¿De qué va el libro?
Juanito Santa Cruz, hijo único de una familia de ricos comerciantes de paños, es un joven apuesto, mimadísimo, ocioso, con más amor propio que conciencia. Acepta casarse, como ha dispuesto su madre, con su prima Jacinta, «una chica de excelentes prendas, modestita, delicada», dejando atrás –al menos de momento– «la manía de lo popular» que lo había llevado a tener una aventura con Fortunata, una muchacha fogosa pero pobre, condenada a ser «víctima del hombre». Fortunata lo dice muy claro: «Pueblo nací y pueblo soy; quiero decir, ordinariota y salvaje»; pero al mismo tiempo hay en ella un fuerte impulso de ser «honrada» y «un ángel», como Jacinta. De la antítesis –y finalmente la síntesis– entre estas dos heroínas nace una de las cumbres de la literatura española del siglo XIX, Fortunata y Jacinta (1886-1887), de Benito Pérez Galdós, que aquí presentamos en una nueva edición a cargo de Ignacio Echevarría. La gran novela de Madrid, como se la ha llamado, recorre minuciosamente sus capas sociales en una extensa y memorable galería de personajes secundarios a los que se dedica casi tanta atención como a los protagonistas. El narrador dice conocerlos personalmente a todos ellos y, con su asombroso dominio del lenguaje coloquial, trata al lector de tú a tú. Su realismo, sin embargo, va más allá de las fórmulas y da cabida a ambigüedades morales, al poder de los sueños y de lo irracional, y a misteriosas vinculaciones entre la santidad y el pecado, la razón y la sinrazón. Tal vez al final valores innegables como la virtud y la cordura sean demasiadas veces sinónimo de conveniencia social.¿Qué me ha parecido?
Fortunata y Jacinta es, sin duda, una de las cumbres de la novela española del siglo XIX y la obra que más claramente revela la aspiración de Benito Pérez Galdós a convertirse en el “Balzac español”: un escritor capaz de describir, en una sola arquitectura narrativa, una sociedad entera. Publicada en 1887 en cuatro volúmenes, la novela teje la historia de dos mujeres unidas por Juanito Santa Cruz —Fortunata, mujer del pueblo, instintiva y apasionada, y Jacinta, burguesa, delicada y estéril— hasta convertir su drama personal en un gran fresco de Madrid y de la España de la segunda mitad del siglo.
De qué va la novela
A primera vista, la trama parece un gran triángulo amoroso: Juanito, hijo de la burguesía madrileña, mantiene una relación con Fortunata, que vive en un entorno humilde y marginal, y luego se casa con Jacinta, una mujer de su misma clase, en un matrimonio concertado por interés económico y social. Sin embargo, en cuanto el lector avanza, se da cuenta de que la novela no se limita al folletín sentimental: el conflicto del amor y la mentira se entrelaza constantemente con la vida de los barrios, las clases sociales, las instituciones y la religión.
La historia avanza entre embarazos, celos, contratos matrimoniales, enfermedades, esterilidad, adulterios, rupturas y nuevos amores. Galdós muestra cómo cada decisión de Juanito reverbera no solo en Fortunata y Jacinta, sino también en familias enteras: la de los Rubín, la de los Guía, la de los Cano, la de los Palomares, etc. A medida que pasan los años, la novela se vuelve más sombría: la pasión se vuelve obsesión, el deseo se vuelve angustia, la hipocresía social se vuelve crueldad cotidiana. Al final, el lector siente que la trama no es solo “lo que le pasa a una mujer o a otra”, sino cómo una determinada sociedad rompe a sus propios miembros por dentro.
Cómo se escribió la novela
Galdós no concibió Fortunata y Jacinta como un relato de capa y espada ni como una simple novela de costumbres. Desde el inicio trabajó con una ambición novelesca casi monumental: quería construir una “novela magna” que contara la historia de una ciudad y de una época a través de un entramado de vidas cruzadas. La novela se escribe entre 1885 y 1887, tras un viaje a Portugal que le sirve de punto de inspiración y de distanciamiento respecto a Madrid, y se termina en junio de 1887, después de un trabajo febril y muy metódico.
