es quizá el más equilibrado —racional, valiente, con un sentido del deber bastante claro—, pero todos ellos, frente a Silver, parecen menos vivos, menos eléctricos; Stevenson intuye que el mal carismático es narrativamente más potente que el bien correcto.
Los piratas y Ben Gunn: coro y contra-coro
El resto de la tripulación de piratas funciona como un coro de codicia, violencia y miedo: hombres brutalizados por su propio deseo de oro, capaces de seguir a Silver mientras reparte promesas, pero también de volverse contra él en cuanto huelen debilidad. La novela retrata muy bien esa masa inestable, siempre al borde del motín dentro del motín, donde las alianzas duran lo que tarda en aparecer una mejor oferta o un barril de ron. Frente a ellos, Ben Gunn —el náufrago medio enloquecido que lleva años en la isla— introduce un matiz diferente: es la figura del que ya ha tenido su dosis de aventura y ha quedado marcado por ella, entre la superstición, la culpa y cierto humor involuntario.
Temas de fondo: codicia, moral y mito de la aventura
Más allá del puro placer del relato, La isla del tesoro dialoga con varios temas de fondo que explican su permanencia.
1. La codicia como motor y veneno. Todos quieren el tesoro: piratas, caballeros, muchachos, náufragos. El oro es lo que organiza los bandos, desencadena la violencia y justifica la traición; pero, una vez conseguido, no produce una felicidad plena, sino una mezcla de alivio, cansancio y cierta sensación de vacío. Esa “futilidad del deseo” es central: Stevenson parece decir que la aventura puede ser gloriosa en el recuerdo, pero tiene un coste, y el tesoro nunca está a la altura de las fantasías que ha alimentado.
2. La ambigüedad moral. Salvo quizá Livesey, nadie es del todo “bueno” o “malo”. Los “respetables” se embarcan en una empresa movida por el mismo apetito de riqueza que los piratas, y el propio Jim comete imprudencias peligrosas empujado por la curiosidad y el deseo de actuar. Silver es el ejemplo más extremo de esa ambivalencia, pero no el único: el libro está lleno de pequeñas decisiones en las que los personajes oscilan entre el interés personal, la lealtad y la supervivencia.
3. El rito de paso. Leída desde la psicología del personaje, la novela es un rito de iniciación: un adolescente sale de casa, cruza el umbral del mundo “salvaje” y vuelve transformado, con un conocimiento nuevo sobre sí mismo y sobre los adultos. Jim descubre que los héroes tienen pies de barro, que los villanos pueden ser protectores, que la autoridad se equivoca y que el coraje no es ausencia de miedo, sino capacidad de actuar con él encima. En ese sentido, La isla del tesoro es una novela de aprendizaje disfrazada de relato de piratas.
4. La construcción del mito pirata. Muchos de los elementos que hoy asociamos automáticamente a la figura del pirata —la pata de palo, el loro parlanchín, el mapa con una X, el cofre enterrado, la canción del ron— se fijan como iconos precisamente aquí, o se popularizan de manera definitiva gracias al libro. A partir de Stevenson, el pirata deja de ser solo un criminal marítimo de los archivos históricos y se convierte en una figura de la imaginación colectiva, mezcla de amenaza y fascinación, que el cine, la televisión y el cómic explotarán sin descanso.
Recepción, influencias y vigencia
Desde su publicación en 1883, La isla del tesoro se considera un éxito inmediato y, con el tiempo, una piedra angular de la literatura de aventuras. El hecho de que naciera en una revista juvenil no impidió que la crítica la reconociera pronto como algo más que simple entretenimiento; se la valora por la solidez de su construcción, la fuerza de sus personajes y su capacidad para captar el espíritu aventurero sin caer en el moralismo fácil.
En el siglo XX y XXI, la novela se ha mantenido constantemente viva gracias a adaptaciones cinematográficas, series, cómics, ediciones ilustradas y relecturas críticas. Muchos reseñistas contemporáneos subrayan la vigencia del libro precisamente por su ritmo —rápido, claro— y por su mezcla de aventura trepidante con personajes que no son simples marionetas; destacan, sobre todo, la delineación “inconmensurable” de figuras como Jim y Silver, y la capacidad de Stevenson para hacer que la isla, el barco y la posada parezcan lugares reales, casi tangibles.
Es significativo que críticos y lectores actuales sigan sintetizando la novela en una serie de palabras que no han envejecido: aventura, nobleza, valor, traición, piratas, piezas de a ocho. Ese núcleo temático, tan directo, permite que cada generación la lea a su manera: como un simple relato de peripecias, como un texto de formación adolescente, como una reflexión sobre la codicia o incluso como una fábula sobre el colonialismo y la explotación, si uno quiere afinar la mirada.
Su influencia se percibe en narraciones posteriores que mezclan protagonista joven, viaje iniciático y territorio hostil: desde cierta literatura juvenil de aventuras hasta ficciones audiovisuales que, aun cambiando de época o de género, repiten el esquema del “chico normal arrastrado a una empresa peligrosa que lo obliga a madurar”. La figura de Silver, por su parte, deja huella en toda una estirpe de villanos carismáticos, ambiguos, que seducen al protagonista y al lector con el mismo encanto y la misma amenaza.
Leída hoy, La isla del tesoro sigue funcionando porque combina dos cosas difíciles de hacer a la vez: velocidad narrativa y densidad simbólica. Se puede pasar por ella a toda prisa, disfrutando de los cañonazos, los amotinamientos y las carreras por la selva, o detenerse en las zonas grises, en la manera en que Jim mira a Silver, en cómo el oro se vuelve casi un personaje más, pesado y silencioso, que deforma el comportamiento de todos. Tal vez esa sea su auténtica “magia”: debajo de un mapa con una X roja hay un mapa más complejo, moral y psicológico, que un lector atento puede seguir trazando mucho después de cerrar el libro.
Con la colaboración de Alba Editorial.

No hay comentarios:
Publicar un comentario