La redacción no es lineal ni sencilla: se conservan dos versiones manuscritas, conocidas como alfa y beta, que muestran correcciones profundas, cambios de escenas, reordenaciones y hasta sustitución de personajes secundarios. Ese esfuerzo demuestra que Galdós no improvisa, sino que construye como un arquitecto: cada episodio, cada diálogo, cada descripción parece estar calculada para que el conjunto funcione como un sistema. Él mismo se refiere a la obra como “núcleo de una gran historia contemporánea”, casi como si supiera que estaba escribiendo algo que trascendería su propio tiempo.
Además, la novela se sitúa con precisión histórica entre 1869 y 1876, es decir, en pleno periodo revolucionario, con el reinado de Amadeo I, la Primera República y el comienzo de la Restauración. Galdós aprovecha esos años no como simple decorado de fondo, sino como contexto que presiona a los personajes: las reformas, la agitación política y el cambio social afectan de forma indirecta a sus vidas, incluso cuando ellos solo parecen preocupados por el amor o el dinero.
Recepción en su época y hoy
La recepción de la novela fue inmediatamente importante. Ya en 1887 se percibió que se trataba de algo distinto a las novelas populares de la época: tenía una densidad social, una complejidad psicológica y una amplitud de mirada que no se veían todos los días en la literatura española. Con el tiempo, la crítica ha consolidado esa impresión: Fortunata y Jacinta se ha convertido en una de las obras más estudiadas del siglo XIX en España y en un referente obligado para entender el realismo y el naturalismo hispánicos.
Hoy día se suele citar junto a La Regenta como la gran novela española realista, y muchos ensayos la consideran la obra maestra de Galdós. Esa valoración no solo se debe a su prestigio histórico, sino a una sensación muy clara de que la novela sigue viva: sigue siendo leída, comentada, llevada al cine y al teatro, y sometida a relecturas políticas, feministas, psicológicas o urbanísticas. La novela es, en este sentido, un clásico porque no se agota en una sola lectura: primero se ve el drama humano, después se ve el entramado social, y solo después se descubre la enorme conciencia estética que lleva detrás.
Por qué es un clásico
Para que una novela sea considerada un clásico, suele bastar con que combine dos cosas: una visión profunda de la condición humana y una forma de narrar que no se desgasta con el tiempo. Fortunata y Jacinta las tiene ambas. Por un lado, sus personajes no son caricaturas ni figurines de época; por otro, su estructura no pertenece solo a un momento histórico, sino a una tradición de la novela que se extiende mucho más allá del siglo XIX.
La novela es un clásico también porque logra lo que pocas consiguen: eleva un asunto aparentemente privado —el amor, los celos, la maternidad y la mentira— hasta convertirlo en un espejo de la sociedad. Madrid no aparece aquí como un simple escenario, sino como una especie de organismo vivo, con barrios, calles, tiendas, iglesias y casas, todos poblados de gente que habla, sufre, goza y se equivoca. Galdós añade además una dimensión moral muy compleja: no se limita a condenar a unos y bendecir a otros; parece más bien observar cómo las personas se destruyen y se agravan mutuamente, a veces sin quererlo del todo.
Por último, la novela es un clásico porque ha servido de modelo para muchas generaciones posteriores. A partir de ella, la novela española tiende a ser más amplia, más urbana, más psicológica y menos esquemática. En ese sentido, Galdós abre una puerta que luego otros escritores seguirán transitando, incluso cuando no lo reconozcan explícitamente.
El estilo de la novela
El estilo de Galdós en Fortunata y Jacinta es realista, pero con matices que van más allá del simple “espejo de la realidad”. La narración es omnisciente, con un narrador que conoce los pensamientos, los deseos y las contradicciones de los personajes. Ese narrador, sin embargo, no se exhibe: se limita a señalar, a describir, a ironizar y a observar, sin intervenir demasiado para salvar a los personajes o darle un sentido moral fácil.
Uno de los grandes aciertos estilísticos de la novela es la mezcla de registros: Galdós alterna el lenguaje culto del narrador con el habla coloquial, popular e incluso vulgar de los personajes del pueblo. Fortunata, por ejemplo, habla de forma sentida, espontánea, a veces confusa; Jacinta, por el contrario, tiende a expresarse con más corrección y refinamiento. Ese contraste no solo distingue clases sociales, sino que entraña una idea muy moderna: el lenguaje es una extensión de la identidad.
El estilo también brilla en la construcción de los diálogos. Galdós hace que los personajes se delaten en cada frase: dicen más de lo que saben, se contradicen, se mienten, se corrigen, se confiesan sin darse cuenta. El humor y la ironía están presentes constantemente, pero no en forma de chistes fáciles, sino como una forma de ver la hipocresía y la vanidad. En muchos momentos, el lector se siente en presencia de un observador muy atento, que no se ríe de los personajes, sino con ellos, aunque a veces con cierta distancia crítica.
Fortunata: la pasión y la tragedia
Fortunata es, sin duda, uno de los personajes más potentes de la novela y uno de los grandes arquetipos de la narrativa española. No es una “mujer fatal” ni una “mujer caída” en sentido puramente moralista: es una mujer que vive con una intensidad que la sociedad no sabe contener. Su pasión por Juanito es total, casi instintiva, y esta pasión la convierte en víctima y, al mismo tiempo, en una fuerza que trastorna todo entorno en el que se mueve.
Desde el inicio, Fortunata se caracteriza por su energía, su deseo de vivir y su falta de formación. No ha recibido la educación de Jacinta, pero tiene una sensibilidad emocional enorme, que se manifiesta en su alegría, su celos, su desesperación y su capacidad de sufrimiento. Galdós la muestra atrapada entre dos mundos: el del pueblo, donde la desprecian o la explotan, y el de la burguesía, que la utiliza y la desprecia también. Esa ambigüedad moral y social la convierte en un personaje profundamente trágico.
La figura de Fortunata permite a Galdós analizar cómo la sociedad castiga a las mujeres que desbordan los límites permitidos del pudor y la sumisión. A ella se le reprocha todo lo que se le permite a Juanito: el deseo, la pasión, la búsqueda de amor y de reconocimiento. Sin embargo, la novela no la convierte en heroína romántica: se la muestra inconsistente, impulsiva, a veces cruel con los demás, a veces conmovedora. En definitiva, muy humana.
Jacinta: la burguesía sensible
Jacinta, en contraste, encarna la sensibilidad, la educación y la conciencia moral de la burguesía ilustrada. No es una mujer fría ni calculadora, sino una persona noble, capaz de ternura y de sacrificio, aunque marcada por la esterilidad física y, en cierto modo, por la esterilidad emocional que le impone su matrimonio con Juanito. Su perfil psicológico es muy distinto al de Fortunata: no es instintiva, sino reflexiva; no es impulsiva, sino contenida.
Jacinta sufre, pero sufrimiento no se expresa con escenas violentas, sino con una tensión interior que se concreta en crisis nerviosas, delirios, crisis de fe y largas conversaciones con Guillermina, la mujer de Feijoo, que intenta orientarla espiritualmente. A través de ella, Galdós examina cómo la moral religiosa y la presión social pueden convertirse en una forma de opresión: la exigencia de ser “buena”, de ser “paciente”, de soportar las infidelidades del marido sin queja, pesa como una losa sobre su vida.
Al mismo tiempo, Jacinta no es una víctima pasiva. Tiene momentos de lucidez, de orgullo y hasta de rebeldía, aunque estas reacciones suelen quedar contenidas o sofocadas. Esa contradicción —deseo de libertad versus deber de sumisión— es uno de los núcleos de la psicología femenina que Galdós explora en la novela.
Juanito: el burgués frívolo
Juanito Santa Cruz, el protagonista masculino, es el eje de todo el conflicto. No es un villano grandilocuente, sino un hombre blando, egoísta y sobre todo frívolo, que se deja llevar por sus deseos sin reflexionar verdaderamente sobre las consecuencias. Su apodo de “Delfín” no es casual: sugiere una figura privilegiada, acostumbrada a recibir sin dar, a ser mimada y protegida por el entorno burgués.
Juanito representa el lado más cómodo y superficial de la clase a la que pertenece. No carece por completo de sentimientos: puede ser afectuoso, tierno, incluso arrepentido en algunos momentos, pero ese arrepentimiento no se traduce en cambios profundos. Su inconsistencia moral y su falta de fortaleza caracterizan una parte importante de la crítica social de la novela: Galdós muestra cómo la burguesía española de la época tiende a la blandenguería, a la evasión y a la falta de responsabilidad.
Paradójicamente, son las mujeres, Fortunata y Jacinta, las que cargan con parte importante del peso emocional y moral de las decisiones de Juanito. Él se mueve entre ellas, las usa, las abandona, se vuelve, regresa, miente, se justifica y sigue viviendo. Esa dinámica refuerza la idea de que la estructura social castiga más duramente a las mujeres que a los hombres, incluso cuando se supone que la moral religiosa y social se basa en la igualdad de las almas.
Maximiliano Rubín: el idealista enfermo
Maximiliano Rubín es uno de los grandes personajes galdosianos y uno de los más trágicos. Es frágil, enfermizo, soñador, enamoradizo y con una sensibilidad casi enfermiza. Desde el inicio, su cuerpo débil parece anticipar su destino emocional: es un hombre incapaz de soportar la realidad tal cual es, y busca en el amor y en la redención una salida que nunca llega.
Maximiliano se enamora de Fortunata, pero no de forma carnal ni utilitaria, sino como si ella fuese una suerte de ideal de pureza y de salvación. Su amor es casi místico, y por eso se vuelve inestable: cuando se topa con la realidad de la mujer, con sus contradicciones y sus pasiones, se descompone. La figura de Maximiliano permite a Galdós mostrar cómo la idealización puede ser tan destructiva como la explotación: ambos extremos, el del amor absoluto y el del deseo egoísta, terminan dañando a los personajes.
La evolución de Maximiliano es uno de los grandes momentos de la novela: su paso de la ternura a la obsesión, de la ternura a la locura, muestra cómo una moral cristiana y romántica, si se combina con una debilidad personal, puede convertirse en un infierno. Galdós no se limita a decir que Maximiliano está “enfermo”; lo muestra como producto de una educación sentimental equivocada, de una religiosidad sentimentalista y de una sociedad que no sabe ayudar a los frágiles.
La galería de personajes secundarios
Uno de los grandes placeres de Fortunata y Jacinta es su enorme galería de personajes secundarios, que no son meros rellenos, sino que amplían el universo narrativo y moral de la novela. Figuras como Evaristo Feijoo, Mauricia la Dura, Doña Lupe, Guillermina, Ballestero, la señora Guerra o el padre Pintado aportan perspectivas distintas sobre la ciudad, la religión, la educación y la vida cotidiana.
Evaristo Feijoo, por ejemplo, es el intelectual que intenta racionalizar la realidad, pero que se topa con el peso de las emociones y de la fe. Mauricia la Dura encarna la experiencia del pueblo, el saber práctico, la rudeza y la sabiduría popular. Doña Lupe, la madre de la propia Guillermina, es una figura de egoísmo y manipulación afectiva, que muestra cómo la familia puede convertirse en una trampa.
Galdós, en definitiva, construye una “comedia humana” madrileña: cada personaje añade un tono distinto, una forma de hablar, una manera de ver el amor, el dinero, la religión o la política. Esa coralidad hace que la novela no parezca un cuento cerrado, sino un mundo abierto que se extiende más allá de las páginas.
Lectura actual y vigencia
Leída hoy, Fortunata y Jacinta resulta aún más fascinante que como mero relato de “costumbres” del siglo XIX. La novela anticipa muchas de las preocupaciones de la literatura moderna: la libertad femenina, la crítica de la moral convencional, la influencia de la ciudad en la subjetividad, la contradicción entre deseo y deber, la fragilidad de la Lectura actual y vigencia
Leída hoy, Fortunata y Jacinta resulta aún más fascinante que como mero relato de “costumbres” del siglo XIX. La novela anticipa muchas de las preocupaciones de la literatura moderna: la libertad femenina, la crítica de la moral convencional, la influencia de la ciudad en la subjetividad, la contradicción entre deseo y deber, la fragilidad de la intimidad y el peso de la sociedad en las decisiones personales. El lector contemporáneo no se siente ante un documento arqueológico, sino frente a una historia cuyos conflictos siguen teniendo eco en el presente.
La figura de Fortunata, por ejemplo, puede leerse hoy como un arquetipo de la mujer que vive sus deseos con plenitud, lo que la convierte tanto en admirada como en perseguida por la moral dominante. Su cuerpo, su maternidad, su sexualidad y su capacidad de sufrir son vistos a través de una mirada que hoy resulta claramente crítica: la sociedad no la castiga tanto por “pecar” como por no encajar en el modelo de mujer sumisa, discreta y domesticada. Galdós, sin pretender desarrollar una teoría feminista, muestra con claridad cómo la opresión se ejerce a través de la mirada social, del chisme y de la religión.
Jacinta, por su parte, aparece como la mujer “bien educada” que intenta comportarse según las normas, pero termina rota por la obligación de callar, soportar y renunciar. Su esterilidad física se convierte en símbolo de una esterilidad afectiva y espiritual: la incapacidad de ser madre se transforma en incapacidad de sentirse deseada, valorada y comprendida. En una lectura actual, su trayectoria puede leerse como una crítica muy poderosa al modelo de mujer burguesa que se veía obligada a sustituir el amor real por la apariencia de la virtud.
Juanito, a su vez, se convierte en un antihéroe moderno: no es un malo grandilocuente, sino un hombre blando, indeciso y egoísta, que permite que su vida y la de los demás se destruyan por inercia. En la actualidad, su figura puede asociarse fácilmente a cierto tipo de masculinidad superficial, que se mueve entre el deseo y la evasión, incapaz de comprometerse de verdad ni con otro ni consigo mismo. Galdós, en este sentido, dibuja uno de los primeros perfiles de un tipo de hombre “ordinario” que hoy se reconoce en muchas narrativas contemporáneas.
La ciudad como personaje
Uno de los rasgos que más destacan en la novela es la presencia de Madrid como un personaje casi autónomo. La ciudad no aparece solo como telón de fondo, sino como espacio que configura psicologías, deseos y relaciones. Galdós describe barrios, calles, tiendas, iglesias, plazas y casas con una precisión casi cartográfica. El lector siente que camina por las inmediaciones de la calle de la Paloma, por la calle de la Cerrajería, por el barrio de Maravillas o por las proximidades de la calle del Príncipe, y que cada uno de esos lugares tiene un aire distinto, un ritmo propio.
La ciudad funciona como un sistema de presiones: la aristocracia vive en un Madrid distinto al de la pequeña burguesía y al de la plebe, pero todos los niveles se mezclan, se miran, se juzgan y se desean. La proximidad física y la distancia social crean tensión constante: Fortunata vive en un entorno sucio, ruidoso, caótico, mientras que Jacinta se mueve en un mundo más ordenado, higiénico y silencioso. Sin embargo, los límites entre esos mundos no son tan estancos como parecen: la burguesía se interesa por el pueblo, el pueblo se ve juzgado por la burguesía, y la religión y la caridad aparecen como puentes ambiguos entre ambos mundos.
Madrid, en este sentido, se convierte en un laboratorio social: Galdós muestra cómo se construyen jerarquías, cómo se forman prejuicios, cómo se difunden los rumores y cómo se ejerce el poder simbólico. La ciudad no es solo el escenario, sino la materia misma de la novela.
Moralidad y ambigüedad
Otra de las razones por las que la novela sigue siendo tan relevante es su concepción muy moderna de la moralidad. Galdós no se limita a etiquetar a los personajes como “buenos” o “malos”: Fortunata, por ejemplo, es pasional, impulsiva, a veces cruel; Jacinta puede ser ciega y orgullosa; Juanito no es solo un libertino, sino también un hombre débil; Maximiliano, por su parte, es muy humano, pero también extremadamente problemático.
En lugar de ofrecer un sistema de sanciones claras, la novela muestra cómo las personas se corrompen y se destruyen a sí mismas, a menudo con buena intención. La ironía de Galdós reside en que nadie se salva completamente, pero nadie tampoco merece un castigo absoluto. La moral que se desprende no es dogmática, sino empírica: se construye a partir de la observación de los hechos, de los errores, de los sufrimientos y de las renuncias.
Esa ambigüedad es uno de los signos de un clásico moderno: la obra no se agota en una moraleja fácil, sino que invita al lector a reflexionar por sí mismo. No se trata de decir “Fortunata es mala y Jacinta es buena”, sino de preguntarse por qué cada una actúa como actúa, bajo qué presiones, con qué carencias y con qué anhelos.
Realismo, psicología y tiempo narrativo
La novela se inscribe en la tradición realista, pero con un uso muy avanzado del tiempo narrativo. Galdós no se limita a contar lo que hace cada personaje de forma lineal; juega con la simultaneidad, con el contraste entre escenas, con el contrapunto entre el interior de los personajes y el exterior de la vida social. Una escena de alcoba, por ejemplo, puede contrastar con otra de tertulia burguesa, o con una visita al confesor, o con una pelea de barrio.
Ese juego de tiempos y espacios permite que la psicología se muestre como un proceso en construcción. Fortunata no cambia de la noche a la mañana, sino que se va transformando lentamente, bajo la presión de la enfermedad, de la maternidad, de la separación, de la nuevas experiencias. Lo mismo ocurre con Jacinta, con Maximiliano y con Juanito. La novela, por tanto, no narra solo “lo que pasa”, sino “cómo se va deformando la subjetividad” de los personajes.
Es precisamente en este nivel donde la obra se acerca más a la sensibilidad moderna: se parece a una novela de análisis psicológico del siglo XX, aunque esté escrita en el XIX. Galdós combina la descripción externa con el comentario interno, el diálogo con la introspección, la acción con el pensamiento, hasta conseguir una profundidad psicológica que ya anticipa a autores como Proust, Woolf o Faulkner en ciertos aspectos.
Estilo: ironía, diálogo y lenguaje
Ya se ha dicho que el estilo de Galdós es realista, pero no esquemático. Su gran virtud reside en una mezcla muy equilibrada de ironía, humor, descripción precisa y diálogo vivo. El narrador no se detiene a juzgar, sino a señalar, a apuntar detalles, a subrayar contradicciones. Su ironía no es cruel, sino crítica, y a veces incluso entrañable: se burla de las pequeñas vanidades, de las pretensiones, de las hipocresías, pero sin renunciar a la compasión.
Los diálogos son uno de los grandes aciertos de la obra. Galdós capta el habla popular de forma muy creíble, sin caer en el exotismo ni en el folclorismo. La forma de hablar de Fortunata, de Mauricia, de Doña Guerra, de Ballester o de la calle de la Paloma refleja una realidad lingüística muy concreta, pero también una realidad social y emocional. El lenguaje no es solo un medio de información, sino un material de caracterización.
En este sentido, la novela es también un gran estudio de la heterogeneidad lingüística de la ciudad. Galdós alterna registros cultos, coloquiales, vulgares, religiosos y técnicos, y esa mezcla contribuye a crear una sensación de realidad muy densa. No se trata de un “mismo” idioma, sino de muchos idiomas que coexisten en el mismo espacio, y el lector percibe que cada personaje habla desde un lugar distinto de la sociedad.
Por qué es un clásico inagotable
En resumen, Fortunata y Jacinta es un clásico no solo porque haya sido importante en su época, sino porque ofrece una experiencia de lectura capaz de renovarse en cada generación. La novela puede leerse como:
- Una novela de amor y celos, muy intensa a nivel sentimental.
- Una novela social, que desentraña la estructura de clases, la hipocresía burguesa y el papel de la mujer en la sociedad del siglo XIX.
- Una novela psicológica, que analiza la fragilidad, la obsesión, la culpa y la locura.
- Una novela urbana, que construye una imagen de Madrid increíblemente vívida.
- Una novela moral, que cuestiona la idea de la condena y la absolución sin ofrecer respuestas fáciles.
Esa plasticidad es la marca de un clásico: la obra no se define por una sola lectura, sino por la posibilidad constante de nuevas lecturas. Cada relectura puede subrayar otro aspecto —el feminismo latente, la crítica social, la exploración psicológica, la descripción de la ciudad, el humor, la ironía— y, aun así, la novela sigue funcionando como un todo coherente.
Por eso, hoy, más de un siglo después de su publicación, Fortunata y Jacinta sigue siendo un libro vivo, riguroso y profundamente moderno. No es solo la “gran novela” de Galdós, sino una de las grandes novelas de la literatura española, capaz de hablarle a cada lector con una voz distinta, según el momento de la vida en que se le encuentre.
Con la colaboración de Alba Editorial.
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